Me encanta la mirada de Jesús sobre la humanidad, sabe encontrar el rincón donde algo nos duele, en ese punto donde ninguno se atreve a asomarse. “Al ver las muchedumbres se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas…” ¿No estamos todos un poco así?, extenuados porque vivimos sin saber para qué, abandonados porque nos falta alguien que nos indique dónde está el camino que no se ve. Un político no mira así a los votantes, los mira como a una masa ciudadana a quien tiene que conquistar con el mejor de los relatos (porque ya no se habla de convicciones). Recuerdo cuando era chiquito, ocho o nueve años, me encontré en un café a unos humoristas muy conocidos de la época. Fui a saludar al jefe de los cómicos para decirle lo mucho que me gustaba, y para que me firmara además un autógrafo. Eran muy populares y salían por televisión, que por entonces era el telón que descubría todos los misterios y donde nacía toda la magia a la que un niño puede asistir. Aquel hombre mayor, sorprendido por la inocencia de un niño, y después de mirarme y estampar su firma en una servilleta, me dijo que sería interesante que le dijera a mi mamá que él y la troupe actuaban en un teatro próximo a la cafetería, que me esperaban. En seguida me di cuenta de que aquella gente me veía como un consumidor a conquistar. Desde luego, yo les importaba poco, sólo les interesaba desde el momento en que pasara por taquilla. En fin, tampoco digo nada nuevo, son momentos en los que a la inocencia le ha nacido una fisura invisible. Simone Weil decía que la gran pregunta que debemos hacer a un ser humano es “cuéntame tu tormento…”, porque es ahí donde nos encontramos todos. Es triste que no nos importen los dolores ajenos, parece que si alguien nos cuenta sus sufrimientos nos está robando tiempo y, si además nos encontramos con salud, mejor que no nos vengan con lamentos. Uno de los pasajes más tristes de “En busca del tiempo perdido” de Proust es el momento en que el protagonista, Swann, y la duquesa de Guermantes, tienen una pequeña conversación. Swann le anuncia que se va a morir, y que los médicos sólo le dan unos meses de vida. “¿Qué me está usted diciendo? -exclamó la duquesa, viéndose por primera vez en la vida entre dos obligaciones tan diferentes como subirse a su coche para ir a cenar fuera, y manifestar su compasión a un hombre que va a morirse, y no sabiendo a qué conceder preferencia, creyó que debería hacer como si no creyese que la segunda alternativa debiera plantearse. Pensó que la forma mejor de resolver el conflicto era negarlo- ¿Bromea usted?”. La brutalidad de la escena es indisociable de una vulgaridad e inhumanidad espantosa. El Señor no sólo no elude nuestra miseria, sino que se la echa a los hombros. Se cree ,casi con fe de carbonero, y conoce cada uno de nuestros dolores. Sabe de esa “monotonía del dolor”, como recientemente me dijo una persona que sufre. El Señor no nos mira desde arriba, no hay diferencias de altitud entre nosotros, no hay distancia. Ni la comprensión ni la empatía son palabras que alcanzan a concebir el sentimiento de Dios por el ser humano. La compasión es una palabra más exacta. Porque quien se compadece ha sufrido en su corazón aquello que cuenta quien padece. Siempre me ha parecido maravilloso volver a este texto del Evangelio para no olvidar que frente a las miradas que juzgan, las que revelan resquemores, las que condenan, las que dejan más desnudo al adversario, el Señor ha interpuesto la suya, que nos alcanza hasta ese rincón donde nos sentimos impostores y heridos.