Todo comienza de nuevo

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Domingo 21-1-2018, III del Tiempo Ordinario (Mc 1,14-20)

 

«Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios». Reconozco que siempre me emociona abrir un libro ya terminado para volver a leerlo. De algún modo, la historia, aunque conocida, se hace nueva otra vez, nuevos los personajes, nuevos los escenarios, nuevas las sorpresas… Así nos sucede este domingo con el Evangelio de Marcos. Ya hemos dejado atrás la infancia de Jesús, los treinta años de vida oculta y los primeros momentos de su manifestación a Israel. Hoy, con la frescura de lo que comienza de nuevo, volvemos al inicio del ministerio público de Jesús. Volvemos a Galilea, volvemos a la expectación de las multitudes, volvemos a las primeras palabras de la predicación del Salvador. A partir de ahora, día tras día y domingo tras domingo, vamos a ir recorriendo paso a paso las palabras y las obras de Jesús. Un año más, todo comienza de nuevo. Quizás es un buen momento para preguntarnos si estamos dispuestos a recibir con la alegría de lo que es nuevo el mensaje del Evangelio. Porque a lo mejor tú y yo nos hemos acostumbrado a que Dios camine por los caminos del mundo sembrando su salvación.

 

«Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios». Con los ojos, los oídos y los corazones bien abiertos, contemplamos de nuevo las primeras palabras de Jesús. Después de siglos y siglos de espera, desde que Adán fuera expulsado en el Paraíso de la presencia cercana de Dios, con quien conversaba al atardecer, de nuevo vuelve a resonar la voz de Dios en nuestro mundo. Se ha cumplido el plazo de la espera, de la expectación, de las tinieblas y del pecado. En el mundo ya amanece la salvación, porque el Reino de Dios se acerca. Ese reino, que no es sino el obrar y actuar de Dios en el mundo para salvarlo, está cerca: lo tenemos delante, se llama Jesús de Nazaret. Él es la presencia del Dios que salva. Por eso los ciegos ven; los cojos andan; los esclavos son liberados; los pecadores, perdonados; y los pobres, evangelizados. Porque Él, Dios mismo en persona, está ya en el mundo.

 

«Convertíos y creed en el Evangelio». En estas seis palabras se pueden resumir los tres años de predicación y de milagros de Jesús. Son de verdad la síntesis de todo el Evangelio. «Convertíos y creed»: una llamada a volver a Dios una y otra vez, a dejar nuestra antigua vida y abrirnos a la vida nueva que viene de lo alto. Rechazar el pecado, reconocer la gracia; dejar las tinieblas en las que vivimos, encontrarse con la luz en persona. Esta doble actitud, fe y conversión, es en definitiva el resumen de la existencia del cristiano. Porque «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI). Como si fuera la primera vez, dejemos que el mensaje de Jesús cale hasta lo más hondo de nuestra alma para transformar nuestra vida y llenarla de sentido.

Oración y acción, acción y oración

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Sábado 20-1-2018 (Mc 3,20-21)

 

«Jesús fue a casa con sus discípulos». Por lo general, en las páginas del Evangelio estamos acostumbrados a los hechos extraordinarios en la vida de Jesús. Parecería que transcurre de milagro en milagro, de sermón en sermón, siempre entre multitudes. Sin embargo, el Señor también trataría de llevar una vida escondida y ordinaria, en convivencia con sus más allegados e íntimos discípulos. Por eso, en algunas ocasiones nos indican los evangelistas que se retiraba a un lugar privado o solitario para descansar con sus amigos e instruirles de forma más directa. Allí hablaban de lo que les había sucedido en el día, le preguntaban lo que no entendían de su predicación y reponían fuerzas para continuar con el ajetreo de la misión. Igualmente, el Señor quiere descansar a solas con nosotros todos los días, en la oración que hagamos cada jornada. Esta oración no es sino nuestro momento de intimidad y amistad con Jesús, nuestro rato de conversación privada y personal con Él. Así la definía santa Teresa de Jesús: «tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama».

