Una pregunta define a la persona que la formula. Como el periodista sabe que el género de la entrevista es el más difícil de su negociado, se juega su prestigio cuando le toca lidiar con un personaje público. Nadie lo hacía como Joaquín Soler Serrano, ahí está la hemeroteca de RTVE para poder disfrutar de su ingenio. Además, fue padre fundador de una elegancia ante la cámara que no se ha vuelto a repetir en nuestra historia de la televisión. Al Señor también le hicieron preguntas, sus protagonistas fueron desde la gente de a pie a muchos canallas que querían pillarle en un renuncio. No había por entonces profesionales que se dedicaran al género, pero es bonito adivinar la personalidad de quienes le preguntaban a través de la intención que se insinúa detrás de las palabras. Le debieron de hacer cientos de preguntas, el Evangelio recoge un puñado suficiente: “¿qué es la verdad?”, “maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”, “¿eres tú el rey de los judíos?”, “maestro, ¿cuál es el primero de los mandamientos?”. Pero quizá la que se lleva la palma de pregunta más inoportuna, la que seguro que le destrozó el corazón, salió de los labios de Pedro. Es la que aparece al comienzo del pasaje de hoy, “ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido: ¿qué nos va a tocar?”. Cuánta tristeza, ¿no?, es la pregunta de un interesado que quiere saber la ganancia tras el riesgo. No se distancia mucho del inversor que quiere saber cuánto le puede afectar una OPA. Además, hay mucha mezquindad en el trasfondo, porque haber estado cosido al Señor tres años, era como para intuir que el Maestro buscaba corazones generosos que lo amaran y que amaran con gratuidad, que murieran como un grano en la tierra y dieran fruto. Como recordamos el otro día, “lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Y todavía hay mucha gente que busca “ganar el Cielo”, que es una expresión tristísima. La vida cristiana no consiste en ganar sino en perder, en perderse. En salir de los propios dominios para dejarse querer por quien pide entrar en nuestro corazón, desde Dios hasta un amigo. La pregunta de Pedro escandalizó con razón a Nietzsche, que en Así habló Zaratustra dejó por escrito una bellísima reflexión: “¿de verdad queréis tener una recompensa por la virtud?, ¿y el Cielo por la tierra?, ¿y la eternidad por vuestro hoy? Vosotros tendríais que amar vuestra virtud como ama la madre al hijo, ¿quién ha sentido alguna vez decir que una madre quisiera ser pagada por el amor a su hijo?”. El Señor nos quiso hacer entender que en la gratuidad a la hora de dar un vaso de agua a alguien que nos lo pide, está toda la recompensa. Que el amor trae consigo la recompensa, no una recompensa diferida que Dios esconde detrás de la espalda. La recompensa es el propio corazón abierto de par en par. Lo vemos en Getsemaní, “he deseado ardientemente pasar esta Pascua con vosotros”, el Señor no lo dice como un nihilista que quiere sufrir, morir, que disfruta con el dolor que ve ya inminente. Está hablando de su pasión por el ser humano, por cada uno de los doce y por todos los que llegamos después. Qué bien lo cuenta el filósofo Massimo Recalcati, “la decisión tomada por Jesús en Getsemaní no es la de sacrificar la propia vida sobre el altar oscuro de la Ley, sino la de ofrecerla, donarla, permaneciendo fiel al deseo profundo de su amor al ser humano. Se trata de un gesto de libertad que encuentra su propia satisfacción en el cumplimiento de sí misma, por eso llega a decir: “ninguno me quita la vida, soy yo quien la entrega”. Pobre Pedro. Sólo dejó de buscar recompensas cuando se enamoró de verdad del Señor.