¿Qué sucede cuando perdonas?

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Los que escribimos estos comentarios sabemos que hay muchas personas que los seguís diariamente. Algunos les sirve de punto de meditación, a otros les es alimento para su oración y medio de formación permanente. Incluso muchos sacerdotes los leen con interés para la preparación de la homilía. ¡Que así sea! En medio de estos días veraniegos, os deseamos que estas letras os sirvan  para avivar nuestra comunión y crecer en la fe. Hoy la fuerza la tiene esta palabra: “perdonar”.

“¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano, hasta siete veces?”  Pedro pregunta así, porque en arameo (su idioma natal) no existe el mayestático y la manera de expresar “muchísimas veces”, se hace utilizando los números, en concreto el número siete, que tiene este significado en la mentalidad oriental. Fijémonos entonces como en la misa decimos “santo, santo, santo es el Señor”, esto es, llamamos a Dios tres veces santo porque seguimos manera hebrea de decir “santísimo”.

Jesús  responde a Pedro:“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Jesús contesta con una hipérbole numérica para enseñar al apóstol y a todos nosotros: “perdonad todas las veces que sean necesarias, esto es, infinitas veces”.

El tema no acaba aquí sino que Jesús utiliza una parábola para dar respuesta a una cuestión nueva: “¿Qué sucede cuando perdonas?”. Si uno escucha la parábola con atención, la respuesta es clara. Si tu perdonas, Dios te perdonará. Sigue la estela de la oración del Padre Nuestro: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”. O aquella otra palabra del Señor: “la medida que uséis con los demás, la utilizarán (Dios Padre) con vosotros”. Es una buena noticia que abre un horizonte de esperanza. Puedes haber sido un gran pecador en esta tierra (como aquel de la parábola que tenía mucha deuda) pero si has sido misericordioso con los demás, si has mostrado compasión cuando te han ofendido o traicionado, salvando al otro con una nueva amnistía del corazón, Dios será infinitamente compasivo con tus pecados. De igual modo, cuando uno se siente perdonado por Dios profundamente, es más capaz de perdonar a los demás, porque sabe que primero lo han hecho con él. El perdón suscita motivos para empezar de nuevo, es un cheque en blanco que reconstruye la concordia en la relación, y restaura la ilusión y las fuerzas que se habían consumido en la división.

Haciendo una analogía con el relato de la primera lectura, el perdón es como el arca sagrada que frena la corriente de agua (Jordán) que lo arrastra todo y lo lleva a morir (Mar Muerto). Perdonar es fundamental si queremos llegar a la tierra prometida. Como arca de salvación nos debe acompañar en cada paso del camino y atrae la presencia de Dios a nuestro lado. Nos hace vivir unidos, como pueblo, porque perdonar es siempre la fuerza capaz de reunir a los que se sienten lejos o avergonzados por su error. Si el paso del arca de la alianza frenando el cauce del Jordán fue un milagro recordado por generaciones, el perdón es un milagro para el mundo de hoy. Un milagro capaz de dar testimonio a los demás de que algo distinto habita en nuestra humanidad. Perdonar hoy es, sin duda,  la mejor manera de expresar nuestra fe.

Atar y desatar: he ahí la cuestión.

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Corría el año 312 cuando Constantino el Grande tuvo que afrontar la decisiva batalla del puente Milvio contra su oponente el emperador Majencio. La historia cuenta que Constantino, por un sueño revelador, hizo poner el crismón en su estandarte y mandó grabar una cruz en los escudos de sus soldados. Fue una gran batalla y Constantino creyó realmente que el signo de la cruz de Cristo le había dado la victoria.

Un año más tarde, el emperador , influenciado por la fe de su madre (santa Elena) y llevado al agradecimiento por aquella conquista, daría carta de ciudadanía a la fe cristiana y pondría fin a las persecuciones contra los cristianos. ¿Se había convertido Constantino el Magno al cristianismo? No parece tanto que fuera así. De hecho, pidió su bautismo pero siempre y cuando estuviera cerca de su muerte. El cálculo era sencillo: quería disfrutar de los bienes de la tierra y llegar con un expediente intachable en el Cielo.

