Buscad al Señor y vivirá vuestro corazón.

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Un amigo sacerdote acostumbrado a dar grandes y aplaudidas conferencias, un día tuvo que sufrir una pequeña humillación. Tras una ponencia magistral en el mismo Aula Magna del seminario de Madrid, se acercó una agradecida asistente para alabarle por su fabulosa exposición. Y en un momento le dijo:

-Me ha encantado todo lo que ha dicho, pero me quedo sobre todo con una frase: “amaos unos a otros como yo os he amado”.

Por lo que mi amigo quedó abochornado, pues de entre la perfecta argumentación de su ponencia, aquella mujer sólo recordaba las palabras de Cristo. De este modo, mi amigo vió derrotada su vanidad y quedó contento por haber podido trasmitir, ante todo, la misma Palabra de Dios.

Por tanto, lo importante  es poder ofreceros una de las palabras del Señor que  pueda servirnos de impulso para la vida, de alimento para la oración.

Hoy propongo la siguiente invocación del salmo responsorial:  “buscad al Señor y vivirá vuestro corazón”.

¿Quién es ese Señor que hace vivir nuestro  corazón?  La respuesta la encontramos tanto en el pasaje de Jeremías frente a los líderes de Jerusalén, como en el evangelio donde se narra el martirio de Juan el Bautista ordenado por Herodes Antipas.  En un caso como en otro, aparece el drama del dolor imperante en el reino de la falsedad. Por una parte, Jeremías escapa de la muerte al defenderse frente a la engañosa acusación de que él no es un profeta verdadero. Por otra parte, Juan Bautista muere por la rabia de Herodías y el temor de Herodes al verse denunciados por él y puesta al descubierto sus vergüenzas.

“Buscad al Señor y vivirá vuestro corazón”

Se puede encontrar a mucha gente que mienta, pero no se encuentra a nadie que desee que le engañen. La mentira, el autoengaño, la falsedad,… es el cáncer del alma. Porque nuestro corazón está hecho y se alimenta con la Verdad. En el funeral, con los amigos, en la familia, en el trabajo, en los momentos de ocio o en el noviazgo, con los compañeros… en todo momento y en todas las relaciones aspiramos a lo auténtico. Buscar y vivir en la verdad en cada cosa y relación, es dotar a la vida de su máxima dignidad.

Me acuerdo de un momento que se me pedía mentir para poder conseguir un mayor beneficio con el seguro de mi vivienda, pero rápidamente me acordé del salmo de hoy y volví a constatar -con una sonrisa- lo ancho y fácil que es el camino de la perdición. Porque “si del amor no puede nacer nada malo” -como decía San Agustín-, del engaño y la mentira nada sano puede crecer, ya que corrompe el corazón, mata las relaciones y te aboca a la soledad. Por eso repetimos: “buscad al Señor (y su verdad) y vivirá vuestro corazón”.

 

Marta, Marta…

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Cuando pensamos en Santa Marta, recordamos inmediatamente el pasaje de Jesús del evangelio de Lucas que parece reprender a su amiga diciendo: “Marta, Marta, andas ocupada con muchas cosas…”. Como si alabara la actitud de su hermana María frente a ella. De algún modo, en aquella circunstancia pudo ser así, pero su valía como amiga y discípula del Señor es indiscutible.

Tanto es así que Santa Marta no sólo es venerada en la Iglesia Católica sino también en las iglesias Ortodoxa y Anglicana, incluso entre los luteranos es ejemplo de verdadero discipulado. ¡Es una gran santa! Aunque sólo tengamos referencia de ella en el pasaje de Lucas 10 y en el evangelio de San Juan que se proclama hoy.

