El Evangelio que nos propone la Iglesia para hoy resulta muy desconcertante. El Señor hace afirmaciones que casi asustan: “No he venido a sembrar paz, sino espada” son palabras duras, que nos desconciertan ¿Cómo puede el “Principe de la paz”, venir a sembrar violencia, espada, enfrentamiento? Cuesta comprender que quien reprocha a los fariseos y escribas “¿Y por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre. Y el que maldiga a su padre o a su madre, que sea castigado con la muerte” (Mt 15, 3-4), nos diga que “he venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre”. Sin embargo, no está diciendo que Él quiera esa confrontación, como tampoco quiere positivamente que seamos perseguidos. No es, como dirían los clásicos, la causa eficiente de esa confrontación. Cristo no la quiere, pero la dureza de corazón de los hombres será muchas veces la causa real, efectiva, de la violencia contra quienes no piensan como ellos, contra quienes desean seguir a Jesucristo. San Agustín nos dice en uno de sus sermones que: “Todos los tiempos son de martirio. No se diga que los cristianos no sufren persecución; no puede fallar la sentencia del Apóstol (…): todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución (2 Tim 3,12). Todos, dice, a nadie excluyó, a nadie exceptuó. Si quieres probar si es cierto ese dicho, empieza tú a vivir piadosamente y verás cuánta razón tuvo para decirlo” (San Agustín, Sermón 6,2).

Él no quiere provocar la división, es más bien una advertencia de que entre los hombres se enfrentarán porque rechazarán a los seguidores de Cristo. Además, nos recuerda que la última palabra no la tendrá la violencia contra ellos ni el mal, nos dice que “el que pierda su vida por mí la encontrará” y “quien os ayude no quedará sin recompensa”.

Y nos invita en el Salmo que leemos hoy: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”. Ese buen camino, como nos dice el profeta Isaías, no son los sacrificios ni holocaustos, sino “aprender a hacer el bien, buscar la justicia socorrer al oprimido, proteger el derecho del huérfano, defended a la viuda”.

La enemistad que siembra el enemigo sólo la superaremos en la medida en que seamos capaces de mirarnos unos a otros como Cristo nos mira. Él no es la causa de la confrontación sino el camino para superarla. “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado” Al Dios y Padre.

Que María, Madre del Amor Hermoso, nos ayude a tener esa mirada de su Hijo para con todos los hombres.