Audacia para anunciar a Jesucristo

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“Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante”. Ya sabemos del éxito de estos mensajeros: “no lo recibieron”. Y de su reacción: “Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?”. Esto nos puede ayudar a prepararnos para participar del mismo rechazo hacia Cristo. Ciertamente hoy hace falta una especial audacia para ser enviado por el Señor para prepararle un sitio en el corazón de los hombres. Unos hombres que están empeñados en apartar a Dios de todos los lugares. Dios fuera de la cultura ¡como si la cultura europea pudiera entenderse sin el cristianismo! Dios fuera de “todo espacio público” ¡como si el Creador del mundo fuera ajeno al mundo! ¡como si solo tuvieran derecho a la libertad de expresión quienes se oponen a que Cristo sea anunciado!

Es necesario que los cristianos recuperemos el valor de anunciar al hombre de hoy la buena noticia de su salvación en Cristo. Y hacerlo con serenidad, con paciencia, con “don de lenguas”, pero sin miedos. “En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo (Jn 16, 33). La resurrección de Jesucristo transformó a unos hombres de temerosos – encerrados por miedo a los judíos -, en hombres audaces, “encantados” de padecer por Cristo: “Entonces llamaron a los Apóstoles, los azotaron, les ordenaron no hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre” (Hch 5, 40-41). Nos decía San Juan Pablo II en Uruguay: “el renovado ardor apostólico que se requiere en nuestros días para la evangelización, arranca de un reiterado acto de confianza en Jesucristo: porque El es quien mueve los corazones; El es el único que tiene palabras de vida para alimentar a las almas hambrientas de eternidad; El es quien nos transmite su fuego apostólico en la oración, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía. ‘He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?’ (Lc 12, 49). Estas ansias de Cristo siguen vivas en su corazón.” (Juan Pablo II, 22 – V – 1988)

Superando respetos humanos y el que dirán. Es una trampa mortal el querer “quedar bien”, “que no haya problemas”. Querer ganar “la simpatía del mundo” nos paralizará. “Me habéis preguntado cual es el problema de la humanidad que más me preocupa. Precisamente éste; pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no han descubierto la gran verdad del amor de Dios. Ver una humanidad que se aleja del Señor, que quiere crecer al margen de Dios y hasta niega su existencia. Una humanidad sin Padre, y, por consiguiente, sin amor, huérfana y desorientada, capaz de seguir matando a los hombres que ya no considera como hermanos, preparando así su propia destrucción y aniquilamiento. Por eso, quiero de nuevo comprometeros hoy a ser apóstoles de una nueva evangelización para construir la civilización del amor” (Juan Pablo II Buenos Aires, 11 – VI – 1987).

Que nuestra Madre, Reina de los Apóstoles, nos meta en el alma un fuego, un deseo grande, de anunciar a todos los hombres la salvación de Dios.

Rezar unos por otros

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“Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. El centurión que hace esta petición a Cristo, obtiene de Jesús el milagro de la curación: “voy yo a curarlo”. El milagro le obra Cristo, pero la Providencia de Dios ha querido contar con la intervención del centurión. Es verdad que no necesitaba el Señor la petición para curar, pero ha querido hacer al centurión, de alguna manera, autor del milagro. Es muy importante nuestra oración de intercesión por los demás. Quizás en algunos momentos nos pueda parecer algo rutinario, pero no es así. Dios quiere contar con nuestra participación para obrar el milagro porque quiere hacernos partícipes de su poder y de su gloria. Es como si un gran pintor hubiera terminado un gran cuadro, pero no quiere darlo por terminado hasta que no firmemos nosotros también. La Iglesia, consciente de esto y de su papel de intercesora no deja de pedir por las necesidades de todos los hombres en cada celebración litúrgica. Si tuviéramos esto más presente al rezar cada día por los familiares y amigos, por tantos enfermos y necesitados, lo haríamos más y mejor.