De su boca nace una de las confesiones de fe más bonitas de la Escritura. Ella, como Pedro, reconoce a Jesús como “Mesías” e “Hijo de Dios”. Ella no se esconde, lo dice claramente, afirma la fe. Y lo hace en uno de los momentos más difíciles de su vida, la muerte de su hermano Lázaro. Algunos creyentes ante una tragedia familiar pueden ver tambalear su fe. Este no es el caso de Marta, que en el momento más duro, incluso ante la incomprensión de que Jesús no haya actuado antes curando la enfermedad de su hermano, mantiene la total confianza en Cristo. “Yo sé que mi hermano resucitará en el último día” -dice. Y ante la pregunta de Jesús: “¿Crees que yo soy la resurrección y la vida?”, Marta responderá con un grandísimo: “¡Sí Señor!”.  Si algo enorgullece a nuestro Señor es ver en el hombre la firmeza en la prueba. Santa Marta es mujer de fe y de firmeza en la dificultad.

Santa Marta  sirviendo a Jesús, en su casa de Betania, es prototipo del perfecto discípulo que en todo sirve y quiere agradar a Cristo. Aunque Jesús le pida también escucharle con la oración, le maravilla ver la disposición laboriosa de Marta. Ella no peca de omisión, con sus actos le dice a Jesús que siempre podrá contar con ella. ¡Qué maravilla de testimonio! De hecho, en la tradición oriental se habla de Santa Marta como una de las mujeres, junto con su hermana, que fueron a llevar el aceite de embalsamar el cadáver de Jesús. Y por tanto, según esta tradición, sería una de esas primeras mujeres en ser testigo de la resurrección.

Si alguien ha experimentado de primera mano las palabras de San Juan “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”, esa ha sido Santa Marta en su amistad con Jesús.  Ella sí que “ha visto y da testimonio de que el Padre envió a su Hijo  para ser el Salvador del mundo”, como lo vio en la resurrección de su hermano. Por eso Marta quedará en la historia como la gran misionera de la primitiva iglesia, portadora de la fe en muchas comunidades de la antigüedad, por ejemplo en Chipre, donde murió.

Hermanos y amigos que leéis estos comentarios, me uno a vosotros para rogar al Espíritu Santo  que nos comunique este don inmenso de la fe, la valentía, la laboriosidad, el testimonio y el amor concreto que manifestó Santa Marta durante su vida como discípula del Señor.

Mientras viva, alabaré al Señor.

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“Alabaré al Señor mientras viva”

Hoy merece la pena que grabemos en lo más hondo de nuestra alma esta aclamación del salmo 145:

“Alabaré al Señor mientras viva”.

Todos hemos sido creados para “alabar a Dios” con nuestras vidas. Dice el libro del Deuteronomio que el mandato más íntimo es “amar a Dios con todas nuestras fuerzas”. Amar y alabar a Dios son sinónimos en la conciencia de Israel. Pero esa conciencia no es algo para el pasado, es una mirada revolucionaria de la realidad: todos, creyentes y no creyentes, agnósticos y devotos, fieles o apóstatas….; ¡todos! somos llamados a orientar nuestra vida y poner nuestra confianza en Dios, fuera de nosotros mismos.

Los cinco últimos salmos del Salterio bíblico (desde el 145)  empiezan con la aclamación festiva del “aleluya”. Y son cantos poéticos de Israel por la victoria de Dios que hace regresar al pueblo de Israel a su tierra después del destierro de Babilonia.

Pero ante todo, es el canto de una victoria mayor: la felicidad es posible. No se encuentra en los seductores “príncipes de polvo” que despiertan nuestros impulsos por consumir o disfrutar más. La felicidad es una decisión por vivir cerca de Dios, unido a él, haciendo su obra.  Y la obra de Dios que nos da la felicidad es  cuidar a lo débiles, disponerse a ayudar a todo aquel que nos necesite, hacer justicia a los oprimidos, dar pan a los hambrientos,… en una palabra: llenar nuestros días de misericordia y generosidad.