Parece que Constantino había olvidado el pasaje del evangelio de hoy. En este impresionante capítulo 18 de san Mateo, Jesús profetiza algo más radical y exigente: “lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el Cielo”. Uno no llega al Cielo con el simple derecho de llevar el “carnet de la gracia en regla”. Uno llega al Cielo cargado de amor o no llega. Uno llega al Cielo con la impronta de la libertad o no llega. Cada paso en esta tierra importa para el cielo. En el Cielo se vive con plenitud la Ley del amor recíproco, por eso importa desatar en la tierra cualquier lazo de odio o de resentimiento, de envidia o mal deseo, de apego a uno mismo o a lo material. Para vivir allí, importa atar con fuertes lazos de amor entregado las relaciones cotidianas, tanto las cercanas como las ocasionales. Atando para vivir la unidad del cielo, perdonando y siendo perdonados, corrigiéndonos unos a otros con respeto y cariño.

Para Constantino la cruz le hizo ganar la batalla del Milvio para ser un glorioso emperador. Para nosotros la cruz del Señor siempre será nuestra victoria para alcanzar la gloria del Cielo. Pues Jesús crucificado nos impulsa a vivir el momento presente con mayor radicalidad y aprendemos a amarle en cada dolor y en cada crucificado que pasa a nuestro lado. Dándonos además los motivos para apostar de nuevo por el futuro de este mundo y empezar de nuevo cada día.

Es la hora de atar y desatar. Y lo haremos juntos (lo que “atéis y desatéis”) en este santo viaje.

El Misterio de la Asunción de María

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En la madrugada del 1 de Noviembre de 1950 una multitud de personas acompañan con antorchas una gran imagen de la Virgen desde la Basílica de Santa Maria en Araceli hacia la Basílica de San Pedro. Más de doscientos cincuenta mil peregrinos han venido a la plaza para un evento único, en un nuevo pentecostés de lenguas y razas. Entre toda esa gente, gobernantes de muchas naciones del mundo y autoridades políticas como Alcide De Gásperi -uno de los padres de la futura Unión Europea-. Todos están esperando el momento en que Pio XII defina el dogma de la Asunción de la Inmaculada Virgen María. Iniciada la liturgia se pide a toda la plaza que rece al Espíritu Santo, y todos los asistentes, puestos de rodillas, cantan el Veni Creator Spiritus antes de ser pronunciada la definición dogmática que va a ser recibida entre una algarabía de aplausos.

Es el misterio en el que “la Santísima Virgen María cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del Cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo” (CIC 974).

María es la tierra virgen que Dios va a tomar entre sus manos para crear de nuevo a la humanidad. Ella fue preparada por Dios haciéndola inmaculada desde su concepción para que un día pudiera ser la madre del Hijo de Dios hecho hombre. Y ella, manteniendo en todo momento su virginidad, alberga en sí el misterio de una nueva humanidad, donde su cuerpo y su alma, ha quedado  unido a Dios y santificado de un modo singular.

Escucha ahora y comprende cuando María dice: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”.  ¡Ciertamente! ¡Ha hecho obras poderosas en María de Nazaret!

Y la última de esas obras que hizo Dios en la vida de María fue su asunción en cuerpo y alma a los Cielos, anticipando en ella lo que un día tendrá que ocurrir en nosotros. Así,  todo lo que soy “cuerpo-y-alma”, esto es, “materia-mente-espíritu”, será transformado para vivir en el nuevo cosmos transfigurado, lleno de luz, justicia y dignidad. Nada de mi yo se pierde, tampoco la materia que forma mi yo, porque yo no puedo entenderme sin mi cuerpo. Y mi cuerpo no puede entenderse sin mi espíritu.

Por otra parte, ella nos lleva a mirarnos como “arcas de Dios”, templos donde Dios habita y donde los demás pueden encontrarse con él. ¡Qué alta dignidad para cualquier persona!

Por eso, permíteme que me dirija a ti  ahora, que estás leyendo este comentario. Me gustaría que te pararas un momento y te fijaras en todo lo que eres: en tu físico y en tu yo interior,  descubre la morada de la Trinidad en tí, mira lo grande que eres por dentro y piensa en la dignidad de tu cuerpo, y piensa también en todos los que te vean hoy… ¿Descubrirán en tu rostro, hasta en tu manera de vestir, la Belleza de tu vida? ¿Cuando piensas en la Virgen ves en ella la inmensa belleza de su vida? Medítalo. Porque te estás asomando al misterio de la Asunción de la Virgen María.

 

“Un príncipe entre los hombres”.

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“-¿Por qué quieres reemplazarle?

