Los dos caminos del Adviento

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En las lecturas de hoy parece que el camino del Adviento se divide en dos. Por un lado el camino de los magos que siguiendo la estrella de Belén se dirigen a adorar al Niño Dios. Por otro está el otro, el de Herodes, el camino de la ambición. Se fijan en la misma estrella pero con otra finalidad. De ahí la advertencia fuerte del salmista: El Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los malvados lleva a la perdición.

También el profeta Isaías nos advierte de la misma disyuntiva en forma de lamento: ¡Ojalá hubieras obedecido mis mandatos! Tu bienestar sería como un río…

Llegamos al Evangelio y Jesús se queja de lo mismo. Juan el Bautista vino en camino de penitencia; el Hijo del hombre, por el contrario, come y bebe. Todo corresponde a la sabiduría de Dios, y a cada uno le toca un modo de actuar. El problema es que los fariseos no son capaces de descubrir la acción divina ni en uno ni en otro. ¿Qué exclama entonces el Señor? Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado. A Jesús lo que le duele es la frialdad de los fariseos. ¿No nos puede suceder a nosotros lo mismo?

Ocurre que Dios, lleno de pasión por el hombre, no es capaz de suscitar en nosotros, tantas veces, ni alegría ni pena. Lo intenta todo, en una Nochebuena llena de contrastes: el frío de la nieve y el calor del Niño, la grandeza de Dios y la pequeñez del pesebre, los ángeles ricos y san José pobre, María madre y virgen… en Belén se puede reír y llorar, se puede estar apenado por la miseria de tantos hermanos o por los pecados que nos apartan de Dios y saltar de alegría por el remedio que el mismo Jesús viene a poner. Lo que no se puede en Belén es estar indiferente ante tanta cosa grande.

San Pedro Crisólogo, en la preparación de la Navidad, nos dice que debemos encender el deseo por que llegue ese día. El Santo se pregunta: ¿Cómo es que nuestro corazón aspira a ver a Dios, a quien toda la tierra no puede contener? Tan anhelo es imposible, desproporcionado. Y sin embargo esta consideración no satisface al que ama. La ley del amor no se preocupa de lo que será, lo que debe ser, lo que puede ser. El amor no reflexiona, no entra en razón, no conoce moderación alguna… El amor inflama de un deseo que lo conduce hacia cosas que están prohibidas al hombre.

Y el amor encontrará respuesta; en la noche de Navidad será capaz de ver a Dios… Lo encontraremos en brazos de su madre. Que ella nos enseñe a prepararle el camino…

La Navidad anticipada

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¡Qué sentido tan grande tiene el celebrar la Inmaculada en el Adviento! Esta fiesta contiene el anuncio anticipado de que Dios quiere salvar al hombre: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya”.

Hay que remontarse a los orígenes para ver como realmente el adviento cuando empezó fue justo después de la caída de Adán y Eva. Justo después del primer pecado Dios inaugura un tiempo nuevo: el tiempo de la Esperanza. Hoy María nos recuerda el gran deseo que Dios tiene de salvarnos, la prisa por acudir en busca del hombre.

Normalmente, en adviento, nos fijamos en preparar nuestro camino hacía Jesús, el salvador; hoy en cambió conviene detener nuestros pasos para contemplar el adviento como el camino de Dios hacia nosotros. Al mirar a la Virgen nos asombra y llega de gozo la prisa con que Dios quiere salvarnos. María nos indica, por tanto, como es preciso prepararse cuidadosamente para recibir al que viene. Y ahora sí, entendemos como también nosotros tenemos que colaborar con Él, preparar el camino, disponernos para recibir sus gracias, para recibirle a Él.

Hay otra realidad que nos trae a la memoria la Inmaculada. Ella habla no sólo del futuro, de la venida a nosotros de Dios y la forma en que la debemos desear. La Inmaculada es icono de la oportunidad que Dios nos da de recuperar nuestro pasado. Muchas veces miramos hacia atrás y vemos nuestras miserias, los males y pecados que hicimos, el mal que sembramos y parece que no nos abandona. ¿Podemos recobrar la paz con nuestro origen?