“Alabaré al Señor mientras viva”

¿Cuándo lo vamos a hacer? No es una cuestión para mañana.  La felicidad nos espera en el presente aunque la vivamos plenamente en el futuro.  La felicidad siempre es un camino y no meramente una meta. Y es el fruto de una vida generosa.  El vaso nuevo que modela el alfarero y que fascina a Jeremías es el recipiente capaz de llenarse y de darse. Un vaso que no puede recibir y dar agua al sediento, ¿de qué sirve? Pero el vaso nuevo que puede hacerlo así, da alabanza a su alfarero.

Por eso Jesús nos pide atención para a vivir así, sin perder ni desperdiciar el tiempo, para ser sabios viviendo con esta generosidad permanente. Decía Unamuno en su diario secreto: “estoy lleno de egoísmo, sólo me espera la tristeza“. ¿Cómo podía decirlo si era un triunfador? Tenía una familia maravillosa, muchas publicaciones, era rector de una prestigiosa universidad, y era respetado por todos… ¿Entonces? Unamuno era consciente de que una vida sin generosidad es un plano inclinado y resbaladizo que atrae sólo la desdicha.  Es la hora de alabar a Dios y honrar nuestra naturaleza humana siendo personas que dan y se-dan. Como bien dijo el mismo Unamuno:“los hombres generosos dan lo que tienen, los héroes dan su vida y los santos se dan”.

Jesús, el tesoro de tu campo.

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“El que lo encuentra va a vender todo lo que tiene y compra el campo”

La gente escuchaba a Jesús con atención. Lo que decía tenía autoridad. Y también les parecía una enseñanza llena de sabiduría, muchos exclamaban que nadie había enseñado antes como él. Ciertamente los estudiosos de la escritura han comparado los discursos de Jesús con la tradición oral de los rabinos de su tiempo y han detectado una originalidad muy particular: Jesús al explicar la Ley o la voluntad de Dios, se identifica con ella. Por tanto, cuando Jesús habla del “reino de los cielos” está hablando de su persona, de su relación con él. Por eso, encontrar el “reino de los cielos” es encontrarse con Jesús mismo.

“El que lo encuentra va a vender todo lo que tiene y compra el campo”

Un campo que esconde un tesoro. la gente de Galilea entiende bien esta imagen. Un pobre puede aspirar como mucho a tener  una casa, algo de ganado o un campo para su cultivo. Se procura tener lo necesario para sobrevivir, muchas veces de modo precario… ¡Encontrar un tesoro, en lo poco que se tiene, es sentirse el hombre más afortunado del mundo!

¿Es así como nos sentimos los cristianos? ¿Nos sentimos realmente afortunados por tener esta relación privilegiada con Cristo? A Jeremías, ser el profeta de Dios le ha supuesto mil desgracias y el desprecio de los suyos. Hasta  santa Teresa de Ávila se quejaba cuando al hacer la voluntad de Dios todo se volvía en su contra, y decía a Jesús: “si tratas así a tus amigos, no me extraña que tengas tan pocos”. Dios promete a Jeremías dones increíbles si es fiel, y en concreto, una fortaleza de ánimo capaz de soportar y arrastrarlo todo. ¡Qué tesoros inestimables nos ha dado Jesús cuando hemos puesto nuestra confianza en él!

“El que lo encuentra va a vender todo lo que tiene y compra el campo”

Para mí tener a Cristo en mi  vida ha supuesto llenar de sentido todas las cosas. Realmente es como tener un tesoro escondido con el cual puedo tenerlo todo, alcanzarlo todo, solucionarlo todo. Es verdad que no estamos exentos del sufrimiento o de la cruz de cada día, pero experimentas que nada cae en vacío. Todo puede alcanzar un sentido: con Cristo las cosas pequeñas de cada día realmente tienen un destino, un final feliz.

Hoy es un día precioso para mostrar en todo una sonrisa y una satisfacción grande, que todos puedan ver en nosotros personas felices, realizadas, llenas, esperanzadas, ilusionadas por vivir. Como iba aquel mercader de la parábola a vender todo lo que tenía porque había encontrado la perla más preciosa del mundo.

En la fiesta de San Joaquín y Santa Ana, hagamos un elogio a nuestros abuelos.

