En los versículos anteriores al Evangelio que leemos hoy en la Misa, el Señor cura a un hombre que tenía una mano seca como respuesta a la pregunta de los fariseos sobre la licitud de curar en sábado. Esto provoca el rechazo de los fariseos que “planearon el modo de acabar con Jesús” y que el Señor se marche y curase a todos los enfermos “mandándoles que no lo descubrieran”. Sin el rechazo de esos fariseos, quizás estos enfermos no se habrían encontrado con Jesús y no les habría curado “a todos”. No podemos saberlo, pero sí “sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28).
Dios saca bien del mal. Incluso del pecado. En el Pregón de la Vigilia Pascual cantamos: ¡Oh feliz culpa que mereció tan grande Redentor! La última palabra no la tiene el mal. La respuesta de Dios, su “arma” para “vencernos” es siempre su Misericordia. “Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones”. Nos entrega a su Hijo, que “la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará”, porque Él tomará sobre sí nuestra debilidad, nuestro pecado. “Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no sólo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado, para así amar en nosotros lo que amabas en El” (Prefacio VII, Dominical Tiempo Ordinario). Con la Encarnación del Verbo, se establece en Cristo una alianza de amor indisoluble de Dios al hombre. El Padre no puede dejar de amar al hombre como ama a su Hijo. Mirando al hombre ve a su Hijo. Contaba un filósofo converso del budismo: si un hombre cae en un hoyo, del que no puede salir, y se lo encontrara Confucio se limitaría a decirle que asumiera la consecuencia de sus actos, que fue un torpe; si fuera Buda le daría muchos consejos para que aprenda a vivir con su desgracia y a tener paciencia. Si Cristo se lo encontrara no le diría nada ¡y le sacaría del hoyo! Esta es la diferencia.
Esto no significa quitar importancia al pecado, como nos decía el Cardenal Ratzinger, en la Misa antes del Cónclave, 21-IV-2005: “La Misericordia de Cristo no supone una banalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructiva, abraza y transforma el mal en el sufrimiento, en el foco de su amor sufriente. El día de la venganza y el año de la Misericordia, coinciden en el Misterio Pascual, en Cristo muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios, que en la persona de su Hijo sufre por nosotros”. Frente a la realidad del pecado del hombre, la respuesta de Dios es un plan de salvación. El hombre no queda sólo ante su pecado; hay algo más que experiencia de culpa, por la iniciativa de Dios cabe el arrepentimiento.
Una tradición muy antigua narra la aparición del Señor a San Jerónimo. Jesús le dijo: Jerónimo, – ¿qué me vas a dar?; a lo que el santo respondió: Te daré mis escritos. Y Cristo replicó que no era suficiente. ¿Qué te entregaré entonces? ¿mi vida de mortificación y de penitencia? La respuesta fue: Tampoco me basta. ¿Qué me queda por dar?, preguntó Jerónimo. Y Cristo le contestó: Puedes darme tus pecados, Jerónimo (cfr. F. J. SHEEN, Desde la Cruz, p. 16).
María ha vivido plenamente abandonada en las manos de Dios, en sus planes providentes, haciéndose “esclava del Señor”. A Ella le pedimos vivir confiados en su misericordia.