La Inmaculada hoy nos dice que no está cerrado nuestro camino. Dios tiene poder para volver al principio. El hace brotar en María, la Inmaculada, la limpieza del manantial primero, del amor primero, del amor originario de Dios. La Virgen María se convierte en testimonio de la gran esperanza. Lo que María poseyó en plenitud, concebida sin pecado, es un signo para nosotros, que llevamos a cuestas nuestras muchas faltas: es posible reencontrar la inocencia. Quien descubre en Dios el origen primero de su vida, ha hallado un manantial muy profundo, con agua poderosas para purificar cada estrato de su historia accidentada.

 

La comunión con Jesús, nuestro descanso

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Como siempre las promesas tienen en Jesús su cumplimiento. Hoy el profeta Isaías nos anuncia una promesa del Señor: El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto.

Y el Señor cumple con sus promesas siempre. Él es fiel. ¿Cómo nos descansa el Señor? Nos lo dice hoy en el Evangelio: – «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

¿Cuáles son nuestros cansancios? No cansa el trabajo cotidiano. Nos cansan nuestras debilidades y miserias. Nos cansan nuestros sufrimientos y enfermedades. ¡Cuantas veces decimos no puedo más! Nos vemos oprimidos por tantos cansancios… El Señor nos alivia ¿cómo? con su yugo llevadero y su carga ligera, es decir, con la comunión con Él. Vivir unidos a Él es lo que verdaderamente nos descansa y alivia. Y esta comunión puede ser constante porque Aquel a quien esperamos que venga ya vino y viene cada día.

Pero si aún así nos cansamos nos puede ayudar una oración que le gustaba repetir al nuevo Santo Manuel González, el obispo de los Sagrarios abandonados:

¡Madre Inmaculada! ¡Qué no nos cansemos! ¡Madre nuestra! ¡Una petición! ¡Que no nos cansemos!

Si, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humano, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo… ¡Madre querida!… ¡Que no nos cansemos!

Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios.

¡Nada de volver la cara atrás!, ¡Nada de cruzarse de brazos!, ¡Nada de estériles lamentos! Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies, que puedan  servir para dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos… ¡Madre mía, por última vez! ¡Morir antes que cansarnos!

Alegría para el camino

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La vía Sacra que el Señor nos abre está llamada a ser recorrida con alegría. Por eso la segunda semana del Adviento está marcada por la alegría de la preparación a un gozo mayor: la venida del Señor en Navidad. Esta alegría es fruto de la consolación y la misericordia de nuestro Padre Dios.

Por eso las lecturas de hoy nos hablan del deseo más profundo del corazón de Cristo: consolar y perdonar.

Los dos movimientos del corazón de Dios están presentes a lo largo de la Sagrada Escritura. Cuando acudimos a las bienaventuranzas vemos que la consolación es una promesa de Dios: Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados. Es propio de Dios el oficio de consolar. San Ignacio de Loyola en la cuarta semana de los Ejercicios Espirituales invita al ejercitante a considerar el oficio de Consolar que trae Cristo Resucitado. Hoy es el profeta Isaías el que nos muestra como Dios desea consolar a su pueblo.

Dios se alegra consolando y Dios se alegra perdonando. De ahí que la lectura del Evangelio de hoy sea la parábola de la oveja perdida. Dios ha venido a buscarnos porque estábamos extraviados. Y como buen pastor nos ha buscado metiendo sus brazos entre las zarzas en las que estábamos alejados y oprimidos. Pero ¿qué piensa Dios cuando nos encuentra? ¿Cuál es su actitud? El no piensa tanto en los trabajos que le ha costado el recuperarnos sino que nos manifiesta el gozo por haber recuperado a su oveja. C. S. Lewis, el famoso escritor inglés, se convirtió porque le venía a ratos una alegría sorprendente que no podía explicar. Las cosas rebosan de alegría porque han sido creadas por un Dios alegre en un acto de júbilo.

Esta es la alegría que el Señor nos invita a cultivar en el adviento. Cierto es que a veces no depende de nosotros que nos pasen cosas alegres pero debemos de luchar por la alegría, por descubrir signos alegres debajo de las capas melancólicas de la vida. Estar alegre precisa tantas veces un corazón generoso para olvidar  las penas que nos deslizan hacia la autocompasión y el pesimismo. Iluminan al respecto las palabras de la Santa Madre Teresa de Calcuta: Siempre que estamos tristes es, en el fondo, porque le hemos negado algo a Jesús.

La práctica de no rezar el gloria durante el Adviento nos ayuda a acrecentar la alegría que desbordará en la noche buena porque como diremos en Navidad: ¿Cómo puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la Vida?