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“Hagamos el elogio de los hombres de bien”  (Eclo 44,1)

¡Qué mejor afirmación para hablar de los abuelos de Jesús! Cuando uno entra en la iglesia de Santa Ana de Jerusalén, al lado de los restos arqueológicos de la piscina de Bethesda, te encuentras con una escultura entrañable de la madre de la Virgen. Es Santa Ana que tiene a María a su lado. Tal es la ternura de la escena que todos los peregrinos se emocionan rememorando con su imaginación esa relación tan íntima, tan humana. Porque eso es lo que llena de estupor: la gran humanidad de todo lo que vivió el Hijo de Dios entre nosotros. Vivió una familia, tenía unos abuelos que le querían y le cuidaban -como suelen hacer todos los abuelos-, tenía un hogar con amor y sufrimientos.

“Hagamos el elogio de los hombres de bien”

¿Qué sabemos de la vida de los abuelos del Jesús? Los evangelios no nos dan referencia, pero la tradición apócrifa más venerable, nos da algunos datos. Recojamos brevemente una reseña del llamado Protoevangelio de Santiago:

“En Nazaret vivían Joaquín y Ana, que eran una pareja rica y piadosa, pero que no tenía hijos. Con motivo de una fiesta Joaquín se presentó para ofrecer un sacrificio en el Templo de Jerusalén, y fue rechazado bajo el pretexto de que los hombres sin descendencia no eran dignos de ser admitidos. Joaquín, cargado de pena, no volvió a su casa, sino que se fue a las montañas a presentarle a Dios su dolor, pasando un tiempo en la soledad de aquellos lugares. También Ana, conociendo la razón de la prolongada ausencia de su esposo, clamó al Señor pidiéndole que retirase de ella el oprobio de la esterilidad. Le prometió que si así lo hacía dedicarían su descendencia al servicio de Dios. Sus oraciones fueron escuchadas. Un ángel visitó a Ana y le dijo: “Ana, el Señor ha mirado tus lágrimas; concebirás y darás a luz y el fruto de tu vientre será bendecido por todo el mundo”. El ángel hizo la misma promesa a Joaquín, quién volvió a donde su esposa. Ana dio a luz una hija a quien llamó Myriam (María)”.

Estas mismas tradiciones hablan cómo los padres de la Virgen se trasladaron a vivir a Jerusalén para que la Virgen María viviera unida al Templo de Dios y ellos pudieran estar cerca de su niña. Por eso, Santa Elena erigió en Bethesda una pequeña basílica donde se supone se hallaba su domicilio y donde se habrían honrado también sus tumbas. La casa paterna de Nazaret nunca se perdió y permanecería luego como hogar de nuestro Señor.

“Hagamos el elogio de los hombres de bien”

¡Qué regalo inmenso tener al mismo Dios-hecho-hombre como nieto! Pero ese privilegio ha tenido como precedente una labor preciosa: haber educado y acompañado a la niña María en la fe de Israel. No hay mayor legado de unos padres a sus hijos que el testimonio de su fe. Y hoy, en muchos casos, cuando los padres no ejercen la tarea de ser transmisores de sus convicciones cristianas, son los abuelos los que están haciendo esta urgente labor.  Hoy es el día de tener un destalle con nuestros abuelos: rezar por ellos si no están en esta tierra, mostrarles respeto, estima y ayuda concreta si lo están. Y hoy, si están en este camino de la vida, cogerles de la mano y rezar con ellos a nuestro creador, como lo hicieron un día San Joaquín y Santa Ana con el niño Jesús. Ellos son los que merecen todo nuestro elogio, ellos son los hombres de bien que hoy canta la liturgia.

El gran testimonio de Santiago.

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“Los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Jesús con mucho valor….”