Además, esta oración de intercesión agranda el corazón de quien pide y le ayuda a querer mejor a aquellos por quienes pide. En alguna ocasión en que Dios parece retrasar lo que pedimos puede esconderse este “truco” del Señor. Está esperando que insistamos más para que nuestro amor por la persona crezca. También para que nuestra esperanza se haga más fuerte. Pedir no le cambia el corazón a Dios sino a nosotros. Por ello nos ayudará mucho a aprender a querer y ser más pacientes con los demás en la medida en que pedimos por ellos ¡Cuántos favores y dones del cielo están esperando para ser concedidos a que alguien los pida! También pedir la limosna de la oración. Es verdad que “Cristo está delante del rostro de Dios y pide por mí. Su oración en la cruz es contemporánea de todos los hombres, es contemporánea de mí: él ora por mí, ha sufrido y sufre por mí, se ha identificado conmigo tomando nuestro cuerpo y el alma humana” (Benedicto XVI, Catequesis sobre la oración, 8-VI-2011). Pero también es verdad que Cristo quiere darnos el espacio para ser solidarios en las necesidades de los demás.

Hemos de pedir y hacer con insistencia. Jesús nos ha dejado indicaciones bien precisas en su enseñanza, nos propone parábolas “sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer” (Lc 18, 1), pero la cuestión es si encuentra una respuesta de fe en cada uno. El centurión pidió porque creyó y Jesús alabó su fe: “os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”. Fe y oración van íntimamente unidas. Si no rogamos más es porque nos falta fe, nos puede parecer inútil porque no nos fiamos de Jesús que nos ha dicho que pidamos con insistencia. Decía San Agustín: creamos para orar, y para que no desfallezca la fe con que oramos, oremos. La fe hace brotar la oración y la oración, en cuanto brota, alcanza la firmeza de la fe” (Sermón 115).

María, nuestra Madre es modelo de la Iglesia suplicante. Volvamos nuestra mirada a Ella para mantenernos constantes en la oración de unos por otros y firmes en la fe.

Nacimiento de San Juan Bautista

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La tradición en la iglesia es celebrar el “dies natalis” (día en que los santos nacieron para el cielo), es decir, el día de su marcha al cielo, el día de su muerte. Sin embargo, celebra con la mayor solemnidad el nacimiento de San Juan Bautista, el precursor de Jesús. “Es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo. Ello no deja de tener su significado” (San Agustín, Sermón 293).

La concepción de San Juan Bautista se da con una especial intervención de la Providencia: sus padres ya no podían concebir. Ante el anuncio del ángel: “tu oración ha sido escuchada, así que tu mujer Isabel te dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Juan” (Lc 1, 13), Zacarías responde: “¿cómo podré estar yo cierto de esto? Pues yo soy viejo y mi mujer de edad avanzada?”. Queda, así bien patente que Dios primero piensa en Juan Bautista, primero le ama, y sólo después es llamado a la existencia. Dios en la eternidad quiere y elige al Bautista en Cristo y para Cristo, “para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17). Es decir, la elección de Dios precede a la existencia de Juan el Bautista y la realización de esta elección es el sentido de su vida, aquello para lo que le han dado todos los dones y cualidades que posee, por ello sólo si los emplea para realizar su misión encontrarán sentido (cf. Beato Álvaro del Portillo, Carta 1992). Esto podría decirse de cada uno. Hemos sido elegidos por Dios “antes de la constitución del mundo, para que seamos santos e inmaculados ante Él por el amor; y nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo” (Ef 1,4-5) “Podemos decir que Dios ‘primero’ elige al hombre, en el Hijo eterno y consubstancial, a participar de la filiación divina, y sólo ‘después’ quiere la creación, quiere el mundo” (Juan Pablo II, Discurso, 28-V-1986).

Todo el sentido de nuestra libertad está en ponernos por entero al servicio de esa elección de Dios por amor, porque queremos. La vocación es el modo en que Dios me llama. Me ama llamándome. Es una luz que me permite ver el sentido de mi existencia, de todo lo que hago. No se trata de un acto puntual. Es Palabra eterna que nos invita a responder eternamente. Es invitación eternamente renovada y a la que debo responder hoy y mañana, hasta la plenitud de mi libertad en el cielo. Ninguno somos fruto de la casualidad o de un ciego destino. Vivir con esa clara consciencia nos ayudará afrontar todo con sentido sobrenatural, llenos de esperanza. Podemos realizar la elección de Dios sobre cada uno porque nos pensó, nos quiso y nos creó con los dones y cualidades necesarios y sólo después nos trajo a la existencia. Confiar porque “los dones y la llama de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).