Que María, causa de nuestra alegría nos conceda experimentar la alegría del consuelo y el perdón del Señor.

Habrá un camino recto. Lo llamarán «Vía Sacra».

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Una de las imágenes que se repiten más a lo largo del tiempo del Adviento es la del camino. Ayer, el Bautista, nos invitaba a preparar el camino al Señor. Hoy es el profeta Isaías quién nos dice que el Señor abrirá una Vía Sacra.

Eso cantamos, también, en el canto tradicional de la Virgen Sueña Caminos: De Nazaret a Belén hay una senda por ella van los que creen en las promesas.

El Adviento es el tiempo de los caminos y nosotros somos caminantes. El hombre es por definición un caminante. Cada mañana al despertar se nos are un camino nuevo. Continuamente estamos llamados a abrir caminos, y estos se abren caminando. Los caminos de nuestra vida no están todavía trillados, los tenemos que abrir a base de caídas y levantadas.

Es lo que vemos en el Evangelio de hoy. Este paralítico tenía buenos amigos. Y como buenos amigos le abrieron un camino nuevo. Con gran creatividad se las apañaron para llegar a Jesús. ¡Menuda creatividad! Entraron por el tejado. Hay que reconocer que originales fueron. Dios nos da la fuerza para ser creativos y no pararnos ante los obstáculos que nos impiden acercarnos a Él.

Lo que nos sorprende más todavía es que quien está interesado en abrir caminos es Él mismo. Dios va a abrirnos hoy una Vía Sacra. No significa que va a quitarnos los obstáculos sino que lo que quiere es que crezcamos caminando. Dios nos abre un camino para nuestros pasos sin quitarnos la creatividad pues camina a nuestro lado. El mismo Señor conducirá al caminante, y como nos dice Isaías, los inexpertos no se extraviarán… caminarán los redimidos y volverán los rescatados del Señor (Is 35, 8-9).

Su amor en nosotros, su compañía, el deseo de presentarnos ante Él para que nos cure, será lo que nos guíe por las sendas del Adviento. Este amor es un camino nuevo y seguro porque es él mismo. Jesús se hace Camino en persona, marcha por delante.

A María le pedimos nos acompañe a recorrer el camino a Belén.

 

Domingo 4 de diciembre. II de Adviento (A)

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La oración colecta de la misa de hoy dice así: “Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida”. Llama la atención la expresión “cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo”, pues quizá el lenguaje más cotidiano del adviento —al menos en la mayoría de homilías— le da más protagonismo a la venida de Cristo que a nuestro ir hacia Él.

Claro que no se trata sólo de esperar: un cristiano tiene también como tarea ir hacia Cristo. Para movernos hacia Él quizá hayan sido importantes en nuestra historia personal algunas exhortaciones de sacerdotes, catequistas o amigos que nos han motivado. De esto queremos tratar hoy.

En el mundo deportivo, un elemento fundamental para la victoria es la motivación que da el entrenador o el capitán, levantando los ánimos en caso de circunstancias adversas, o bien, evitando el relax cuando se está venciendo. También en situaciones tensas, como por ejemplo una batalla, nada mejor que una charla de motivación del general a sus soldados. Una buena exhortación levanta corazones, vence perezas, agudiza el ingenio, une a los dispersos, evapora el derrotismo. Saca lo mejor de cada uno.

San Juan Bautista dirige hoy una exhortación peculiar. A más de uno le parecerá que el profeta vestido de camello no tenía un buen día y estaba hecho todo una furia que descarga sobre fariseos y saduceos. Les dice a la cara “¡Raza de víboras!”. Todo un jarro de agua fría para quienes esperan de un hombre de Dios paños calientes y halagos. Además, es fácil imaginar que esa exhortación no la hizo en voz baja a los que estaban a su lado, sino a pleno grito, en público, para que se enterara todo el mundo. Es el celo de Dios lo que llena de furia al Bautista, como pasará con Jesús con los cambistas del templo.

El Bautista tiene una misión: preparar al pueblo para la llegada del reino de los cielos exigiendo una conversión, un cambio de vida. Para ello, se han de remover en el interior de las personas muchas cosas. ¡Se ha de hacer luz en tanta oscuridad! No es nada fácil romper con la rutina consentida, la superficialidad que abandona tener metas altas, el apego al status conseguido en la sociedad, una vida llena de lujos y desenfrenos, la búsqueda del reconocimiento explícito, el servirse de los demás, etc. Sabemos por experiencia que no sólo afectaban estos males a los fariseos de la época, sino que también nos afecta a nosotros.