– Porque ese hombre tiene mujer e hijos y le necesitan. Yo no estoy casado, soy célibe y a mí no me está esperando una familia. Permítame remplazar en el barracón de la muerte a ese hombre.”

La ley del campo de concentración de Auschwitz exigía que si un preso se fugaba morirían otros diez en su lugar. Por eso pusieron a todo el barracón en fila y el comandante  que dirigía el campo, al azar eligió a los diez presos que morirían por inanición hacinados en el barracón de la muerte. El último de los elegidos no paraba de llorar y gritaba: “¡piedad, piedad, soy un hombre casado, tengo mujer e hijos, ¿quién va a cuidar de ellos? ¡Piedad, por favor!”

Este gran franciscano conventual no sólo se ofreció en sustitución de aquel preso, sino que sostuvo hasta el final, con la fe y la esperanza cristiana, a sus compañeros de tortura. Ese fue el gran milagro de san Maximiliano y esa fue la hazaña heroica que lo haría ser reconocido por todos. Dios le dio una fortaleza sobrehumana para ir acompañando en la muerte a cada uno de sus compañeros y sobreviviendo al hambre y al agotamiento. Su martirio fue coronado con la terrible “inyección letal”.

Sigmund Gorson, judío superviviente de Auschwitz, daba este testimonio: “El padre Kolbe sabía que yo era judío, pero su amor nos abarcaba a todos. Él nos daba mucho amor. Ser caritativo en tiempos de paz es fácil, pero serlo, como lo era el padre en ese lugar de horror, era heroico… Yo lo veía como un príncipe entre los hombres.”

¿Qué norma o ley de la tierra pide amar al extraño hasta dar la vida por él? No existe. Uno es capaz de arriesgar la vida por la familia o el amigo amado, pero no por un extraño. Y si alguien lo hace le llamamos héroe. Muchos existen en el mundo. Maximiliano Kolbe también  lo fue. Pero la Iglesia le llama algo más, le llama santo. Porque llevaba la ley de Dios inscrita y viva en su corazón. Hoy escuchamos a Moisés que dice de parte de Dios: “ama al forastero, porque fuisteis forasteros en Egipto.” Aquel sacerdote amó a todos, judíos o cristianos, de su patria o de otras naciones porque antes él fue amado por Cristo. Y esta es la fuente de la santidad, no es simplemente amar, como mera potencialidad del hombre, sino amar con ese flujo de amor con el que Dios nos ama.  Y Dios no se frena en ofrecerse y en dar a cada uno lo que le es debido. Así lo vemos en este evangelio de hoy del impuesto de las dracmas. Amar a todos, ¡a todos!  En el mundo de hoy esto es una revolución: al guapo o al feo, al que me cae peor o me es simpático, al de mi religión o de otra confesión, al amigo o al adversario… Amar a todos es el signo de la gratuidad por excelencia, y la señal inequívoca de que Dios está presente en una persona.

Como diría aquel judío del campo de concentración: “El padre fue como un ángel para mí. Como una mamá gallina acoge a sus polluelos, así me tomó entre sus brazos. Me limpiaba las lágrimas, cubría mi desesperación. Yo creo más en la existencia de Dios desde entonces. Ciertamente, en aquel momento, el padre Kolbe me devolvió la fe.”

 

Jesús siempre está cerca

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Las lecturas de este domingo nos ayudan a profundizar en la certeza de que Dios siempre está cerca de nosotros, incluso en las situaciones más difíciles en las que nos puede acechar la tentación de pensar que se ha retirado de este mundo.

En la primera lectura vemos como Elías, que está huyendo de la ira del rey, se refugia en una hendidura del monte Horeb. Allí recibe el consuelo de Dios, que llega en un “susurro”. En esa descripción se nos muestra la cercanía e intimidad de Dios con su profeta. Se trata de una experiencia interior, que llena de paz al que la vive. Aparentemente no cambia nada, pero algo ha sucedido en el corazón. Podemos hacernos una idea viendo los rostros incluso alegres de santos como Felipe Neri, Tomás Moro, Francisco de Sales… En situaciones muy diferentes no pierden la serenidad ante circunstancias difíciles, pero tampoco las afrontan con resignación estoica como si no hubiera otra salida, sino con la seguridad de que, por encima de todo, se está realizando el plan de Dios. Se saben sostenidos y acompañados por Él y así pueden cumplir su voluntad.