“Después de recibir el anuncio del Ángel, la Santísima Virgen pregunta ‘¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?’ – Lc 1,34 -. No duda de que se cumplirá la Voluntad de Dios, no pide ninguna prueba, y tampoco pone condiciones para responder afirmativamente. Su entrega es absoluta desde el primer momento. Y, sin embargo, pregunta, porque desea conocer los planes de Dios para identificarse plenamente con ellos. (…) Si alguna vez se presentara en tu vida, una situación que parezca incompatible con las exigencias de la ‘vocación’ e interrogaras al Señor: ¿cómo cumpliré tu Voluntad?, ¿cómo haré para vivir la ‘vocación’ si hay esta dificultad?; considera que debes dirigirle esas palabras como la Santísima Virgen, sin dudar un momento de tu llamada, y con la disposición absoluta de entregarte al querer de Dios. Entonces desaparecerán los impedimentos, obtendrás una respuesta como nuestra Madre – ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti …’ (Lc 1,35) – que te confirmará en la certeza de la vocación y te hará descubrir, en esas mismas circunstancias aparentemente adversas, los designios de Dios.” (Beato Álvaro del Portillo, Carta 1992).

Cristo fundamento de la vida cristiana

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“Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. Es preciso poner en práctica las enseñanzas de Jesús. No basta con reconocer cuanta sabiduría hay en sus palabras o admirarnos de la belleza de sus propuestas. No bastan, pues, las buenas disposiciones e intenciones. Para entrar en comunión con Cristo, para participar de su victoria sobre el pecado y alcanzar el Reino de los Cielos. El Señor es tajante en este punto: “no todo el que diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre”. Es necesario luchar por hacer criterio de nuestras decisiones, de nuestros actos, la enseñanza del Evangelio.

Esta lucha por vivir teniendo como modelo a Cristo no es posible realizarlo por nuestras propias fuerzas. Por ello no es posible edificar “la vida” sobre roca, sobre Cristo, si no es con la ayuda de la gracia, que previene a nuestra acción, la hace posible y la sostiene. Sin esta experiencia de la intervención y el poder de la gracia en cada uno, ninguno seríamos capaces ni siquiera de intentar hacer de la voluntad de Dios la fuente de nuestras decisiones. Como nos recordaba Benedicto XVI en la encíclica “Deus caritas est,” n. 1, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (n. 1). Sólo después de este encuentro surge en cada hombre la necesidad de dar una respuesta. Por esta razón, se comienza a edificar sobre roca cuando se pone como cimiento de nuestra vida la vida de Dios en cada uno. Es decir, cuando se comienza a construir sobre la gracia sacramental: la confesión, la Eucaristía, la oración. Por tanto, los sacramentos no son meros ritos, ni costumbres. Son fundamento de la vida cristiana. Ser cristiano es ante todo poder clamar con San Pablo: “vivo yo; pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” – Gal 2, 20 -. No se trata de una simple comparación, sino la expresión de un misterio que nos desborda. Y precisamente por ello, nos permite lanzarnos a vivir del cumplimiento del querer divino.

La gracia sacramental nos renueva por dentro y nos capacita para esa respuesta, para esa lucha por vivir de la voluntad de Dios. “Conducir una vida basada en los sacramentos, (…), significa ante todo por parte del cristiano, desear que Dios actúe en él para hacerle llegar en el Espíritu a la plena madurez de Cristo (Ef 4,13). Dios, por su parte, no lo toca solamente a través de los acontecimientos y con su gracia interna, sino que actúa en él, con mayor certeza y fuerza, a través de los sacramentos. Ellos dan a su vida un estilo sacramental” (Juan Pablo II, Domenicae cenae, 24-II-1980, 7). Esta gracia de Dios no es fruto de una conquista, sino de la gozosa aceptación del don de Dios, que nos regala gratuitamente su vida misma en los sacramentos.

