Los discípulos de Juan se acercan a Jesús con una pregunta sincera. No buscan ponerlo a prueba; simplemente no comprenden. Ellos ayunan con frecuencia, igual que los fariseos, mientras que los discípulos de Jesús no siguen esa práctica con el mismo rigor. ¿Acaso el Maestro resta importancia a una tradición tan apreciada por el pueblo de Israel?

Jesús no responde discutiendo sobre normas o costumbres. Lleva la conversación a un nivel mucho más profundo. «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?»

Con esta imagen introduce una de las grandes revelaciones del Evangelio. En la Sagrada Escritura, el esposo es Dios mismo, que ama a su pueblo con un amor fiel y esponsal. Al aplicarse esa imagen, Jesús está diciendo discretamente quién es. En Él ha llegado el tiempo esperado, el tiempo en que Dios visita a su pueblo para establecer con él una alianza nueva y definitiva.

Por eso sus discípulos no viven como quien espera una promesa lejana. El Esposo está con ellos. La alegría no nace de que todo resulte fácil, sino de una presencia. La fe cristiana comienza siempre por un encuentro antes que por una obligación. Antes de pedir algo al hombre, Dios se entrega a sí mismo.

Jesús no desprecia el ayuno. De hecho, anuncia que llegará el momento en que sus discípulos ayunarán. Cuando el Esposo les sea arrebatado, conocerán el dolor de la ausencia y la purificación del deseo. Pero incluso entonces el ayuno habrá adquirido un significado nuevo. Ya no será un simple ejercicio de disciplina religiosa, sino la expresión de un corazón que espera y anhela al Señor.

Con dos imágenes muy sencillas, Jesús da un paso más. Habla del remiendo de paño nuevo y del vino nuevo que necesita odres nuevos. Ambas comparaciones transmiten la misma enseñanza: la novedad del Evangelio no puede reducirse a un pequeño arreglo de la vida anterior.

Existe la tentación de aceptar a Cristo sin permitir que transforme realmente el corazón. Añadimos algunas prácticas religiosas, modificamos ciertas costumbres, pero seguimos viviendo con los mismos criterios, las mismas ambiciones y las mismas seguridades de siempre. Es como coser un pequeño remiendo sobre un vestido viejo. Tarde o temprano la costura termina desgarrándose.

El vino nuevo del Evangelio pide un corazón nuevo. No porque Dios rechace nuestra pobreza, sino porque quiere ensanchar nuestra capacidad de recibir su gracia. El problema nunca es el vino. El problema es el odre que se resiste a dejarse renovar.

Todos experimentamos esa resistencia. Hay maneras de pensar, heridas antiguas, miedos o apegos que nos hacen preferir lo conocido, aunque sea limitado. La conversión no consiste solamente en abandonar algunos pecados; consiste sobre todo en dejar que Cristo renueve desde dentro nuestra forma de mirar, de juzgar, de amar y de esperar.

Quizá por eso este Evangelio resulta especialmente oportuno al recordar a san Pier Giorgio Frassati. Su vida fue la de un joven lleno de entusiasmo, profundamente enamorado de Cristo. Rezaba con fidelidad, frecuentaba los sacramentos y practicaba una intensa caridad con los pobres. Pero nada de ello nacía de un cumplimiento frío. Quienes lo conocieron recordaban sobre todo su alegría. Había descubierto que el cristianismo no es una carga que soportar, sino una vida nueva que recibir. El Evangelio era para él un vino nuevo que ensanchaba continuamente el corazón.

También nosotros podemos preguntarnos en la oración: ¿vivo mi fe como una costumbre o como una amistad? ¿Busco simplemente cumplir con Dios o dejo que Él renueve mi manera de vivir? El Señor no viene a añadir un capítulo religioso a nuestra existencia. Viene a hacer nuevas todas las cosas.

Tal vez hoy baste permanecer un momento junto al Esposo. No pensar primero en lo que debemos hacer por Él, sino alegrarnos de que Él haya querido acercarse a nosotros. Toda conversión comienza ahí, en la experiencia de una presencia que transforma el corazón desde dentro. Cuando Cristo ocupa el centro de la vida, el vino nuevo encuentra finalmente un odre capaz de contener la alegría del Evangelio.