El Señor llamó a doce hombres para que fueran sus discípulos, el Evangelio de hoy nos dice quiénes son, da detalle de cada uno. Bien pensado, parece una pérdida de tiempo usar los nombres de pila para lectores de generaciones posteriores que ya no tendrían contacto con los doce, ¿qué importa que uno se llamara Mateo y otro Pedro? Esto me resulta similar a cuando un estudioso de su propia genealogía descubre que un antepasado que vivió en 1812 se llamaba Ambrosio. Pues mira que bien, menudo hallazgo, “tengo un Ambrosio en mi familia”. Los nombres de pila los usamos más bien para el encuentro real con quienes nos encontramos. La gente que odia y la gente que ama tienen que aferrarse a un nombre, porque ese nombre reúne todos los rasgos de la persona. Es un modo directo de resumir una identidad. Por eso el enamorado se derrite ante el nombre de la mujer que ama. Y cuando Aquiles quiere retar a los troyanos, no tiene más que gritar bien fuerte, mientras se aproxima a las murallas de Troya, el nombre de su enemigo: “¡Héctor!”. No buscamos en la vida más que vínculos con personas. Por eso me ha sorprendido hoy la petición de un enfermo joven con leucemia. Le iba a dar el sacramento de la unción y le dije, “¿qué le pides a Dios?, dilo en voz alta, que Él siempre está atento”, y me responde “que siempre elija la luz, y no la oscuridad”. No sé, me pareció una respuesta de hadas, porque en el fondo alude a una abstracción, ¿qué es la luz?: pues desde un gol de Merino, hasta la risa de un niño, es una palabra que no tiene contornos, que se nos va de las manos. Cuando a la maravillosa escritora Colette le preguntaron en 1938 cuáles eran sus enemigos letales, respondió “hay tres aderezos que me sientan fatal, los sombreros con plumas, los pendientes y las ideas generales”. Me encanta, despreciaba las ideas generales. Yo creo que si al Señor le hubiera entrevistado un reportero del New Yorker, se habría ahorrado lo de las plumas y los pendientes, pero desde luego habría admitido que las ideas generales no hacen mucho bien. Porque el Señor elegía a personas con nombres concretos, miraba a los ojos de quien tenía enfrente, quería la conversión del corazón de cada uno, no le interesaban las elucubraciones ni hablar de las nubes. Todo en Él era directo, material, franco, piel con piel. Por eso, la respuesta de un hombre que tiene leucemia, que quizá en poco tiempo vea a Dios cara a cara (no una luz refulgente, sino a una persona) no me termina de satisfacer. Además está casado, tiene cuatro hijos. Es decir, su vida no se ha movido en la abstracción, sino en el encuentro. Sin embargo, su máximo deseo es la luz… me resulta cuando menos sorprendente. Los niños, esos maestros de filosofía que no entienden de inteligencia artificial, juegan con la arena y se ponen las manos perdidas de barro para hacer una escultura. Niño es el antónimo de abstracción o generalidad. Todo en él es concreto. Y como sus ángeles están siempre viendo el rostro de Dios, debemos hacerles caso y poner a un lado las grandilocuencias de las ideas generales. El mejor de los ejemplos es el del buen samaritano. A aquel malherido, el samaritano no le soltó un discurso ni un sermón, sino que lo puso sobre su cabalgadura. Nuestro corazón tiene que estar lleno de nombres, no de ideas, para que cuando termine cada jornada, pongamos delante del Señor los rostros de la gente que hemos visto. Para que cada persona nunca nos pase inadvertida.