Pidamos a María, la esclava del Señor, que consintamos en dejarnos convertir en “esclavos” que sólo quieren vivir cumpliendo la voluntad de su Amo ¡Un Amo que es Padre! ¡Un Amo que da la vida por cada uno!

Audacia para enseñar la verdad

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“Guardaos de los falsos profetas”. Advertencia repetida por el Señor en varios momentos. Los escritos apostólicos no dejan de recordarlo. “Pero también surgieron falsos profetas en el pueblo de Israel, como habrá entre vosotros falsos maestros; éstos introducirán fraudulentamente herejías perniciosas” (2 Pe 2, 1). “Queridísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus son de Dios, pues muchos falsos profetas han aparecido en el mundo” (1 Jn 4, 1). Es natural una primera reacción de escándalo, pues no son unos ladrones o mentirosos quienes engañan sino profetas, personas que nos hablan de parte de Dios y de quienes esperamos la verdad.

Ya estamos advertidos. De los falsos profetas debemos guardarnos, es decir, no fiarnos, no hacerles caso, desconfiar, y debemos vigilar por un doble motivo. En primer lugar, para no ser engañados por “falsos profetas”, que nos dicen de parte de Dios lo que Dios no ha dicho. Y para discernir la veracidad de los profetas tenemos varios recursos. El primero nos lo recuerda el Señor en el Evangelio de hoy: “por sus frutos los conoceréis ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?”. Un signo de la autenticidad de los profetas es la coherencia, ser “hombres de Dios”, la santidad de vida. En segundo lugar, debemos vigilar porque cada uno podemos ser esos falsos profetas ¿De quien esperamos la verdad? De nuestros padres, maestros, pastores,… Todos tenemos alguna responsabilidad en la formación de la fe de los demás.

No podemos dejarnos ganar del temor al rechazo por enseñar la verdad sobre el hombre revelada por Dios: su dignidad, la grandeza de su vocación y, por tanto de la conducta acorde con ella. Ese temor puede llevarnos unas veces a deformar la enseñanza del Evangelio para adaptarla al gusto de lo que el mundo quiere oír. La advertencia de San Pablo a Timoteo es también para nosotros: “en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino te advierto seriamente: predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, reprocha y exhorta con toda paciencia y doctrina. Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad, y se volverán a los mitos. Pero tú sé sobrio en todo, sé recio en el sufrimiento, esfuérzate en la propagación del Evangelio, cumple perfectamente tu ministerio” (2 Tm 2, 1-45). Otras veces, sencillamente nos callaremos, guardaremos silencio cuando deberíamos hablar. También nosotros podemos silenciar la verdad por evitarnos dificultades. Ya lo advertía un gran pesador, Jean Guitton en un librito siempre actual (“Silencio sobre lo esencial”): “por motivos de paz, de caridad, se honra a lo esencial con el silencio. En las familias más unidas, en los amores más tiernos, hay temas de los que no hay que hablar. (…) Pero llega un momento en que este silencio sobre lo esencial ya no puede ser observado sin lesionar el deber de sinceridad y de verdad sin poner en peligro el núcleo mismo de lo esencial.” – Jean Guitton, Silencio sobre lo esencial, Edicep, 1988.-

Los mártires nos recuerdan permanentemente a nosotros, cristianos de este tiempo, que no se puede descender a componendas con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad. La Verdad es Verdad, no hay componendas. La vida cristiana requiere, por así decirlo, el “martirio” de la fidelidad diaria al Evangelio, el valor para dejar que Cristo crezca en nosotros y sea Cristo quien dirija nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto puede suceder en nuestras vidas solo si es sólida la relación con Dios (cf. Benedicto XVI, audiencia 29-8-2012, martirio de San Juan Bautista).

Le pedimos a la Reina de los profetas que nos audaces para ser los profetas con los que su Hijo cuenta en nuestros días.

La vida cristiana es milicia

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El camino que lleva a la Vida no es un camino cómodo y facilón. El Señor nos advierte de muchas formas animándonos a lucha por alcanzarla. “Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la perdición, y muchos entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida!”.

