Hoy la Iglesia celebra la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Y el Evangelio nos lleva a uno de los momentos más impresionantes y más humanos de Jesús: Getsemaní. Aquí no vemos a un Jesús lejano o impasible. Lo vemos angustiado. Triste. Temblando ante el sufrimiento que se acerca. “Mi alma está triste hasta la muerte”. Son palabras durísimas. Jesús no finge fortaleza. No actúa como si nada le afectara. Vive hasta el fondo el peso del dolor, del miedo y de la soledad.

Y precisamente ahí entendemos qué significa que Cristo sea sacerdote. Un sacerdote es quien se pone en medio: entre Dios y los hombres. Alguien que carga sobre sí el sufrimiento de los demás y lo presenta al Padre. Y Jesús lo hace no desde fuera, sino entrando Él mismo en nuestra fragilidad. Por eso puede comprender nuestras luchas, nuestros cansancios, nuestras noches oscuras.

En Getsemaní, Jesús no reza desde la comodidad. Reza sudando angustia. Y aun así dice: “No se haga como yo quiero, sino como quieres tú”. Ahí está el corazón del sacerdocio de Cristo: una vida completamente entregada al Padre por amor a nosotros. Y mientras Él vela y ora… los discípulos duermen. También eso es profundamente humano. Queremos estar con Jesús, pero muchas veces nos vence el cansancio, la distracción o la tibieza. Por eso sus palabras siguen resonando hoy: “Velad y orad”.

Esta fiesta es también una ocasión preciosa para rezar por los sacerdotes. Porque un sacerdote no es alguien perfecto ni alguien por encima de los demás. Es un hombre llamado a transparentar a Cristo, a acompañar heridas, a sostener comunidades, a gastar la vida muchas veces en silencio. El Evangelio nos recuerda algo importante: antes de ser un sacerdote que ofrece, Jesús es un Dios que acompaña. Un Dios que ha pasado por la angustia, el miedo y la oscuridad. Un Dios que sabe lo que pesa el corazón humano… y que aun así sigue diciendo: “hágase tu voluntad”.