Para vencer esos enemigos nada mejor que una exhortación que nos ponga en nuestro sitio, nos ayude a ver lo que no queremos ver, y a mejorar lo que no deseamos cambiar. Cuando un hombre de Dios como el Bautista dice lo que dice, es que la cosa está muy mal. Los dirigentes del Pueblo de Dios están a por uvas. Y eso afecta al rebaño entero.

Pero a veces, unas palabras fuertes dichas a tiempo, con oyentes dispuestos, puede arrancar una conversión. No podemos tener miedo a romper con el pasado, a romper apegos dañinos. Cristo siempre busca nuestro bien, y prepara nuestra vida para servir mejor a los demás. Quizá a veces nos corrija con cierta brusquedad, pero quizá si lo hace suavemente no nos enteramos de nada. Eso es bastante habitual en el género humano.

En este II domingo de Adviento, Juan el Bautista grita en nombre de Dios. Seguro que nos conmueve y nos motiva en nuestro compromiso evangélico.

 

Sábado 3 de diciembre. S. Francisco Javier

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El evangelio de hoy viene muy al dedo para hablar de S. Francisco Javier, uno de los más insignes misioneros de la historia, cuya memoria celebra la Iglesia. Se tomó muy en serio el mandato de Cristo: “Id”. Él fue. Recorrió unas distancias heroicas para aquellos momentos en que los grandes viajes eran agotadores y con frecuencia muy arriesgados.

Cristo nos pide a cada uno lo mismo que les pidió a sus discípulos: salir, hablar de Él y de este modo, que la gente pueda conocerle. Además, en el evangelio no sólo se habla de predicar, “proclamar que el reino de los cielos está cerca”. También encontramos imperativos imposibles si no es con la fuerza de Dios a nuestro lado: “curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios”. ¡Vaya tareas! En un primer momento a los apóstoles se les quedaría cara de póker. ¡Y a quién no! Pero llevados por la fe en el Maestro, apoyados en la gran seguridad que inspira su autoridad y su amor por todos, salieron a realizar todas esas tareas.

Tareas que en lenguaje teológico se comprenden como ministerios. Son diversas funciones que se realizan en la Iglesia al servicio de todo el pueblo de Dios, dependiendo de los carismas y talentos que el Espíritu Santo suscita. Al comienzo de la vida de la Iglesia esas acciones milagrosas fueron bastante comunes, como constatamos en los Hechos de los Apóstoles. Son señales inequívocas de la presencia del poder de Dios que pasa a través de la vida de sus discípulos. Hoy quizá sean menos abundantes, pero no son menos reales, pues el poder de Dios no ha menguado. Sobre todo en el plano espiritual, Cristo a través del ministerio de la Iglesia sigue curando, sanando, resucitando.

Lo hace con cada uno de nosotros: cura la enfermedad de nuestra soberbia, resucita la muerte de nuestros odios y egoísmos, limpia la impureza de nuestra carne, ahuyenta la influencia del Enemigo en nuestras vidas. Todo esto es profundamente real, y es fruto exclusivo de la grandeza y misericordia de Dios, que nos llega a través del ministerio de la Iglesia, nuestra Madre.

Quizá es un día para pensar despacito en tantos momentos de nuestra vida en los que Cristo nos ha curado, resucitado, limpiado, etc. Brotará sin duda una oración intensa de acción de gracias por tantos beneficios. Y por otro lado, nos dispondrá mejor a valorar qué es lo que debemos ofrecer a nuestros conciudadanos cuando nos envían a evangelizar. Se trata de dar gratis lo que recibimos gratis. Hoy le pedimos al Señor que acreciente en nosotros el espíritu misionero de S. Francisco Javier, y que nos otorgue dar aquello que hemos recibido con aquel mismo celo que otorgó a tan insigne misionero.

Viernes 2 de diciembre

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Encontramos en el evangelio de hoy algunos detalles peculiares que nos pueden servir para afianzar nuestra vida de oración e intimidad con Cristo.