En el evangelio vemos a los apóstoles cumpliendo un mandato del Señor, quien les ha dicho que suban a la barca y vayan a la otra orilla. En su camino se encuentran con un viento contrario y fuerte oleaje. Con frecuencia se ha visto aquí una imagen de la realidad de la Iglesia, que avanza en medio de las dificultades de la historia, pero sin que le falte la protección del Señor, que el evangelio nos dice había subido a lo alto de la montaña para orar a solas. Jesús nunca nos deja solos. Siempre podemos acudir a él, y aún en momentos de oscuridad, no debemos dejar de pensar que él está cerca de nosotros. Además, siempre nos tiene presentes en el diálogo que mantiene con su Padre; somos objeto de su amor.

Los discípulos se asustan cuando el Señor aparece caminando sobre el agua. Pedro quiere comprobar si es el Señor y hace esa petición que nace de un corazón generoso: quiere ir junto a él. Jesús se lo permite, pero señala san Juan Crisóstomo que habiendo realizado lo difícil, que era caminar sobre las aguas, se deja vencer por lo pequeño y siente miedo por la fuerza del viento. Y el Cardenal Vanhoye señala que, a veces, hay personas que se lanzan con mucha generosidad a una tarea apostólica o caritativa, pero después se sienten en una situación extraña, porque la tentativa era exagerada y olvidan que es el Señor quien lo hace posible: falla la fe. Es lo que Jesús le dice a Pedro. En nuestra vida pueden suceder cosas muy grandes, y el Señor cuenta con nuestra libertad y generosidad. Pero siempre es Él quien lo hace todo posible. Y no se trata sólo de la decisión de un momento de fervor, sino que es preciso avanzar siempre en la fe. Es Cristo quien nos sostiene. En él está nuestra seguridad y fortaleza.

Con el salmo rezamos: “La misericordia y la fidelidad se encuentran/ (…) la fidelidad brota de la tierra/ y la justicia mira desde el cielo”. Es un texto que se puede aplicar al misterio de la Encarnación, ya que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Pero también nos mueve a unirnos por la fe a la persona de Jesús y así experimentar su amor, su justicia y la paz que brotan de vivir con él.

Fe que mueve montañas

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El evangelio de hoy nos deja transpuestos. Los discípulos de Jesús no han sido capaces de curar a un niño lunático y Jesús parece que se enfada cuando se lo dicen. ¿Por qué se enfada? El Señor les recrimina su falta de fe y los llama “¡generación incrédula y perversa!” Son palabras duras. Pero el Señor, que en seguida cura al niño, nos recuerda que él tiene poder.

Quizás debajo de esta historia se esconde que nadie tenía especial confianza en el poder del Señor. Quizás también una corrección a una idea falsa de la fe. Quizás pensaron que expulsar demonios era un simple arte que se aprende. En cambio Jesús nos recuerda que la fe siempre nos vincula con él. De hecho la fe, más que un poder personal, es una situación de absoluta indefensión. Es confiarlo todo al Señor porque sabemos que nosotros no podemos nada. De esa manera quedamos siempre abiertos al milagro. No prevemos un resultado ni convertimos nuestra relación con Dios en un procedimiento. Resulta curioso que los discípulos pregunten después al Señor por qué ellos no pudieron echar ellos al demonio. ¿De dónde pensaban que les venía ese poder? ¿creyeron, quizás, que bastaba con repetir las palabras y los gestos que en otras ocasiones habían visto realizar al Señor? Jesús les recuerda que tenían poca fe. De alguna manera la fe es como el punto de apoyo. Arquímedes dijo: “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Sin la fe nuestro esfuerzo es vano. La fe nos coloca siempre en la fuerza del Señor.

Jesús añade después que si tuviéramos fe como un grano de mostaza podríamos mover montañas. Tomás Moro señala que no hemos de dejar que nuestra fe se debilite. Al contrario, debemos plantarla en nuestra alma y dejarla crecer. Entonces se hará grande como el arbusto del que habla Jesús en otra parábola y comenta “con una firme confianza en la palabra de Dios, trasladaremos montañas de aflicción, mientras que cuando nuestra fe es débil, no desplazaremos ni siquiera un puñado de arena”.

Del evangelio de hoy aprendemos que hemos de tomarnos en serio nuestra relación con el Señor. La fe es la llave que nos da entrada a su intimidad. La fe supone, continuamente, renunciar a nuestro punto de vista par intentar descubrir la mirada de Jesús. Al mismo tiempo por la fe deponemos nuestras armas y queremos ser sólo, instrumentos dóciles del Señor. Sí, no está en nuestro poder, sino en su fuerza.