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles termina con la narración del martirio de Santiago el Mayor, en tiempos de Herodes Agripa. Tiene una importancia particular pues es el único caso en todo el Nuevo Testamento que se explica la muerte martirial de un apóstol, todos los demás martirios de los apóstoles lo conocemos por otras fuentes o tradiciones venerables. Lucas, el autor de los Hechos, pone a Santiago como ejemplo de lo que supone ser misionero de Cristo en los primeros tiempos.

La tortura y la muerte de los apóstoles es el mayor testimonio de veracidad de la resurrección de Cristo que podemos dar. Pues, razonablemente, ¿quién es capaz de morir torturado por una invención? Ellos podrían haber inventado con gusto el anuncio de la resurrección, si eso les hubiera conllevado algún beneficio económico, fama o prestigio entre los habitantes de Israel, pero sin embargo, no sólo la muerte ignominiosa del Maestro sino sobre todo la proclamación de su resurrección les pone en contra de los principales del pueblo y muchos de sus coetáneos.  La muerte bajo espada (probablemente decapitado) de Santiago es la prueba que pone Lucas de lo que se arriesga siendo testigo de Jesucristo en el mundo.

“Los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Jesús con mucho valor….”

Como nos relata el evangelio de San Mateo, Jesús ya le profetizó a Santiago que iba a beber del cáliz del martirio. De camino a Jerusalén, Salomé, la madre de Santiago y Juan, se adelanta a Jesús para pedirle un puesto principal para sus hijos cuando Jesús fuese declarado rey de Israel. Era lo que todos pensaban, porque una multitud ya lo hacía desde hace tiempo y muchos lo esperaban en la capital. De hecho, cuando Jesús entró en la ciudad un gran gentío empezó a vitorearle como “hijo de David” y “rey de Israel”.  Pero su entronización como “rey de los judíos” fue en la cruz y los puestos a su derecha e izquierda los iban a ocupar dos ladrones.

“Los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Jesús con mucho valor….”

Jesús, en el evangelio de hoy, aprovecha la circunstancia para pedirnos una cosa: valor. Se lo dijo a los apóstoles y también nos lo pide a nosotros. Santiago como patrón de España fue el primero en vivirlo. Valor para -en medio de las dificultades de este día- seguir dando la vida a fondo perdido, sirviendo a los que tenemos cerca sin protestas ni discusiones. Sirviendo y dando la vida en rescate por el padre o la madre enfermos, por el hijo que está metido en líos, por el hermano sin trabajo ni futuro, por el amigo deprimido, por el compañero denigrado o acosado,… Y todo sabiendo que llevamos “su” fuerza en vasijas de barro. Es así cuando la fuerza que da el Espíritu Santo se puede manifestar… “¿Cómo es posible que esos niños canten cuando van a morir mordidos por las fieras?” -gritaba Nerón en el circo romano, en el  ajusticiamiento público de cristianos. Ese valor no viene de la voluntad humana, ese valor es la presencia inequívoca de Dios entre nosotros.

Apóstol Santiago, tú que fuiste alentado en tu fe por la Virgen del Pilar, danos valor para vivir y no sucumbir ante las presiones, las dificultades, llevando con nosotros siempre el Amor de Dios.

 

Aprender a orar

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Las lecturas de hoy nos hablan de la oración. En el corazón de todo hombre hay un impulso que nace del asombro ante la grandeza del mundo y que lleva también un sentido de dependencia de Otro. Por eso la oración no es extraña a ninguna cultura. Dice santo Tomás que la oración es “expresión del deseo que el hombre tiene de Dios”. En este sentido la oración, antes que una serie de fórmulas o ritos, supone un modo de ponerse ante Dios. Así en el evangelio de hoy vemos como la petición “enséñanos a orar” surge en el contexto de la oración de Jesús. Al ver cómo Jesús rezaba los discípulos, que ya conocían las oraciones del Antiguo Testamento, sienten la necesidad de aprender un modo nuevo de dirigirse a Dios, el modo de Jesús. Un obispo del siglo IV, Tito de Bostra, dice: “cuando los discípulos vieron una doctrina nueva, pidieron un nuevo modo de orar”.