En primer lugar, los ciegos sólo piden compasión a Jesús, no piden explícitamente que les devuelva la vista. En otros pasajes del evangelio, la gente pide cosas muy concretas a Cristo, como la mujer cananea o el centurión del lunes pasado. Hoy el Señor ha de interpretar lo que quieren: es una petición que depende luego de la intuición del Señor. La suerte de los ciegos es que quien les está preguntando conoce no sólo su petición, sino que conoce su vida al dedillo, le pertenece porque es el Kyrios, el Señor creador, Señor de la historia. Ellos no lo saben, pero es así. De este detalle quizá podamos sacar un propósito para nuestra oración personal: Señor, ayúdame a pedirte siempre explícitamente lo que llevo en mi corazón; que no me ande con rodeos, o que no me falte sencillez y sinceridad a la hora de pedírtelo, que no sobreentienda que ya lo sabes.

En segundo lugar, el Señor pone una condición realmente arriesgada para que se obre el milagro de dar la visión a los ciegos: «Que os suceda conforme a vuestra fe». Por fortuna, salió bien y pudieron celebrarlo luego sin necesidad de lazarillo. Estos ciegos no conocían la naturaleza divina de Cristo tal y como nosotros lo encontramos reflejado en el Credo. Pero al menos sabemos que en el momento de la curación obran con una fe grande, quizá sostenida por su urgente necesidad. Le pedimos al Señor que nos de una fe firme y fuerte en su presencia real, en su poder, en su misericordia, en su grandeza. De esta fe, cada vez más profunda y sobrenatural, irá saliendo una petición más a la medida del corazón de Cristo, y de este modo no sólo tendremos ojos para pedir por nuestras necesidades, sino por las del mundo entero, como las ve el Señor.

En último lugar, los ciegos ahora videntes lo primero que hacen es desobedecer clamorosamente a Cristo. Rompen el sigilo que el Médico les ha impuesto como tratamiento a su ceguera espiritual. Y por su indiscreción, algo que podría haberles conducido a afianzar su relación con Dios, se diluye en un búsqueda de reconocimiento por parte de la gente. De este modo, la vanidad del mundo les acaba seduciendo más que la grandeza de Cristo. Esa grandeza se descubre con el tiempo, si vamos afianzando nuestra oración, nuestra intimidad con el Señor. Poco a poco, en obediencia al Maestro, Él nos irá contando más cosas, abriendo más nuestros ojos del alma para contemplarle: “Mirad, el Señor llega con poder e iluminará los ojos de sus siervos”. Pero si somos frívolos a la hora de contar nuestra intimidad con Dios, hablando con cualquier persona de cosas íntimas a destiempo, o con personas que no corresponde hablar de esos temas, al final, tantos milagros como Dios hace en la vida de cada alma, pueden acabar diluidos por culpa de la vanidad o la superficialidad. Por eso, le pedimos al Señor que nos de un auténtico espíritu de obediencia en nuestra vida de oración con Él, abriendo sólo a quien corresponde el conocimiento de los milagros divinos que esconde nuestro corazón.

Jueves 1 de diciembre

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jesucristo, siguiendo la tradición del Antiguo Testamento, alude a las luchas que se dan entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, el amor y la soledad, la libertad y la esclavitud, etc. Quien luche por vivir según los primeros, vencerá; quien se deje arrastrar por los segundos, se perderá.

La imagen usada por el Señor en este caso es la casa construida sobre roca o sobre arena: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca”.

Esta pedagogía sencilla de Cristo es un leguaje que todo el mundo entiende y que está lleno de aplicaciones prácticas, sobre todo a la hora de educar. Es como el lenguaje binario, que tanto se usa en informática: sólo se usan dos cifras, 1 y 0. Pero a partir de estas dos simples cifras pueden desarrollarse después complejos sistemas informáticos, que hoy día todos utilizamos en nuestros ordenadores, smartphones, tablets, coches, centrales nucleares, etc.

Del mismo modo, la doctrina del Evangelio sobre el bien y el mal parten de una base sencilla, pero su desarrollo da lugar al complejo mundo de la doctrina moral, que es el vademécum para guiar nuestros actos en la vida cristiana. Es la tercera parte del Catecismo, la vida en Cristo.

Esta relación entre el lenguaje binario, descubierto por un indio en el s. III a.C., y la vida moral (el bien y el mal) nos hablan de un mundo en el que hay reglas que el hombre puede conocer, y sobre las que se van desarrollando la vida humana y las civilizaciones, tanto en un plano científico como ético. La ciencia y la fe hacen referencia a la realidad, y sobre ella se construyen.