Negarse a uno mismo

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Hoy celebramos la memoria de santa Clara, seguidora de san Francisco y fundador de las clarisa. Clara era de una familia rica pero, una Cuaresma, escuchando un sermón de san Francisco, decidió seguirlo y serle obediente en todo. Cuando su familia se enteró de que había abrazado una vida de pobreza intentaron disuadirla. Sus hermanos fueron a buscarla pero ella se resistió y les dijo: “Por amor a mi Cristo Jesús he renunciado totalmente a todo amor por lo material y mundano”.

Muchas veces la belleza de las palabras de Jesús, que no siempre aceptamos con facilidad, se nos iluminan con el ejemplo de los santos. Hoy Jesús nos habla de que hemos de perder la vida por él y, de esta manera reencontrarla. Es el movimiento que siempre pide el Señor, entregárselo todo, sin hacer acopio de reservas ni cálculos. De esa manera se puede recuperar todo. Si intentamos encontrar una fórmula humana para explicarlo no la hallamos. Sin embargo, cuando contemplamos a personas como santa Clara, se nos descubre la total verdad de las palabras del Señor. ¿Quién puede negar que la vida que encontró esta mujer es mucho mejor que todo lo que podía ofrecerle el mundo? De alguna manera intuimos que detrás de todas las promesas del mundo nos va a quedar un regusto amargo y que lo único que vamos a alcanzar es una especie de sucedáneo de la verdadera felicidad.

La renuncia cristiana es principalmente una aceptación: una elección. Lo vemos en las palabras que hemos citado de santa Clara y también en el evangelio de hoy. Jesús no habla sólo de dejar cosas o de perder la vida, sino de hacerlo por él. Esta renuncia a uno mismo es siempre por haber escogido a Jesús. Hemos de pedir la luz para darnos cuenta de que sólo en Él está nuestra vida. Me doy cuenta de que no es fácil. Pero todo lo que reservamos para nosotros nos impide acoger el amor que Jesús nos quiere dar. Él es el tesoro que anhela nuestro corazón. Comparado con Él el mundo vale nada.

La comparación que hace Jesús es muy gráfica y nos puede servir de criterio de juicio: ¿De qué sirve ganar el mundo si se pierde el alma? Continuamente podemos ver si las elecciones que hacemos enriquecen nuestro interior o lo debilitan: en las cosas materiales, en la relación con los demás, en los arrebatos de ira, de orgullo, de deseos de dominio,… En cambio hay una victoria sobre el mundo, que es la de la Cruz de Cristo. Por ello también el Señor nos llama a tomar la cruz. En la cruz se revela un amor más grande por el mundo en el que se rompe la dinámica del mundo que tiende a destruirnos como consecuencia del pecado. Desde la Cruz Jesús salva el mundo.

La cruz no son solo las contradicciones y sufrimientos, sino que nace del amor. La misma santa Clara decía: “el amor que no puede sufrir no es digno de este nombre”. La cruz nace del amor. Y la vivimos verdaderamente cuando estamos unidos a Jesús. Es esta una enseñanza de Jesús que no nos resulta fácil de asimilar. Por eso agradecemos el ejemplo de los santos que, como Clara, nos ayudan a descubrir la belleza. A su intercesión acudimos para que seamos capaces de acoger en nuestro corazón las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica.

San Lorenzo

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Este mártir del siglo II murió en Roma durante la persecución de Valeriano. Cuatro días antes sufrió martirio el papa Sixto II. Se cuenta de él que administraba la economía de la Iglesia y que cuando el emperador le pidió que le entregara las riquezas presentó a una muchedumbre de pobres entre los que había repartido los bienes. San Lorenzo era español y de él dijo san Agustín que administró la sangre de Cristo, como diácono, y que derramó la sangre de Cristo. Podemos pues decir que configuró su vida totalmente al ministerio que se le había encomendado. No había en él esa duplicidad en que puede caer la vida cristiana, en la que reservamos algunas horas para Dios permaneciendo nuestro corazón lejos de Él. Por eso en la oración colecta de hoy se dice: “concédenos amar lo que él amó y practicar lo que enseñó”. En todos los santos reconocemos el rostro de Cristo, pero en los mártires de una manera especial e muestra esa configuración que llega hasta la muerte.

