Muchos no esperan que el reino de los cielos llegue hasta ellos, sino que les caiga encima. El reino de los cielos es la obra de arte que Dios ha preparado para los hombres, una vez que nos hemos dedicado a cargarnos la tierra. Los que esperan que, “de pronto” llegue el reino de Dios a su vida, se conviertan y se hagan impecables, sin tentaciones ni maldades, van apañados. 

Un día volverá Cristo, pero nos encontrará a cada uno en nuestro lugar. Podremos estar buscando o sentados esperando. Los primeros llegarán al reino de los cielos. Seguramente una y otra vez nos encontremos con nuestro pecado, tendremos la tentación de comprar una joya de diseño o baratijas de los indios, pero volveremos a buscar la perla que el Espíritu Santo va haciendo crecer en nuestro interior. Tal vez demasiado lentamente a nuestro gusto, pero es la más hermosa que podemos encontrar. Y cuando nos convenzamos de esto empezaremos a vender. Iremos quitando de nuestra vida los caprichos, los pecados, las comodidades inútiles, la soberbia, la lujuria, la envidia, la impiedad… 

Como consuela el Señor al pobre Jeremías: “Si vuelves, te haré volver a mí, estarás en mi presencia; si separas lo precioso de la escoria, serás mi boca. Que ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos. Frente a este pueblo te pondré como muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti y no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte y salvarte -oráculo del Señor-. Te libraré de manos de los perversos, te rescataré del puño de los opresores. Que ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos.” 

Nuestra Madre la Virgen vio crecer en su interior esa perla preciosa, la única por la que vale la pena dar la vida, venderlo todo, darse del todo. Ojalá no corramos detrás de las baratijas que nos ofrece el mundo.