Esta reflexión basada en la pedagogía que usa Cristo para distinguir en el bien y el mal se está perdiendo en la cultura actual. La relación entre bien-mal, y verdad-falsedad se ponen en duda. Y de este modo se abandona ese lenguaje binario básico para construir sistemas más complejos. El 1 y el 0, el bien y el mal, se pueden confundir en la vida moral. Y así es como nace el famoso relativismo moral, donde cada uno puede dar un valor moral de 1 o 0 según se le antoje, dependiendo de las circunstancias, opiniones y costumbres más extendidas, estados de ánimo o una simple conveniencia por mera comodidad.

El daño moral que provoca esta tergiversación es idéntico al que provoca un virus en el ordenador. Impiden un correcto funcionamiento del sistema. Si además pasamos del plano individual al plano social, la gravedad se multiplica exponencialmente: un sistema legal en el orden regional, nacional o internacional con estos errores de base va desintegrando poco a poco la estructura social porque no se fundan en una idea sólida de bien.

Le pedimos al Señor que siempre le reconozcamos como el sumo Bien, y que nos alegremos de su inmensa misericordia, al venir siempre en nuestro socorro: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Él es la Roca perpetua sobre la que se cimienta nuestra vida.

Miercoles 30 de noviembre. San Andrés

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El refranero español afirma de noviembre: “Dichoso este mes, que empieza con los Santos y acaba con San Andrés”. Este santo, junto con su hermano Simón Pedro, y sus amigos Santiago y Juan, son los primeros apóstoles a quienes Jesús elige. La escena tiene lugar donde ellos viven desde siempre y donde han aprendido de sus mayores a trabajar en la dura vida de pescador. Jesús acude a Betsaida, en la orilla del lago de Galilea, donde están los pescadores realizando sus faenas. El Señor les hace una propuesta firme y escueta: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Suena como una firme oferta de trabajo para los cuatro, y además relacionado con la pesca. Ellos, dejando las redes, aceptan el nuevo puesto.

A partir de ese día, su forma de pescar cambia radicalmente, aprendiendo unas nuevas técnicas que aprenden directamente del Maestro: ser pescador de almas, ganar almas para Dios, implica una vida entregada a nuestro Señor y vivir una intensa vida de comunión con Él. Los apóstoles tuvieron la oportunidad de acompañar al Maestro varios años, recibiendo una preparación especial para su misión en el mundo, siendo testigos oculares de la misericordia de Dios, de su poder salvador, de su cercanía y sobre todo de su gran amor hacia cada uno en particular. Cuando Cristo ascienda a los cielos, ellos tienen que guardar el testimonio de la vida del Maestro, anunciándolo por toda la tierra con la fuerza del Espíritu Santo, y cumpliendo su misión de pescar muchos hombres para el Reino de Dios.

Después de cumplir su misión de en el mundo, San Andrés murió clavado a una cruz con forma de aspa, rasgo distintivo que le señala habitualmente en los apostolarios que decoran nuestras iglesias. Su hermano san Pedro fue también crucificado, aunque boca abajo. Los dos hermanos, hijos de Jonás, comparten el tipo de muerte al final de su vida terrenal, imitando así al Maestro; comparten también el momento inicial del seguimiento de Jesús. Pero hoy queríamos fijarnos en otro detalle acerca de los dos santos apóstoles y hermanos.

Por un lado, el nombre de Andrés etimológicamente indica hombre fuerte, viril. En sentido estricto significa virilidad, hombre viril. Pero en un sentido más amplio hace referencia a la valentía y la fortaleza.

Por otro lado, Simón es nombrado por Jesús como Cefas, que significa Piedra (cf. Jn 1,42), roca firme sobre la que afianzar la construcción de la Iglesia (cf. Mt 16,18). De este modo, los nombres de ambos hermanos se refieren a dos virtudes muy apostólicas: la valentía y la firmeza.

Le pedimos hoy a San Andrés que vivamos nuestra fe con gran valentía, defendiendo ese tesoro en medio de las dificultades. Junto a la valentía, le pedimos la firmeza en nuestras convicciones cuando entren en conflicto con costumbres contrarias al Evangelio.

diciembre 2016
L M X J V S D
« Nov    
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728293031