La palabra mártir significa, en griego, “testigo”. Si toda la vida de Lorenzo sobresalía por su caridad, en la muerte dio prueba de que ese amor tenía su fundamento en el que recibía de Cristo. Se sabía amado por Cristo, amaba a los pobres porque reconocía en ellos la presencia misteriosa de Cristo y quería amarlos con el mismo amor de Cristo.

Las lecturas de hoy nos recuerdan la importancia de la caridad para el cristiano. En la primera san Pablo señala que hay que dar con generosidad y que, de hecho cada uno recogerá según lo que haya sembrado. Podemos preguntarnos si el hecho de que nuestra vida en ocasiones la experimentemos como incompleta o insatisfactoria no se debe a nuestra tacañería en el amor. Dice también el apóstol que a quien “da de buena gana lo ama Dios”.

El mismo apóstol recuerda que todo bien viene de Dios al decir que es Él quien “proporciona semilla al que siembra y pan para comer”. De manera que quien obra el bien sabe que Dios siempre lo mantendrá en ese bien. En el mismo sentido leemos en el salmo que el corazón del justo permanece firme en el Señor y por eso no vacila ante las dificultades.

Por otra parte, en el evangelio, Jesús compara al hombre con una semilla. Para que esta pueda dar fruto es preciso que muera. Si la semilla permanece intacta, por muy buena que sea en su potencial, no fructifica. El ejemplo, de manera directa, se refiere al mismo Jesús que murió por nosotros y resucitó rescatándonos de las ataduras del pecado. Pero en sentido más amplio se refiere a todos los hombres. Quien se ama a sí mismo y ordena a ello sus fuerzas, lo único que hace es malograr su vida. Por el contrario quien hace de su vida una ofrenda a Dios en el servicio a los demás, gana su vida. Aparentemente puede parecer que desaprovecha lo que ha recibido porque no lo ordena a su propio bien. Sin embargo, actuando de esa manera, anticipa ya en esta vida la salvación que le espera en la eterna. Por eso podemos pensar que cada uno de nosotros, en la resurrección del último día, brillará según el amor que hayamos dado en esta vida.

Pidamos por intercesión de san Lorenzo que sepamos amar a los demás por amor a Dios y que éste nos haga fuerte ante todas las dificultades.

Patrona de Europa

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Juan Pablo II nombró a Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein en su vida civil, como patrona de Europa, junto con santa Catalina y santa Brígida. Edihs Stein nación en 1891 en Alemania y era de familia judía. Cuando tiene 21 años se reconoce atea. Estudió filosofía, carrera en la que sobresalió y fue discípula de uno de los mayores filósofos del siglo XX, Edmund Husserl. A través de unos amigos católicos empieza a acercarse a la Iglesia, pero es en 1918 cuando experimenta una gracia mística. Después de pasarse una noche leyendo El libro de la Vida de santa Teresa de Jesús, tiene la certeza de que allí se encuentra la Verdad que ella busca. Poco más tarde recibe el bautismo. En 1933 ingresa como monja carmelita. Al iniciarse la persecución de los nazis contra los judíos se traslada a un convento de Holanda. Pero en 1942 la Gestapo la va a buscar y junto a su hermana Rosa es conducida a un campo de concentración y muere en una cámara de gas.

Las lecturas de hoy ilustran la vida de esta santa. En la primera, del profeta Oseas, se habla de cómo Dios seduce al alma y la atrae con lazos de amor. El lenguaje poético de la profecía señala bien como Dios no fuerza a los hombres a seguirlo sino que los va llamando. De ahí que nosotros tengamos que permanecer atentos a los signos del Señor para reconocer su amor y corresponderle. Así lo hizo Edith, que siempre, con honestidad, buscó la verdad y cuando la reconoció se rindió ante ella. De ahí que decidiera consagrar su vida al Señor. Cuando se despidió de su madre, judía, para ir al convento, esta le reprochó que la dejara sola, a lo que Edith respondió que ahora estarían más unidas que nunca. Porque quien elige a Dios y se deja cautivar por su amor es capaz de amar con mayor perfección a todos sus familiares y amigos. No se separa de ellos sino que, por el contrario, es capaz de amarlos mejor.

