El Concilio Vaticano II nos recordaba cómo “dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina» (Dei verbum 2) Acoger esta revelación de Dios requiere de la humildad de no tenerse por “sabio y entendido”, sino asumir con sencillez que la verdad de quién soy, del sentido de mi vida, no está en mí sino en Aquel que ha creado todas las cosas y las ha dispuesto con sabiduría. “Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la prudencia de los prudentes” (1 Cor 1, 18-19).

Leer y meditar la Sagrada Escritura con sencillez de corazón, alimentará nuestra inteligencia y nuestro corazón, que irá conformando un modo de mirar, de contemplar el mundo con sabiduría, nos dará una luz que nos permitirá juzgar el mundo, a nosotros mismos, a cuanto acontece en nuestra vida, con una sabiduría sobrenatural, a contemplar todo desde los planes divinos. Y de este modo vivir abandonados en Dios, como escuché a un sacerdote en una ocasión, dejando el volante de nuestra vida a quien sabe conducir y conoce el camino, al Espíritu Santo, nosotros limitémonos a abrir la ventanilla en el asiento del copiloto, ponte música y contempla el paisaje. Esto no significa que nos limitemos a no hacer nada. Dios ha querido contar con nosotros para que se realice su providencia. El Papa Francisco nos decía: “Muchas veces, leyendo los “Evangelios de la infancia”, nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre” (“Patris Corde” n 5)

Haciéndonos pequeños viviremos con la seguridad de estar en las manos de Dios, como un hijo pequeño, con “una sabiduría no de este mundo ni de los gobernantes de este mundo que son pasajeros; sino que enseñamos la sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, que Dios predestinó, antes de los siglos, para nuestra gloria (1 Cor 2, 6-7). El Papa León XIV, a una pregunta que le hicieron en la Vigilia de oración con jóvenes en Madrid sobre su experiencia en los años vividos en Perú, nos decía: “recuerdo sobre todo el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza. Precisamente el encuentro con las heridas y también con las alegrías del pueblo me hizo crecer en el camino del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio, transformado por la vida y la fe de estos pueblos, muchas veces materialmente muy pobres, pero ricos en la fe. Y experimentando esta fe en la palabra del Señor, he visto cómo la Palabra de Dios puede convertir el conflicto en paz. Puede ser fuente de reconciliación, de paz y de justicia”

María, Madre nuestra, nos ayude a estar entre los pequeños y sencillos a quienes se les revele la Sabiduría.