“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. Considerar estas palabras del Señor nos ayudarán a hacer examen y preguntarnos. Cuando nos acechan los temores de cualquier tipo por falta de salud, por dificultades materiales o espirituales, cuando parece que el sufrimiento y los agobios nos ganan… ¿A dónde acudimos? ¿Dónde buscamos nuestra seguridad, nuestro refugio? Y descubriremos muchas veces que no por no acudir al Señor nos termina ganando el desánimo, el pesimismo, la desesperanza… Hemos de rectificar tantas veces como nos demos cuenta de que no acudimos a Él. En la medida en que seamos conscientes de que nuestra vida está en sus manos, no saldremos derrotados porque, como nos dice hoy el profeta Isaías: “Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos realizas tú”.
Hemos de aprender a descansar en el Señor, a “descargar en Él vuestro agobio, que Él se interesa por vosotros” (1 Pe 5,7). Aprender cada día de nuevo, a hacer, como rezamos en el himno de completas del jueves: “Como el niño que no sabe dormirse sin cogerse a la mano de su madre, así mi corazón viene a ponerse sobre tus manos al caer la tarde. Como el niño que sabe que alguien vela su sueño de inocencia y esperanza, así descansará mi alma segura, sabiendo que eres tú quien nos aguarda. Tú endulzarás mi última amargura, tú aliviarás el último cansancio, tú cuidarás los sueños de la noche, tú borrarás las huellas de mi llanto. Tú nos darás mañana nuevamente la antorcha de la luz y la alegría, y, por las horas que te traigo muertas, tú me darás una mañana viva”. San Buenaventura, refiriéndose a las palabras de la Sagrada Escritura dice que “es necesario rumiarlas para que podamos fijarlas con ardiente aplicación del alma”. Se me vienen a la memoria algunas palabras de la Escritura tantas veces nos podrán ayudar para hacer esa rumia: “Hoy sabréis que vendrá el Señor y nos salvará y mañana contemplaréis su gloria” (Ex 16, 6-7) ¡Mis ojos verán su gloria! ¿A qué tememos? ¡Hoy sabréis vendrá! ¡Y mañana contemplaremos su gloria! “Cuando se multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia” (Sal 93), “el Señor me esconderá en lo oculto de su tienda (Sal 26).
Es necesario, para recorrer ese camino de abandono en las manos de Dios, aprender el camino de la humildad. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas”. La humildad permite entender las cosas a fondo, conocernos en profundidad. «Humillaos en presencia del Señor, y Él os ensalzará» (St 4,10). La humildad y el propio enaltecimiento son incompatibles. “En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras” (Is 66,2).
Hoy hacemos memoria de la Advocación de Virgen María del Monte Carmelo. A Ella nos dirigimos para pedirle que nos enseñe y acompañe en este camino de abandono en las manos de su Hijo, a aprender de Él que es manso y humilde de corazón para que encontremos nuestro descanso.