Cualquiera que se plantee seguir a Cristo descubre la necesidad de combatir todos los días contra un sin fin de enemigos interiores. San Agustín en el Comentario al Salmo 99 especifica alguno de estos enemigos: “todos los días hay combates en nuestro corazón. Cada hombre en su alma lucha contra un ejército. Los enemigos son la soberbia, la avaricia, la gula, la sensualidad, la pereza… Y es difícil que estos ataques no nos produzcan alguna herida”. Hemos de luchar, pero abandonados en las fuerzas del Señor, apoyándonos en Él, fiados en Él. “Fiado en ti, me meto en la refriega, fiado en mi Dios asalto la muralla” – Sal 170, 30 -, la muralla de mi pequeñez, la muralla de mis defectos,… Si luchamos confiados en la misericordia de Dios, aunque seamos derrotados muchas veces, podemos estar confiados en la victoria final. “Si Aquel que ha entregado su vida por nosotros es el juez de esta lucha, ¿qué orgullo y qué confianza no tendremos? En los juegos olímpicos, el árbitro permanece en medio de los dos adversarios, sin favorecer ni al uno ni al otro, esperando el desenlace. Si el árbitro se coloca entre los dos contendientes, es porque su actitud es neutral. En el combate que nos enfrenta al diablo, Cristo no permanece indiferente: está por entero de nuestra parte. ¿Cómo puede ser esto? Veis que nada más entrar en la liza nos ha ungido, mientras que encadenaba al otro. Nos ha ungido con el óleo de la alegría y a él le ha atado con lazos irrompibles para paralizar sus asaltos” –San Juan Crisóstomo, Catequesis bautismales, 3, 9-10 –.

Combatir el combate de la fe sin mirar nuestros defectos. “No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si la alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús” – Fil 3, 12 – 14 – Como nos recordaba San Juan Pablo II, “la santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y volver a levantarnos siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, como del esfuerzo por no obstaculizar la acción de la gracia en la propia alma, y ser, más bien, sus humildes colaboradores.” – Juan Pablo II, Alocución, 23 – III – 1983 – Sin desanimarnos ni darnos por vencidos. Cuando decimos no puedo, esto es superior a mis fuerzas,…; se pregunta el Papa Juan Pablo II: “¿pero cuáles son esas concretas posibilidades del hombre? ¿De qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia o del hombre redimido?” – Juan Pablo II, Alocución, 1 – III – 1984 -.

No podemos olvidar que no estamos solos en la lucha. Nuestra Madre nos acompaña e intercede por nosotros para que podamos recorrer con alegría y esperanza el camino que lleva a la Vida.

 

Sólo Cristo puede juzgar

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“No juzguéis y no seréis juzgados”. El juicio sobre la persona sólo puede hacerlo quien conoce por completo las intenciones y motivaciones más profundas, quien puede ponderar adecuadamente todas las circunstancias en las que la persona toma la decisión y ejecuta lo decidido. En ultimo término sólo quien conoce la profundidad del corazón humano puede juzgar a la persona. Por tanto sólo a Cristo corresponde cualquier juicio sobre la persona. En este sentido no le corresponde al hombre juzgar de ningún modo a otro hombre. Sin embargo, no significa que los hombres no podamos hacer ningún juicio. Hay juicios que podemos hacer y otros que tenemos la grave responsabilidad de hacerlos. Por ejemplo, unos padres no sólo pueden juzgar sobre la educación de sus hijos, cuál sea el modelo y los principios rectores, sino que tienen el grave deber de hacerlo, de lo contrario incurren en una grave omisión. Los hombres también podemos juzgar los actos de la persona, si son prudentes o no, si debían hacerse o no y de esa manera, pero incluso en este caso los juicios deben estar regidos por la justicia.

