Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia (340-420)

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Santos: Jerónimo, presbítero y doctor; Leopardo, Víctor, Urso u Oso, Antonino, mártires; Gregorio, Honorio, Lauro, Simón, confesores; Ismidón, Leodemio, Honorio, obispos; Sofía, viuda; Cogán, Viturniano, eremita.

Doctor máximo en la exposición de la Sagrada Escritura. Habría que añadirle también el título de doctor en «ayunos y penitencias» y así de flaco y seco lo dejó pintado el Greco. Gran conocedor del latín, del griego y del hebreo, tanto que merecería otro «doctorado en clásicas» por esto.

Las cartas que escribió a sus amigos y a conocidos no tan amigos hicieron furor en la Edad Media y trajeron de cabeza a todos los que estaban empeñados en seguir de cerca de Jesucristo de modo radical. En ellas expone su ideal de perfección.

Fue un gran polemista. Las Vidas de Pablo, Malco e Hilarión son escritos que manifiestan su duro temperamento. ¿Era claro en el decir? Alguno dijo de él que era demasiado expresivo para ser santo. Y es verdad que maneja con maestría las invectivas escandalosas, las críticas mordaces y las frases ofensivas. Algún analista bondadoso termina diciendo, ante la evidencia de su dureza, que solo es una forma un tanto retórica de expresar el pensamiento, como quien dice enojado «ahora me vas a oír». Otros, menos generosos, se quedan perplejos ante la duda de si esas maneras eran secuelas del hombre viejo o signo de la libertad que suelen gozar los santos por no tener nada que perder ni apetecer gloria humana. También hay quienes acaban con la frase que suena a renuncia: «es santo para admirar y no para imitar».

Nació en Stridon (Dalamacia) en el siglo IV. Su padre, Eusebio, era rico y lo mandó a Roma a estudiar con los mejores maestros. Hizo retórica y filosofía. Aún no es cristiano, solo un catecúmeno que suele visitar las catacumbas. La mayor parte del tiempo que no dedica al estudio de Cicerón lo emplea en las fiestas y distracciones paganas en las que está tan enfrascado como los amigos y compañeros de academia. Y se ha despertado en él un desconocido afán por hacerse con libros y códices que comienza a coleccionar y copiar.

Recibió en bautismo. Pone fin a los estudios y comienza a viajar por Francia, convive con los monjes de Tréveris, y fue a Aquilea y Jerusalén, llevando como única compañía sus libros y ejercitándose en el ayuno tanto que cae enfermo grave. Con su recuperación física viene la decisión de abandonar a los filósofos paganos y dedicarse el estudio de la Palabra de Dios más acorde con su nueva condición cristiana. Comienza así el estudio del griego y encuentra un maestro judío que le enseña el hebreo.

Se curte con los rigores de la vida eremítica en el desierto de Calcis entre oración y las grandes penitencias que le llevan a golpearse el pecho con piedras a la hora de las grandes tentaciones carnales que tuvo que soportar. Es una etapa de maduración interior con la lucha entre el desaliento y la entrega. Escribe la Cartas, como la de Heliodoro, donde expone las excelencias de la vida solitaria y la Vida de Pablo, el primer ermitaño, donde cubre con abundante fantasía la falta de datos históricos.

Cuando tiene treinta años, lo ordenó sacerdote el obispo Paulino de Antioquía.

Otra etapa de su vida comienza en el año 382, cuando el papa Dámaso lo llama personalmente desde Roma con el ruego de que marche allá para revisar el texto bíblico y pudiera salir la Biblia para el pueblo que hoy llamamos Vulgata. Como secretario papal pasó tres años que fueron para él un verdadero calvario porque, aunque en la Ciudad Eterna crece su fama de santo, el hecho de que desarrollara un apostolado específico con un grupo de damas nobles a las que anima con vehemencia a vivir el más duro ascetismo no fue del agrado de todos, principalmente de los eclesiásticos, a los que les parecía locura enseñar el ayuno diario, abstenerse de vino y carne, dormir en el suelo y hacer otras penitencias con mucha oración. Tuvo que responder al clero romano con Cartas sobre la virginidad. Entre sus fieles seguidoras destacan Marcela, Paula y su hija Eustoquio. Aunque organizó clases de Biblia para despertar amor al libro santo, no disminuyeron las críticas, sino que aumentaron por la incomprensión o rechazo del rigor ascético que proponía. La muerte de otra hija de Paula, Blesila, hace que se dispare contra él la animadversión, al señalarle como culpable por su extremada penitencia.

Decide abandonar Roma y marcha a Jerusalén, donde se le reunirán más tarde Paula y Eustoquio. Con ellas visitará piadosamente los Santos Lugares y la fortuna de Paula sirve, en el 386, para fundar monasterios de mujeres y de varones, levantar una hospedería para peregrinos y sacar adelante una escuela monacal donde Jerónimo enseña.

Más de treinta años vivió en Belén. Dispone de una magnífica biblioteca. Reza con penitencia, estudia y escribe. Es en Belén donde termina la traducción de la Biblia desde el hebreo y donde hace sus formidables y múltiples Comentarios a los textos santos. No le falta una nube de taquígrafos a los que dicta cuando la salud no le deja escribir.

El sabio Jerónimo tradujo también a Orígenes, Eusebio, Dídimo el Ciego y la Regla de San Pacomio. Su peleón espíritu se manifiesta en lengua afiladísima, temible y certera cuando polemiza contra Elvidio, defendiendo la perpetua virginidad de María, contra Joviniano que consideraba inútiles las prácticas ascéticas y sobrevaloró el matrimonio por encima de la virginidad, contra Vigilancio para defender el culto a las reliquias y a los santos, y contra los herejes pelagianos a los que lanza abundantes invectivas de las que no se vio libre ni el obispo Juan de Jerusalén. Supo emplear con la misma altura otro estilo literario diferente en sus homilías parenéticas, en los consejos a los monjes y en las cálidas y vehementes exhortaciones plagadas de serenidad, bondad, ternura y sensatez lanzando a las almas por las alturas de Dios. No es extraño que la iconografía lo represente con la legendaria figura del león que bien lo define.

Murió en el 420, cuando ya contemplaba –aburrido– la ruina del Imperio por las invasiones bárbaras y sin haber podido asimilar la muerte de Eustoquio.

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