Hoy celebramos el domingo de la Santísima Trinidad. Y quizá sea una de las fiestas más difíciles de explicar… pero también una de las más bonitas de vivir. Porque la Trinidad no es un problema matemático ni una teoría complicada sobre Dios. Es la revelación más profunda de quién es Él: Dios es amor. Un amor tan real, tan vivo y tan pleno, que desde siempre existe como comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y el Evangelio de hoy nos mete de lleno en ese misterio con una frase impresionante: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”.

Muchas veces se piensa en Dios como alguien lejano, vigilando desde arriba, esperando nuestros fallos o decepcionado de nosotros. Pero Jesús rompe completamente esa imagen. Dios no mira al mundo con desprecio. Lo ama apasionadamente. Y ese amor no se queda en palabras bonitas. Se concreta en una entrega. El Padre entrega al Hijo. El Hijo entrega su vida por nosotros. Y el Espíritu Santo sigue hoy sosteniendo, acompañando y dando vida a la Iglesia.

La Trinidad no es un Dios encerrado en sí mismo. Es un Dios que sale al encuentro del hombre.

Por eso Jesús dice algo que quizá hoy necesitamos escuchar especialmente: “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Jesús no ha venido a aplastarnos con culpa. Ha venido a rescatarnos. A buscarnos incluso cuando estamos lejos. A recordarnos que nuestra vida tiene valor. Que nadie está definitivamente perdido si se deja encontrar por Dios.

Eso no significa que todo dé igual. El Evangelio habla también de la fe, de abrir o cerrar el corazón. Porque el amor de Dios nunca se impone. Puede ser rechazado. Uno puede vivir de espaldas a Él. Pero incluso ahí, Dios sigue ofreciendo salvación antes que condena. Y quizá esta fiesta de la Trinidad nos invite precisamente a eso: a dejarnos amar por Dios.

A veces intentamos “entender” a Dios antes de confiar en Él. Y el cristianismo empieza justo al revés: descubriendo que hay un Padre que nos crea, un Hijo que entrega la vida por nosotros y un Espíritu Santo que sigue actuando incluso en medio de nuestras fragilidades.

La señal de la cruz que hacemos tantas veces casi sin pensar resume toda nuestra fe: vivimos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Vivimos rodeados, sostenidos y salvados por el amor de Dios.

Confiados en el Dios que sale a nuestro encuentro.