Los católicos que no comprenden bien el sacramento de la confesión recurren con frecuencia al siguiente argumento, a modo de justificación: “padre, yo ni mato, ni robo”. Como excusa no está mal, pero pongo en duda la veracidad de su argumento. Se fija sólo en cosas externas, como las que habría que demostrar en un juicio penal, siempre referido a los actos externos, que se pueden demostrar, medibles, audibles. En las investigaciones policiales y procesos judiciales se deben aportar siempre pruebas. Si no ha pruebas materiales (una huella, una imagen, un documento), puede haber pruebas personales: un testigo, aunque sin pruebas materiales, puede complicarse el mero testimonio verbal contra alguien. Sin una prueba, no hay posibilidad de demostrar algo, aunque sea un crimen tremendo que alguien ha cometido.
Todo queda en lo externo. Pero ¿qué pasa en lo interno, en lo que nadie ve? Resulta que “ni mato, ni robo” sí que puedo hacerlo con la mente, y sin rastros de pruebas cuantificables, medibles. Por esta razón, el Señor alerta no sólo de los malos juicios externos —tan abundantes en la historia— , sino también de los internos. Puedo matar a una persona sin balas: basta con condenarla como culpable e indeseable en mi corazón. El odio, el rencor, la envidia, el complejo, o el simple desprecio se basan en un veredicto interior que yo hago de una persona. Y puede no haber rastro exterior. Abro paréntesis: el rastro exterior sería la calumnia, difamación, murmuración, crítica, etc. Eso sí que ya es un rastro del crimen que mi corazón previamente ha cometido.
Cristo alerta hoy de algo importante: cuidado con hacer nosotros de jueces. Puede que el juicio que hagas de una persona carezca de una visión completa. Ahí es donde está nuestro pecado, el que quiere señalar hoy Jesús: no se refiere a que si pillamos a un mentiroso hagamos como si no ha mentido, o si no ha matado, o si no ha robado… No es eso. Cristo también condena el pecado, es decir, el mal. El Señor alerta del desorden que supone ir mucho más allá del juicio a un acto malo, por muy terrible que sea.
Pasar de un juicio del acto cometido a juzgar por entero a la persona que lo comete es la línea roja que tan alegremente pasamos. Es juzgar a la persona en su integridad. Y eso sólo lo puede hacer Dios. Es su atributo personal. Porque sólo Él conoce la conciencia y lo interior del hombre; sólo Él conoce toda la historia completa. De ahí que el juicio a la integridad de la persona corresponde sólo a Dios. Por eso creemos en el juicio particular cuando morimos y en el juicio final cuando acabe la historia.
Cuando en otra parte del evangelio el Señor nos manda amar a nuestros enemigos, es esto a lo que se refiere. No pide que el que ha levantado una gran calumnia contra mí se convierta en mi amigo íntimo: el amor se expresa en que interiormente renuncio a juzgar a esa persona. Hago lo correcto: pongo el juicio en manos de Dios. Porque yo no puedo tomarme la justicia por mi mano: esa persona no me pertenece, por mucho mal que me haya hecho. Si la juzgo y la condeno yo es como si la redujera a un objeto que me pertenece. Juego a ser Dios.