Creo que tengo un serio problema con las plantas. Se me mueren con mirarlas. El otro día un matrimonio amigo me regaló una absoluta belleza, una especie de sauce llorón diminuto, cargado de flores, una explosión de libertad y luces en la punta de las ramas. Vi que la planta tenía solidez, la regué, hice lo que pude, la regué mucho, la regué poco, pero no me hacía caso, había en ella una especie de indocilidad natural, no se dejaba amaestrar por las manos del hombre. Al final, las luces se fundieron y la tuve que arrojar a la bolsa de los cadáveres orgánicos. Mis amigos ahora me han regalado un cactus, y prometo que le han salido unas colores rosa en los extremos de las hojas, así como de puesta de sol, que me hacen sospechar que su futuro tampoco es bueno. Si se me muere un cactus, yo también me muero, pero de vergüenza. Hoy el Señor usa la tierra como base de sus metáforas. La tierra pedregosa, la tierra rodeada de plantas que sofocan la semilla, la buena tierra que pone todo de su parte para que la semilla crezca sin límites. Mientras que en los casos en que la semilla fracasa el Señor da explicaciones con profusión, cuando llega al ejemplo de la tierra buena sólo dice “es el que escucha la Palabra y la entiende”. No dice nada más, ahí se para, pero ese entendimiento es clave, pasa también en el amor. Si las dos partes de un amor recién comenzado “entienden” que allí hay indicios de construcción, el futuro va detrás. Él y ella se convierten entonces en el cometido de cada uno. Cuando la Palabra de Dios hace nido en el corazón, la vida queda comprometida, entonces el deseo de darse, el deseo de servir a los demás y el deseo de entender a Dios, se convierten en el deseo por antonomasia. Le pasó a la Virgen, entendió las palabras que el ángel le exponía, y puso en juego todo su entusiasmo por el proyecto. Como recuerda Joseph Ratzinger, “los padres de la Iglesia lo expresaron diciendo que María habría concebido mediante el oído, es decir, mediante su escucha de la Palabra de Dios, no mediante su vientre. Solo a través de la acogida ilimitada de la Palabra, Dios pudo entrar en ella y fecundarla”. No sé si queda claro que lo que el Señor pretende mover en el ser humano es el deseo, no el cumplimiento. Si yo hago de mi vida un mecanismo de dientes dentados en el que el engranaje funciona pero sin que asome mi deseo de Dios, he convertido mi vida en una burocracia espiritual que no mueve mis entrañas. Los salmos también van en la dirección de entender bien la Palabra, “si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Hay un cuadro un tanto desconocido de Joaquín Sorolla,  que se conserva en el museo de Bellas Artes de Valencia, en el que se ve al Señor disertando desde una barca, muy pegada a la orilla. Tiene en frente a un niño en posición de chaval, es decir, sentado y cogiéndose las piernas. Pero su gesto es de absoluta atención al Señor. No aparece en él un asomo de distracción, como si no necesitara más que las palabras que salen de aquel hombre. Y, sin saberlo, le está cambiando el corazón. No es un niño frente a Sócrates, porque Sócrates le habría dicho que lo mejor está en su interior y que a través de muchas preguntas el niño iría descubriendo su propio interior. No. Este hombre pide otra cosa, que el niño salga de sí mismo y sepa acoger un amor personal. Dios no propone un ejercicio de autoayuda, sino un encuentro. Y así empieza las historia de un ser humano con el Señor. Desde nuestro bautismo, el Señor entra y va creciendo al ritmo de nuestra madurez. Y esa convivencia silenciosa va dando su fruto, como dice otro salmo: “el justo florecerá como palma, crecerá como cedro del Líbano”.

¡Larga vida a mi cactus!