El discípulo señala también que Juan había enseñado a orar a los suyos. Donde surge un personaje religioso excepcional se da también esa petición, porque el hombre siempre desea comunicarse con el cielo para que este actúe en la tierra. En Jesucristo, Dios y hombre verdadero, se da esa comunicación de forma perfecta. Y también él nos va a enseñar un nuevo modo de orar que nos permite comunicarnos de una forma más cercana con Dios. Jesús nos introduce en la intimidad de Dios enseñándonos y permitiéndonos llamarle “Padre”. Así Jesús nos ha puesto en la cercanía de Dios. Y lo que expresamos en la oración tiene su fundamento en que él es el Hijo y en que nos ha reconciliado con Dios por su muerte y resurrección.

Señaló Benedicto XVI: “sabemos bien que la oración no se debe dar por descontada: hace falta aprender a orar, casi adquiriendo siempre de nuevo este arte; incluso quienes van muy adelantados en la vida espiritual sienten siempre la necesidad de entrar en la escuela de Jesús para aprender a orar con autenticidad”. Constantemente vemos que surgen grupos y escuelas de oración. Es esta una experiencia que se repite continuamente a lo largo de la historia y que nace de la búsqueda de una proximidad mayor a Dios. Por ello continuamente hemos de volver a Jesús, para aprender a tratar a Dios como Padre. Dice san Agustín que todas nuestras peticiones, si son verdaderas, se encuentran ya en el Padrenuestro. Por ello hemos de aprender a pronunciarlo cada vez mejor, entrando en la profundidad de su sentido e identificándonos cada vez más con el Corazón de Cristo.

Por otra parte Jesús nos invita a orar con insistencia. En la primera lectura se nos muestra a Abrahán, que se dirige a Dios como amigo. Nosotros ahora lo hacemos como hijos. Abrahán intercede por una ciudad que va a ser destruida. Sobre esa oración dijo Benedicto XVI: “Abraham está prestando su voz, pero también su corazón, a la voluntad divina: el deseo de Dios es misericordia, amor y voluntad de salvación, y este deseo de Dios ha encontrado en Abraham y en su oración la posibilidad de manifestarse de modo concreto en la historia de los hombres, para estar presente donde hay necesidad de gracia” . Cuando oramos, y lo hacemos sin desfallecer, vamos siendo educados en la paciente misericordia de Dios y conocemos mejor su corazón de Padre.

Jesús intercedía por nosotros. También ahora su humanidad intercede por nosotros ante el Padre. Cuando nosotros pedimos por los demás damos cauce a la misericordia divina. Así, por la oración entramos en el deseo de Dios (“pedid y se os dará”), que es la salvación de todos los hombres.

Santa Brígida

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Una de las verdades más sublimes del cristianismo y con frecuencia olvidada es la de nuestra verdadera vida en Cristo. Hoy, por ejemplo, celebramos la fiesta de santa Brígida, una de las co-patronas de Europa. En ella, como en tantos otros, se ha cumplido lo que dice san Pablo: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.

Al igual que el Hijo se hizo hombre pidiendo el consentimiento de María, también quiere habitar en cada uno de nosotros. Para ello pide nuestro consentimiento, que tiene la forma de una aceptación diaria de su voluntad. Lejos de todo mecanicismo se establece una relación personal con Jesucristo. Por su misericordia esa relación se establece en lo más íntimo de nosotros, de tal manera que viene a vivir en nuestro interior.

