Al rey Agripa, acerca del preso Pablo, le llegan los siguientes rumores: “Se trataba sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo”. Anunciar a Cristo, muerto y resucitado, fue la gran preocupación del apóstol de los Gentiles durante su permanencia en el mundo. Llegó incluso a decir que, si Jesús no hubiera resucitado, inútil sería nuestra fe. A muchos no les gusta oír nada acerca de la muerte porque tienen miedo. Es el miedo de gente que carece de fe y de confianza en el Resucitado. Han colocado el “ancla” de sus deseos y ambiciones en la escoria del mundo, perdiendo de vista el horizonte de la eternidad.

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Por tres veces preguntará Jesús a Pedro por la medida de su amor. También nos puede entristecer a nosotros el descubrir que, a pesar de los años, tenemos tanto cariño postizo. Se nos escapan por la boca muchas palabra bonitas, pero que no tienen su correspondiente fundamento en lo divino. Ya que, sólo desde Dios, el amor permanece para siempre. El Señor exigía al primado de los apóstoles que todo su querer hacia Él se volcase en el cuidado de las almas. Es la misma encomienda que nos hace a cada uno de nosotros: buscar en los que nos rodean al mismo Cristo, que es la mejor de las maneras de llevarlos hasta Él. 

“Consuelo de los afligidos”, “refugio de los pecadores”… “Sígueme”. 

Que nos encontremos con los brazos de la Virgen estrechándonos contra nuestro pecho. Quizás aprendamos todos a ser un poco mejores, y confiar, una vez más, en la misericordia infinita de Dios.