Todos sabemos la historia de aquella voz que oyó Francisco en la minúscula iglesia de san Damiano, “Francisco, repara mi iglesia”. El joven, pensando que la voz hacía referencia directa a aquel oratorio tan deteriorado, se dispuso a la restauración. Allí había un anciano clérigo que en absoluto tenía medios para repararla, y acogió a Francisco como a un sobrino. Como era así de impredecible, el joven se largó a su casa, tomó unos cuantos fardos de paños, se montó de nuevo en su caballo, y se fue a venderlos a Foligno, a catorce kilómetros de su casa. También vendió allí el caballo. Volvió a Asís a pie. Con aquel dinero se inició la restauración de san Damiano. Una vez reconstruido el oratorio, se marchó a otro, a la Porciúncula, un rincón perdido en el bosque. Justamente en la Porciúncula tuvo lugar uno de los grandes momentos en la historia de conversión de Francisco. El sacerdote que celebraba la eucaristía empezó a leer el Evangelio del día, leyó el mismo texto que la Iglesia nos propone para hoy: “Id y anunciad que el Reino de Dios está cerca. Aquello que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No os procuréis oro ni plata en vuestros cinturones, ni alforja…” Francisco exclamó: “esto es lo que yo veo, lo que busco, lo que deseo hacer en lo hondo de mi corazón”. Y ahí empezó todo. ¿Qué había en el alma de Francisco? Una gran disposición a buscar el rostro de Dios. No una predisposición natural hacia la santidad, ojo, sino una disposición a oír al Señor, que no es lo mismo. Y aquel joven de Asís se fue haciendo amigo del Señor. Uno de sus primeros biógrafos, que escribió su vida sólo dos años después de la muerte del “poverello” en 1226, encontró un texto de los tres frailes que habían conocido especialmente bien a Francisco: Rufino, Angel y León. Los tres sabían que la gente ya consideraba a Francisco un santo en vida, y todo el mundo estaba fascinado por los milagros, por los grandes relatos. De hecho la gente buscaba sólo eso, una saturación de milagros. Los tres frailes menores amigos de Francisco, que lo sabían muy bien, escribieron este texto maravilloso: “en lugar de relatar los milagros que, en verdad, no constituyen la santidad sino que únicamente la manifiestan, nosotros hemos preferido hacer conocer la vida edificante y las verdaderas intenciones de nuestro bienaventurado padre”. Es un texto propio de personas vecinas de Dios. Aquellos hermanos menores se habían dado cuenta de que sólo pasamos a la vida nueva cuando nos ponemos cerca de las personas que han sido transformadas por Dios. Y eso era lo que el santo de Asís buscaba, los guiños que Dios le iba haciendo a diario para responder con velocidad a cualquier insinuación. Y respondía con los hechos: besando a los leprosos, curando a los enfermos, dando todo su dinero, dándose enteramente. Pero no era un estrafalario, era solamente un hombre enamorado de Dios. Como dice Chesterton en su biografía del “poverello”: “sólo un enamorado es capaz de caer en la mayor de las extravagancias”. Y todo empezó escuchando a un sacerdote recitar las palabras que hoy podemos oír en misa. No estaría mal que en este día caluroso de julio, nos metiéramos en una iglesia para celebrar la eucaristía y escucháramos con atención las palabras del Señor, porque Él siempre se insinúa.