Jesús compara el reino de los cielos con un grano de mostaza y con levadura. El grano de mostaza, “aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece… se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros cielo a anidar en sus ramas”. Con este fuerte contraste, el Señor quiere captar nuestra atención y ayudarnos a comprender la vitalidad del Reino de Dios, la fuerza del dinamismo del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5). Es el amor de Dios quien hace las cosas valiosas y grandes. Al mismo tiempo nos muestra Jesús cómo la grandeza de nuestras acciones no está en la importancia o repercusión externa que pueda tener, sino en el amor que hayamos puesto en hacerlo lo mejor posible. La grandeza de las cosas no está en la magnitud del éxito. El “éxito” no se mide, en la lógica divina, por la perfección con que hayamos hecho las cosas, aunque busquemos hacerlas con la mayor perfección, sino en el amor que hayamos puesto. Amor a Dios y al prójimo. Un detalle pequeño de servicio hecho con amor puede ser algo grandioso. Dedicar unos minutos a escuchar a quien se siente solo, hecho por amor da unos frutos desproporcionados a nuestros esfuerzos, porque pueden llevar, consuelo y esperanza a quien se siente perdido. Cuántos detalles en apariencia nimios son muy importantes. Los detalles de cortesía y educación en el trato con los demás, detalles pequeños de amabilidad, que les hacen la vida más agradable; la realización acabada, hasta en los mínimos detalles, del trabajo y la vida cotidianos. Así el amor de Dios sembrado en nuestro corazón comienza siendo como una semilla casi imperceptible, pero terminará siendo el fundamento de la convivencia y concordia entre los hombres. Sólo podrá crecer la justicia y la paz si se fundamenta en el amor como don, como entrega. El amor supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón (Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2002).
La levadura que hace fermentar la harina y hacer el pan que sirve de alimento al hombre, es también una imagen de la vida de la gracia que Dios pone en los hombres para que puedan ser fermento de ese amor de Dios, que transformará nuestro corazón a la medida del corazón de Cristo (cf. Fp 2,5). Seremos hechos instrumentos del Amor de Dios, para dar frutos de humanidad. El mundo necesita ser sanado por el amor porque es fruto del Amor. Como la levadura mezclada en la harina no se nota, así los hijos de Dios en medio del mundo no se nota su presencia, pero hace que la harina se convierta en ese pan delicioso. San Juan Pablo II nos recordaba cómo “los cristianos son raza elegida, sacerdocio santo, llamados también sal de la tierra y luz del mundo. Su específica vocación y misión consiste en manifestar el Evangelio en sus vidas y, por tanto, en introducir el Evangelio, como una levadura, en la realidad del mundo en que viven y trabajan. Las grandes fuerzas que configuran el mundo (política, mass-media, ciencia, tecnología, cultura, educación, industria) constituyen precisamente las áreas en las que los seglares son especialmente competentes para ejercer su misión. Si estas fuerzas están conducidas por personas que son verdaderos discípulos de Cristo, y, al mismo tiempo, plenamente competentes en el conocimiento y en la ciencia seculares, entonces el mundo será ciertamente transformado desde dentro mediante el poder redentor de Cristo” (Limerick, 1 – X – 1979).
Nuestra Madre nos muestra cómo dejarnos transformar en semilla y levadura. Mirándola, dejémonos contagiar por su docilidad y ser instrumentos vivos del Amor de Dios.