Sencillos como palomas, ¿y eso cómo se hace? No sé quién me dijo, y fue hace tiempo, que las personas sabias son siempre las personas más sencillas, vamos, que no usan mucho despliegue de confeti para contarnos cuánto saben. Acabo de terminar un ensayo de un autor francés empalagosísimo en el que es tanta la información que da, es tantísimo lo mucho que sabe, que me da la impresión de que es una persona a quien no han debido querer mucho, y en el lector encuentra ese primer vínculo afectivo con una frase tipo “madre mía, cómo es de bueno este escritor”. Pero es muy poca cosa el halago, y el mero reconocimiento termina pronto. Ser sencillo, ser humilde, no es tarea fácil, es un trabajo lento, lo cuentan con su vida todos los santos. Voy a usar un texto amplio de Roberto Pasolini, el predicador de la casa pontificia, en el que hace justicia a la definición de humildad, “la humildad de la que nos habla el Señor es una característica que requiere mucha fuerza interior. La persona humilde es la que ha probado a poner la violencia y el poder en primer plano en el curso de su vida, y ha entendido que vivir así no lleva a ningún sitio. Ha entendido que las conductas fuertes no sirven para reconstruir las relaciones, para encontrar la felicidad. El humilde es el que ha aprendido a dominar la propia fuerza. El humilde es el que ha buscado grandeza y riqueza todos los días de su vida, y al final se ha reconciliado con el hecho de ser polvo y ha dejado de apuntar hacia aquellas cualidades efímeras”. Ser sencillo, ser humilde, es por tanto un trabajo personal en el que uno pesa y valora las experiencias de la vida, y se da cuenta de que poco a poco tiene que dejar caer la apariencia, la vanidad, el exhibicionismo, la superficialidad. Y en ese umbral de desnudez, el Señor espera para completarnos. “En ciertas horas de lucidez -dice Éloi Lecrerc- el hombre se da cuenta de que nada, absolutamente nada, podrá devolverle una alegre y profunda confianza en la vida, a menos que recurra a una fuente que sea al mismo tiempo un retorno al espíritu de la infancia”. Eso hizo San Francisco, “¡Salve, Reina sabiduría!, el Señor te salve con tu hermana, la pura sencillez”. Ser ricos en ciencia es por tanto ser sencillos como palomas. Cada uno en la vida va aprendiendo como puede, y yo creo que hay dos puertas para entrar en la sencillez, el recogimiento y el desprendimiento. El recogimiento es una llave de oro, no podemos prescindir de recogernos para entender lo que nos ocurre. En estos días me cuenta una chica joven, que acaba de estar por primera vez en Roma, que iba anotando sus reflexiones en cada iglesia y cada museo, y que se encontraba poco a poco madurando su relación con Dios “gracias al umbral del arte”. Sí, porque el arte es el umbral que nos pone a Dios muy cerca. Recogerse, por tanto, no sólo en los momentos de oración, sino recogerse como principio vital, como los poetas que miran la belleza de las cosas y anotan en su libreta pequeños apuntes de inspiración. La otra puerta para entrar en la sencillez no hace falta buscarla, es el desprendimiento. Nos damos de bruces con el desprendimiento cada día de nuestra vida: una reflexión que hiciste en voz alta y un amigo malinterpretó, un rechazo profesional, las primeras arrugas, la pérdida de la memoria, la pérdida de la inocencia. Es la vida la que se va desprendiendo de nosotros con su reloj implacable, y es entonces cuando deberíamos reflexionar, ¿he entrado en el tiempo de Dios, en la vida nueva que propone la fe? Y entonces sabremos si somos como la paloma.