Jesús se está despidiendo de sus apóstoles, sabe que llega la “hora” designada por el Padre y quiere prepararlos para que puedan reconocer su presencia, que ya no será como hasta ese momento. “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros”. “El mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis”. Y esto lo hará posible el “otro Paráclito” que enviará el Padre y estará siempre con vosotros. Un Paráclito que el mundo no lo ve ni lo conoce y por eso no puede recibirlo, “vosotros, en cambio lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros”. Un paráclito que nos permitirá reconocer la cercanía, la presencia de Cristo a cada uno. Por ello es importante tratarle procurar escuchar su voz, que te habla a través de los acontecimientos de la vida diaria, a través de las alegrías y los sufrimientos que la acompañan, a través de las personas que se encuentran a tu lado, a través de la voz de tu conciencia, sedienta de verdad, de felicidad, de bondad y de belleza (cf. San Juan Pablo II, Discurso, 5-VI-2004).
Se trata de ser sensibles a lo que el Paráclito pone en nuestro corazón. Esta guía del Paráclito suele consistir en darnos –más que indicaciones concretas–, luces, orientaciones. De modos muy variados, y contando con los tiempos de cada uno, va iluminando los sucesos pequeños y grandes de nuestra vida. Así un detalle y otro van apareciendo de un modo nuevo, distinto, con una luz que muestra un sentido más claro a lo que antes resultaba borroso e incierto ¿Y cómo recibimos esa luz? De mil modos distintos: al leer la Escritura, los escritos de los santos, un libro de espiritualidad; o en situaciones inesperadas, como durante una conversación entre amigos, al leer una noticia… Hay infinidad de momentos en que el Espíritu Santo puede estar sugiriéndonos algo. Pero Él cuenta con nuestra inteligencia y con nuestra libertad para dar forma a sus sugerencias. Conviene aprender a orar a partir de esos destellos; meditarlos sin prisa, día tras día; detenerse en la oración y preguntar al Señor: “Con este asunto que me preocupa, con esto que me ha sucedido, ¿qué me quieres decir?, ¿qué me propones para mi vida?” Más que de recibir gracias especiales, se trata de ser sensibles a lo que el Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos. «Los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,14)”.
En esta escucha paciente es bueno tener en cuenta que la voz del Espíritu Santo puede aparecer en nuestro corazón mezclada con otras muy diversas: nuestro egoísmo, nuestras apetencias, las tentaciones del diablo… ¿Cómo ir reconociendo lo que viene de Él? Hay signos que ayudan a discernir su presencia. Tener en cuenta que Dios no se contradice: no nos pedirá nada contrario a las enseñanzas de Jesucristo, recogidas en la Escritura y enseñadas por la Iglesia. Tampoco nos sugerirá algo que se oponga a nuestra vocación. Prestar atención a lo que traen consigo esas inspiraciones. Por los frutos se conoce el árbol (cfr. Mt 7,16-20); y, como escribe san Pablo, “los frutos del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia” (Ga 5,22-23).
María ha tenido una singularísima relación con el Espíritu Santo. A Ella le pedimos saber reconocerle en nosotros.