“¡Ay de ti Corazaín, ay de ti, Betsaida! … El día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras! Es una dura advertencia, que también nos sirve a nosotros, que tiene su origen en el deseo de Dios de que Corazaín y Betsaida se salven. Pero la dureza de sus corazones les hace apartarse de la gracia y la misericordia que nos salva, una dureza que cierra a la conversión. Si no se convierten “bajarán al abismo”. El infierno existe y es el justo merecimiento por nuestros pecados. Pero la misericordia de Dios nos ha librado, aunque no sin nuestra colaboración: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin tí” (San Agustín, “Las Confesiones”). El endurecimiento del corazón impenitente, cerrándose a la salvación en Jesús, lleva a la perdición
No es tanto el pecado cuanto la dureza de corazón que nos cierra a la gracia y la misericordia. Benedicto XVI, en una meditación del Viernes Santo de 2007, nos recordaba que “los Padres de la Iglesia consideraron como el pecado más grande del mundo pagano su insensibilidad, su dureza de corazón, y les gustaba mucho la profecía del profeta Ezequiel: «quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ezequiel 36, 26). Convertirse a Cristo, hacerse cristiano, quería decir recibir un corazón de carne, un corazón sensible a la pasión y al sufrimiento de los demás”
Estamos llamados a esta conversión del corazón. Quienes corresponden con generosidad reciben nueva gracia: “al que tiene se le dará y abundará…” Entienden las palabras divinas sólo los que tienen buenas disposiciones… Cada uno de nosotros también tiene sus durezas de oído, de corazón y de entendimiento ante la palabra de Dios, ante su gracia. “La Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre; el amor, al que «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del «reencuentro» de este Padre, rico en misericordia” (San Juan Pablo II, Encíclica Dives in Misericordia, 13). Las miserias, aceptadas con humildad ante Dios, son fuente de compunción y conocimiento propio; y permiten que la luz y el agua que vienen de lo alto puedan insuflar el Espíritu divino en el fondo del alma.
Abramos la puerta de nuestro corazón, de nuestra libertad, a la gracia, a su amor misericordioso, para que Aquel que está sentado en el trono haga nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5). Y nos de corazón nuevo, que nos quite el corazón de piedra y os dé un corazón de carne, a la medida de su corazón (cf. Ezq 36, 26).Pidamos a Nuestra Madre, Refugio de pecadores, que no se endurezca nuestro corazón y nos abramos a la misericordia de su Hijo