A su vez, en el evangelio de las vírgenes prudentes, también se nos señala que siempre hemos de estar preparados para el encuentro con Cristo. Tradicionalmente se ha visto en la imagen del aceite de las lámparas una referencia a la caridad. Es el amor lo que mantiene encendida la llama de la lámpara. Eso no se puede improvisar. Por eso las vírgenes necias, que intentan a última hora encontrar aceite, no lo consiguen. Nuestra vida forma una unidad. De ahí que continuamente debamos preocuparnos por vivir en gracia y hacer que nuestra vida brille con las buenas obras.

Se cuenta que cuando vinieron a buscarla dijo Edith a su hermana “vayamos a compartir la suerte de nuestro pueblo”. Ella que había conocido a Cristo no lo abandona cuando deja el convento para ir a la muerte. Por el contrario recorre ese camino acompañada por Él, llevándolo en su corazón. Así, en medio de la barbarie y de la muerte, ella caminó hacia la cámara de gas llevando encendida la luz de la lámpara.

En este día pidamos especialmente por Europa. Muchos han olvidado las raíces cristianas que le dan consistencia. Como consecuencia de todo ello se ha enfriado la caridad y no brilla la luz de las lámparas del amor de Cristo. Como en la parábola podemos decir que nos hemos quedado dormidos. Pero si dejamos que el amor de Dios transforme nuestros corazones cuando el Señor quiera iluminaremos la noche anunciando su presencia.

La soledad

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La noche encuentra a Jesús orando solo en lo alto de un monte. Los cristianos, fijados en el ejemplo del Señor, privilegiaron las vigilias de oración y la más importante es la Vigilia Pascual, madre de todas las vigilias.

Jesucristo se separa de la multitud físicamente, después de haber realizado el milagro de la multiplicación de los panes, pero no se separa de corazón. Porque la oración del Señor es a favor de todos los hombres. El Verbo, unido continuamente al Padre y al Espíritu Santo, por su condición divina, también se mantiene en relación con ellos a través de su humanidad. Asumió la naturaleza humana para salvarnos y con ella pide por todos nosotros. Está solo en la montaña, pero no está lejos de nosotros.

Mientras, los apóstoles intentan atravesar el lago y les sorprende una gran tempestad. Las olas arremeten contra la barca Aparentemente están solos y podían sentirse como abandonados, pero en medio del fuerte viento aparece el Señor caminando sobre las aguas. Se señalan ahí dos cosas: primero que Dios no está nunca lejos de los hombres y, por tanto, incluso en las situaciones más difíciles, no debemos dejarnos arrastrar por la desesperanza. La segunda es que el Señor es más poderoso que cualquier dificultad, como evidencia el hecho de que camina sobre el agua.

En medio de esa situación tan sorprendente Jesús aún va a profundizar más en su enseñanza. Por eso permite que Pedro avance hacia Él a pesar del oleaje. Pero el príncipe de los apóstoles duda y entonces se hunde. Gran enseñanza para nosotros que si ciertamente caminamos en este mundo en medio de dificultades el verdadero peligro acontece cuando se debilita nuestra fe. Si esta falla siempre nos hundimos. Si nos ocurre esto hemos de actuar como Pedro hace con su grito angustioso: “Señor, sálvame

He conocido a muchas personas que experimentaban la soledad. Desde la cama enfermos, o sin comprender su misión en el mundo. Personas solteras, casadas y también consagradas. La soledad no es sólo una situación física (estar sin nadie cerca o alejado de los conocidos y amigos), sino espiritual. La soledad es un mal que consiste en no reconocerse vinculado a nadie. Muchas veces nos viene porque nos han dejado los demás, pero otras porque no somos capaces de reconocer a quienes tenemos cerca y, sobre todo, porque nos olvidamos de Dios.

Quién está con Dios nunca está solo. Por eso muchas personas consagradas que se retiran como ermitaños para orar, no se alejan de los hombres, sino que los llevan en su corazón y los recuerdan continuamente pidiendo por ellos. Lo mismo nos pasa con nuestros seres queridos, cuya memoria evocamos con frecuencia, y recordamos como son, o pensamos en qué andarán ocupados u otras cosas.

Como cristianos sabemos que Dios siempre está cerca y que podemos confiar en su compañía. Él nunca nos olvida y nosotros hemos de procurar corresponderle. Jesús nos enseña a hacerlo mediante la oración. Retirarse de vez en cuando, un rato cada día, de las ocupaciones cotidianas, para disfrutar de la compañía más íntima de quien siempre permanece fiel a su amor.

Agosto 2017
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