Santa Brígida, por ejemplo, tiene una oración que dice: “¡Oh Dulce Jesús! Herid mi corazón, a fin de que mis lágrimas de amor y penitencia me sirvan de pan, día y noche. Convertidme enteramente, Oh mi Señor, a Vos. Haced que mi corazón sea Vuestra Habitación perpetua. Y que mi conversación Os sea agradable.” Y esa petición intentó cumplirla durante toda su vida a pesar de las diferentes ocupaciones que tuvo. Casada muy joven, educó ocho hijos, de los que una se venera como santa Calina de Suecia. Fue llamada a la corte, donde tuvo que influir para cambiar el ambiente mundano y lujoso que allí se daba. Y, cuando murió su marido emprendió una dura vida ascética sin abandonar sus ocupaciones. Era una mujer que, con independencia de su lugar en el mundo, buscaba conformarse totalmente a Jesucristo. En su vida hay viajes, dolor, también pro problemas familiares, burlas de los cortesanos a causa de las visiones que Brígida tuvo, pero la constante es la configuración con Jesucristo, que viene a vivir a nosotros.

Como señala Jesús en el Evangelio de hoy, sin Él no podemos hacer nada, porque todo el dinamismo cristiano nos viene, precisamente, de nuestra unión. Hay está el secreto. Somos cristianos porque el mismo Jesús nos comunica su propia vida. A partir de ahí nacen las grandes obras (“si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis y se realizará”).

¿Cómo cuidar esa relación con Jesús? Siguiendo el ejemplo de santa Brígida vemos que en ella se daba una devoción muy profunda a la pasión de nuestro Señor. Contemplando asiduamente lo que Jesús hizo por nosotros se enardecía en su amor y conocía los grandes dones que Él nos ha dado. Ello la llevaba a una práctica más fervorosa de los sacramentos, especialmente de la comunión. En su vida encontramos también múltiples peregrinaciones y otras prácticas de piedad, que nos indican que nuestra amistad con Jesús debe cuidarse con esmero. Cada uno, debe buscar la manera de fortalecer su unión con Jesús. Lo principal son los sacramentos, pero no debemos olvidar todo aquello que nos permite recibir mejor al Señor en la Eucaristía.

María Magdalena

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Celebramos hoy a santa María Magdalena, a la que Juan Pablo II llamó “apostola apostolorum”, (apóstol de los apóstoles) porque tuvo la dicha de comunicarles a ellos la resurrección de Jesucristo.

En los últimos años literatura de corte comercial y gnóstico han intentado desfigurar a María Magdalena para negar la divinidad de Jesucristo. Le han atribuido un romance que no tiene  ninguna base en los textos del evangelio y que chirría a los oídos y a la inteligencia de cualquiera que se haya acercado al Señor. Sabemos de ella que el Señor la había liberado de siete demonios y que estuvo junto a él en el momento de su muerte. Se discute si ella es la mujer que ungió a Jesús en Betania y su relación con otras mujeres que aparecen en el evangelio. De lo que no cabe duda es de que formó parte del grupo de mujeres que acompañaron a Jesús y sus apóstoles en algunos momentos.

En el Evangelio se nos muestra el gran amor que María Magdalena sentía hacía Jesús. Su encuentro con Él había transformado totalmente su vida. Por eso, justo cuando acaba el descanso del sábado, ella corre al sepulcro. Queda desconsolada al ver la tumba vacía y, desconocedora aún de la resurrección, piensa que han robado el cadáver.

Allí conoce de nuevo al que ya conocía. Antes lo había visto en carne mortal, ahora se le aparece resucitado. Por eso, al principio lo confunde con el hortelano. Ahora Jesús aparece vencedor de la muerte. Es el mismo que antes había predicado y caminado por Galilea, pero ahora está resucitado.

María se lanza a los pies del Señor, como queriéndolo retener aquí en la tierra. Pero Jesús le comunica que ha de subir a los cielos. Su cuerpo se va a quedar ente nosotros de otra manera, en el sacramento de la Eucaristía. Allí se podrá revivir ese diálogo del huerto una y mil veces. Jesús llamándonos por nuestro nombre y nosotros confesándolo como Señor y Maestro.

La resurrección, señala Jesús, abre una nueva dimensión para todos los hombres. Ahora podemos llamar Padre a Dios, pues se nos comunica la filiación divina. Al mismo tiempo, la carne de Cristo, es de Dios, del suyo y del nuestro. Se trata de una bella expresión en la que se condensa el misterio de la redención. Jesús asumió nuestra carne para comunicarnos la vida divina. María Magalena intenta apresar la carne y Jesús le abre los ojos al nuevo horizonte de su existencia. Después le da el mandato de anunciarlo a los apóstoles.

