Hoy celebramos a María, Madre de la Iglesia. Y lo hacemos justo después de terminar el tiempo de Pascua y de volver al llamado “tiempo ordinario”. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda algo importante: con Jesús, lo ordinario nunca es simplemente rutina.
Dejamos atrás el tiempo de Pascua y volvemos al llamado “tiempo ordinario”. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda algo importante: Dios también se juega la vida en lo cotidiano, en las relaciones, en las heridas, en las casas y en las familias concretas.
Y precisamente ahí, al pie de la cruz, en el momento más duro y más humano, Jesús hace algo sorprendente: piensa en nosotros. No está centrado en su dolor. Mira a su madre. Mira al discípulo amado. Y crea una nueva familia:
«Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre».
María no queda solo como la madre de Jesús. Se convierte también en madre de todos los discípulos. Madre de la Iglesia. Madre nuestra.
Es bonito pensar que el último gran regalo de Jesús antes de morir no fue una explicación, ni un milagro espectacular, sino una persona. Nos entrega a su Madre para que nadie camine solo.
Y luego aparece esa frase tan breve y tan profunda: «Tengo sed». Jesús tiene sed física, sí. Pero también sed de nosotros. Sed de que volvamos a Él, de que no vivamos a medias, de que descubramos que incluso en nuestras crues más concretas Dios sigue estando cerca.
Del costado abierto de Cristo brotan sangre y agua. Los Padres de la Iglesia veían ahí el nacimiento de la Iglesia y de los sacramentos: una vida nueva que nace precisamente del amor entregado hasta el extremo.
Quizá este Evangelio sea una buena manera de empezar el tiempo ordinario: recordando que no caminamos solos, que tenemos una Madre, y que Cristo sigue entregando su vida por nosotros cada día, también en lo aparentemente normal de nuestra vida.