MARTES VII DE PASCUA

“El carcelero se los llevó a aquellas horas de la noche, les lavó las heridas, y se bautizó en seguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios”. Este carcelero, que había salvado su vida pues Pablo y Silas no se habían escapado, no deja las cosas para mañana. “En seguida”, no encontraba otro momento, no tenía otro momento. Si había creído en Dios no podía esperar a otra ocasión. Si el carcelero hubiera esperado a que estuviesen en libertad, o se hubiera ido a dormir esperando otra ocasión, seguramente jamás se habría bautizado.

Tal vez este sea uno de los grandes pecados de nuestro tiempo. Cuando todo el mundo se queja de que no tiene tiempo para nada, para las cosas de Dios nos creemos dueños del tiempo. Nos negamos a pensar en la muerte, dilatamos nuestra conversión, y postergamos al Señor para mejor ocasión.

“(El Defensor) dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena.” “De un pecado, porque no creen en mí.” Si de verdad creyésemos que Cristo es el Señor, el Hijo de Dios encarnado: ¿Le ignoraríamos tanto? ¿Nos quejaríamos diciendo que no nos quiere cuando hemos pasado años sin tener un detalle de cariño con Él?

“De una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis”. Es cierto que no vemos al Señor con los ojos de la carne. La próxima vez que le veamos será a la derecha del Padre. No creo que nos valga la excusa de decir: “¡Ah!, yo pensaba que sería de otra manera, así que este eres Tú!”. Jesús nos ha dejado todo para que creamos en Él (el don de la fe, la Gracia de Dios, la Iglesia, los sacramentos,…). Tristemente quienes dicen que no creen es que no quieren creer, y muchos que dicen que creen no creen en Jesucristo.

“De una condena, porque el Príncipe de este mundo está condenado”. Basta procurar vivir DE LA GRACIA de Dios un tiempo para palpar que el pecado no lleva a ningún sitio, pero, para quien quiera vivir instalado en el pecado, el demonio será el príncipe de su vida, aunque sea un príncipe destronado. 

“Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré”. El Espíritu Santo habita en el alma en Gracia. No esperemos a acogerlo en el lecho de muerte, no lo dejemos para “mañana, mañana.” Hoy, en seguida, haz una buena confesión si te hace falta y ponte a agradecerle a Dios el don del Espíritu Santo. Si somos sinceros mirando nuestra vida no podemos olvidar las maravillas que Dios ha hecho en nuestra vida.

“Hágase en mí según tu Palabra”. La Virgen no pone plazos, en seguida se pone en manos de Dios. ¿A qué tenemos que esperar?