Juzgar adecuadamente, sólo los actos, nunca la persona, requiere, por tanto, de un adecuado sentido de la justicia y de una buena dosis de prudencia, “porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”. Entre otras cosas esto supone realizar el juicio sin estar dominado por la ira o cualquier otra pasión. Cuando juzgamos y corregimos, por ejemplo, enfadados no lo hacemos adecuadamente y más que una obra de misericordia (“corregir al que yerra”), el resultado está muy lejos de algo justo y edificante para quien es corregido. Si dejamos pasar el tiempo necesario para superar el enfado, seguro que estaremos en mejores condiciones para acertar con el modo: como me gustaría lo hicieran conmigo. Y si tratara de algo grave y requiriese un juicio y corrección fuertes, con mayor motivo, para hacer con verdad y con misericordia. En este Año de la Misericordia debemos preguntarnos con frecuencia cómo hacemos nuestros juicios sobre los actos de los demás ¿están dominados por la misericordia? Como nos recuerda el Papa Francisco en la Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia: “estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia” (9).

El Evangelio de hoy nos deja aún otro criterio para juzgar bien cuando hayamos de hacerlo: “¿por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?” Es decir, antes de juzgar al otro preguntarnos si no está en otros un error mayor. Esto nos dará una mayor rectitud a la hora de juzgar, además de paciencia con los defectos del prójimo. Cuando miramos sobre nuestra propia vida y descubrimos cuánto nos ha costado superar algunos malos hábitos nos ayudará a tener esa misma paciencia de Dios con nosotros. De este modo se facilitará la disposición a perdonar y comprender las dificultades del otro. La disposición a perdonar será como un colirio, que nos aclara la vista para ver mejor. Este es camino para juzgar con misericordia. El Papa Francisco no lo dice con claridad en la Bula (9): “el perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices”.

Que María, Madre de Misericordia, nos permita vernos con la mirada del corazón de su Hijo.

Pregúntate de nuevo quién es Él

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hqdefaultCuando el Señor reúne a los suyos para que le cuenten lo que dice la gente de Él, no lo hace por esa curiosidad imane que tenemos muchas veces por saber qué se cuenta de mí. Esa curiosidad es fruto de la inseguridad. El Señor bien sabe que sólo darían con su personalidad quienes le conocieran de cerca. Para la gente, para la masa acrítica que ve y juzga someramente, Cristo era un mero objeto de atracción, un hombre extraordinario que cuenta maravillas y que tiene cierta habilidad para ser como los antiguos profetas, que acompañaban su perorata con señales visibles.

Aquel día, el Maestro rompe el hielo de una conversación que busca un destino más hondo. “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Hombre, ya llevaban tiempo a su lado, comían y bebían con Él, y era hora de hacerse una composición de lugar. Puede que en la época de ligereza que vivimos, nos ocurra que aún no tenemos una estructura existencial, una forma de estar en el mundo, que no distinguimos un instante de placer y mucho disfrute, con una experiencia vocacional capaz de cambiar una vida.

Me decía hace poco un sacerdote de Ruanda que su máxima preocupación para África no era simplemente la alfabetización. Porque uno puede leer y escribir, pero no tener conciencia de que el texto entre las manos es el pasquín de un tirano. Me decía, “el africano no sólo necesita una universidad, sino una mentalidad capaz de asociar experiencias y reconducirlas en provecho de su país”. El Señor quería que los suyos no se fijaran en que era “un hombre fuera de lo común“, para eso ya tenía a los oyentes habituales de sus discursos. Él quería saber si los suyos habían hecho una “síntesis del corazón”, si habían olfateado su divinidad, que Él era de quién hablaba el rey David, al que se referían los profetas, el Salvador, que las entrañas del Padre eran su origen.

Hoy no puedes dejar escapar el día sin ser sincero contigo mismo y buscar tu propio dibujo del Maestro. Hazlo a carboncillo, pero fíjate en los rasgos que pones. No sé cuántos años hace que eres cristiano, pero ya es tiempo de decirle: “Tú eres…

Él te garantiza el futuro

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

futuroEl sentido común y el sentido común sobrenatural muchas veces se aproximan mucho. Me explico. Todos sabemos que el futuro es incierto. Por mucho que programemos nuestra existencia, a nadie se le escapa que una mínima variable puede mojar el papel con el diseño de vida más perfecto. Por eso, cierta sabiduría popular dice “lo que tenga que venir, vendrá”. Una especie de apertura a la imposibilidad de decirle al futuro lo que uno quiere que ocurra.

