El Evangelio de hoy nos muestra a unos hombres muy religiosos… pero más preocupados por mantener el control que por buscar la verdad. Los sumos sacerdotes, escribas y ancianos se acercan a Jesús y le preguntan: “¿Con qué autoridad haces esto?”. Pero en realidad no quieren entenderle. Quieren ponerle a prueba, desacreditarle, atraparlo. Y Jesús, como tantas veces, va al fondo del corazón. Por eso les responde con otra pregunta: “El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?”.

Entonces ocurre algo muy revelador. Ellos no buscan responder con sinceridad. Empiezan a calcular. “Si decimos esto… quedamos mal. Si decimos lo otro… la gente se nos echará encima”. No les preocupa tanto la verdad como quedar bien y no perder poder. Y quizá ahí el Evangelio también nos toca a nosotros. Porque a veces hacemos exactamente lo mismo con Dios. No preguntamos para abrirnos de verdad, sino para confirmar lo que ya queremos pensar. Nos cuesta dejarnos cuestionar. Nos cuesta reconocer que quizá Dios nos está pidiendo cambiar algo.

Los dirigentes religiosos del Evangelio tenían delante a Jesús, pero estaban demasiado pendientes de sí mismos para reconocerlo. Y eso puede pasarnos también hoy. Cuando vivimos más preocupados por la imagen, por tener razón, por controlar, por “quedar bien”, que por escuchar de verdad al Señor. En cambio, la autoridad de Jesús no nace del poder ni de imponerse. Nace de la verdad de su vida. La gente lo escuchaba porque veían coherencia, libertad, autenticidad. Jesús no manipulaba ni buscaba aplausos. Vivía completamente unido al Padre.

Hoy es una buena ocasión para preguntarnos con sencillez: ¿me dejo interpelar de verdad por Dios? ¿O solo escucho aquello que no me incomoda?

Porque el problema de aquellos hombres no fue falta de inteligencia. Fue falta de apertura. Y cuando uno deja de buscar sinceramente la verdad, acaba encerrándose en sus propios cálculos.