En las palabras de Jesús, y del conjunto de la escena, aprendemos también cómo por la resurrección de Jesucristo queda perfeccionado todo amor. Jesús nos regala su caridad, que libra nuestro amor humano de toda mancha de pecado. Para que nuestros afectos y nuestra sensibilidad participen de esa sanación es preciso cultivar la relación con Él y no dejar de mirar a quien ha vencido la muerte y sube a los cielos. Por eso toda la vida, en las diferentes cosas que hacemos, se convierte en una confesión de la resurrección, una manera nueva de vivir.

Cuidar el sembrado

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En el Evangelio de hoy Jesús explica a sus apóstoles por qué habla en parábolas. Si comparamos con la primera lectura encontramos un claro contraste. Allí Dios se queja a través de Jeremías: “Los sacerdotes no preguntaban: ‘¿Dónde está el Señor?’, los doctores de la ley no me reconocían…”. En cambio los apóstoles preguntan. Ese detalle siempre me ha encantado, porque supone la actitud de querer aprender.

Los niños pequeños lo preguntan todo y en más de una ocasión ponen a sus padres en un brete. Conforme uno se hace mayor los respetos humanos se imponen y preferimos permanecer en la ignorancia antes que reconocer que no entendemos algo. Yo me enfado con mis alumnos cuando no preguntan porque es signo de que hay algo que les impide saber más: la vergüenza, la indolencia o, quizás, el orgullo. Hay que saber preguntar, también a Dios.

Y Jesús les explica el por qué de las parábolas y, como veremos en el evangelio de mañana, también el sentido de la parábola del sembrador. Normalmente el Señor contesta a nuestras peticiones si estas son acertadas. Se cuenta del Padre Hoyos, propagador de la Devoción al Sagrado Corazón en España, que solía hablar con su ángel de la guarda al que consultaba muchas cosas. Este le dijo un día: “No me preguntes a mí lo que puedan solucionarte los doctores de la Iglesia”. Así daba también una clave a la hora de interrogar a Dios. Muchas cosas las podemos saber estudiando el Catecismo o consultando a un sacerdote o a una persona preparada. Los apóstoles, en aquel momento, sólo tenían al Señor e hicieron muy bien en preguntarle.

Jesús en su respuesta nos ilustra sobre un aspecto importante. Hay personas que tienen oídos y no oyen y que tiene ojos pero no ven. Eso pasaba entonces y puede sucedernos ahora a nosotros. ¿Cuántas veces no habremos leído el Evangelio o escuchado una predicación y nos hemos quedado igual? Eso no es culpa de los textos si no de nuestra disposición interior. Puedo colocarme ante la Palabra de Dios de tal manera que entienda que no es para mí. Hay quien cuando escucha al sacerdote piensa que habla para los demás, sobre todo si señala algún defecto. De estos dice Jesús que aún lo que tienen les será quitado. Si nos lo aplicáramos a nosotros temblaríamos. Porque nos daríamos cuenta de que podemos perder lo poco que tenemos, y todo por falta de atención, por no preguntar, por no abrir bien los ojos y los oídos.

El Señor instruye a su pueblo. Lo hace continuamente. Pero hay que tener paciencia para ser enseñado. Siempre me han admirado los niños pequeños. Les cuentan un cuento una y otra vez. Siempre es el mismo y siempre lo escuchan con gusto. Es más, no soportan el más mínimo cambio. Así debemos colocarnos nosotros ante Dios.

En el regazo de la Virgen escuchar una y otra vez las palabras de su Hijo, sus enseñanzas, e irlas absorbiendo poco a poco, para hacerlas vida. María es nuestra gran intérprete que nos enseña a leer las Escrituras y nos ayuda a entenderlas.

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