Hay mucho pensamiento positivo barato que te dice que el ser humano puede diseñar con pelos y señales su propio futuro. Ja! He visto a muchos gurúes que dicen en platós de televisión: “yo soñaba de pequeño aparecer en este programa y lo he conseguido”. No me lo creo. Hay un principio de indeterminación imposible de eludir. Por mucho que estemos viendo en la Eurocopa a la Selección Española haciendo un juego de pura fantasía, nada garantiza el éxito final con todo su glamur de confetis. No nos llueven mensajes desde el futuro, porque el futuro no existe. Por tanto, el sentido común dice que el futuro es escurridizo como las anguilas.

Pero el Señor, en el Evangelio de hoy, nos dice una cosa mucho más consoladora: que nos fiemos de Él. Porque en los momentos de elección, el Maestro sabe por qué camino tirar. Es apasionante leer en uno de los salmos, que Dios no crea los pájaros a granel, como si arrojara semillas al azar sobre un terreno fértil, sino que conoce cada una de las aves. Cada pájaro, el petirrojo, el zorzal… pero no estamos hablando de la especie. Cada zorzal, cada petirrojo es fruto de un diseño propio. ¿Y nosotros?, la especie que tiene el alma en la punta de los dedos, en la boca y en los ojos, lleva a su Dios pegado a cada una de sus criaturas. ¿Entonces, qué temes, hombre de poca fe? Dios sabe lo que necesitas. Más que pan, necesitas querer mucho y ver que tu hijo te da las buenas noches como si no hubiera nadie en el mundo más que tú. Necesitas escuchar los problemas de tu mujer, que a veces se lleva trabajo a casa para estar más cerca de los niños y apenas tenéis tiempo para vuestras conversaciones. Dale tu confianza, Él sabe… Entonces, el sentido común de no obsesionarse por el futuro se convierte en un estado de confianza con el mismo Dios.

“El tiempo no es oro, es Tuyo”

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

handpapertimewisdomwordsvalueurtime-12a882a847d870defcdb8d04476f7319_hLa acumulación conduce siempre al desorden. La acumulación tiene que ver con el amontonamiento, las cosas que se dejan unas sobre otras. ¿No te pasa que cuando llegas del trabajo dejas la chaqueta en el respaldo de la silla, las llaves en un rincón de la mesa, los folios en un lado y el periódico en no se sabe dónde? Lo malo es que allí mismo estaban las cosas con las que tu hijo ha jugado todo el día, y también las de tu mujer. Entonces la mesa del salón se va pareciendo a un palimpsesto lleno de capas. Al día siguiente, da por perdida la mitad de lo que abandonaste de cualquier manera, porque si la acumulación genera desorden, el desorden conduce a la pérdida.

El desorden favorece un estilo de vida en el que no hay nadie en la cofa del barco, ni existe timonel, el barco sólo se mueve. Qué distinto es empezar el día diciéndole al Señor

Mira, hoy me irán sucediendo tantas cosas que no sé por dónde voy a empezar, ordénamelas tú. Ayúdame a saber escuchar en la reunión de esta mañana y a no ser el que siempre mira de refilón el reloj para escaparse cuanto antes. Ayúdame a que cada cosa tenga peso, porque el tiempo no es oro, es tuyo”.

Sin quererlo, hablando así, estás predisponiendo tu alma para que el Señor ponga su diseño en ella y en todo cuanto hagas. Ya no acumularás, irás perdiendo la sensación de desorden, de hacer por hacer, de sobrevivir. Pero no te quedes con la copla de que ordenar versus acumular es una virtud moral, es que Dios quiere que vivas la vida con intensidad, y el que amontona no sabe lo que hace, va a ciegas. El secreto no está en eso que hoy se llama mindfulness, una atención plena o conciencia plena de las cosas. Vivir así es imposible, no tenemos gasolina para llegar tan lejos. Pero si dejas que el Señor entre en tu vida, entonces te sugerirá dónde poner atención y dónde poner… las cosas

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