 

«Se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer». A pesar de que Jesús, como hombre, necesitaba descansar con sus amigos, las multitudes no le dejaban ni un segundo de reposo. En el lugar donde estuviera Él, allí se reunían los lisiados, cojos, endemoniados, leprosos, pobres… para presentarle sus enfermedades y ser curados por Él. Llegó a tal extremo que Jesús no podía ni entrar abiertamente en la más pequeña aldea sin ser reconocido y asediado por una muchedumbre inmensa de necesitados. Así lo describe un Padre de la Iglesia: «¡Bienaventurada muchedumbre, para quien tanto importaba alcanzar la salvación, que ni al Autor de ella ni a los que con Él estaban dejaban ni una hora libre para comer!». Verdaderamente, Cristo no tenía ni un minuto para sí. Así enseñó a sus discípulos -y también a nosotros- con el ejemplo a gastarse y desgastarse por los demás. Para Él, las necesidades de los otros, por materiales e insignificantes que pareciesen, estaban por encima de las suyas propias. Cuánto debemos contemplar nosotros esta escena de un Jesús que no tiene tiempo ni para comer porque no está dispuesto a dejar de dispensar la misericordia divina a todo aquel que se la pide. Cómo tenemos que dejarnos empapar de este radical olvido de sí y de este prejuicio psicológico de pensar siempre primero en los demás. Así, nuestra oración se transformará en acción; y nuestra acción, en oración.

 

«Al enterarse su familia, venían a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales». La reacción de la familia de Jesús es perfectamente comprensible: en unos pocos meses, su pariente había revolucionado la tranquila Galilea y sus alrededores. Había obrado signos increíbles, se había enemistado con los principales maestros fariseos de la región y llevaba una vida tal que no tenía tiempo ni para comer, dormir ni descansar. Es normal que los suyos pensaran que estaba loco o trastornado. No era fácil reconocer lo extraordinario de aquel hombre para ellos tan conocido y familiar. Ya lo advertirá el propio Jesús más adelante: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Ahora bien, podemos preguntarnos ¿cómo reaccionaría María? Ante el extraño comportamiento de su hijo, la madre guardaría todo en su corazón y lo meditaría en su interior, esperando a comprender más tarde por la fe lo sucedido. De nuevo, la oración aparece como el centro y el alma de toda nuestra vida.

El misterio de la vocación

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Viernes 19-1-2018 (Mc 3,13-19)

 

«Fue llamando a los que quiso, y se fueron con él». En el Evangelio de ayer contemplábamos la misión de Jesús entre las multitudes, haciendo el bien a todos los hombres. Pero para que esta oferta gratuita de salvación perdurase hasta el final de los tiempos y llegase a los cuatro extremos de la tierra, el Señor quiso instituir un grupo de doce discípulos, encargados de continuar su misma misión en el mundo. Al instituir los Doce, los invita a cada uno con una llamada particular. Esto es la vocación: Jesús llamó «a los que quiso». No a los mejores, ni a los más sabios o entendidos, ni a los más poderosos o influyentes, ni a los más intrépidos o capaces; llamó a los que quiso. Dios ha escogido y amado a cada persona desde toda la eternidad, la ha preparado cuidadosamente para responder a su camino, y la llama a una meta mucho más grande de lo que pudiera imaginar. Pero no por nuestros méritos, sino por su gracia; pues Él no elige a los capaces, sino que capacita a los que elige. La Iglesia nos enseña, con el Concilio Vaticano II, que todos los cristianos tenemos una vocación específica a la santidad; cada uno, según un camino concreto que Dios nos muestra. ¿Quizás Dios me llama también a mí?

 

«A los doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar». ¿Para qué llamó Jesús a los Doce? El evangelista nos dice que por un doble motivo: para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar. Primero, «para estar con Él». El Señor llama a cada uno a una nueva intimidad y amistad con Él que va creciendo poco a poco. Por eso, la vocación se cultiva en el trato personal y asiduo con Dios en la oración, donde se aprende a vivir centrados en Jesús, sólo y todo para Él. De ese modo, la vida adquiere un nuevo horizonte insospechado: ser el mismo Cristo para los demás. Así pudo decir san Pablo: «Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí». Pero el llamado existe sólo para la misión, «para enviarlos a predicar». El apóstol ­­–y todo cristiano lo es por el Bautismo-, tiene la misma misión que Jesús y debe prepararle el camino en el corazón de los hombres. El apóstol no se anuncia a sí mismo, sino que la razón de su vida es anunciar el Evangelio de Jesucristo. Quien ha conocido el fuego del Amor de Dios, no puede menos que encender todos los caminos del mundo. San Agustín exclamaba: «¡Es imposible conocerte y no amarte, amarte y no seguirte!».

 

«Así constituyó el grupo de los Doce: Pedro, Santiago, Juan, Andrés, Felipe…». Se nos da una lista de doce nombres. Nombres concretos, corrientes, reales. Los apóstoles fueron de carne y hueso, como tú y como yo; no provenían de otro planeta. Algunos eran rudos pescadores, otros publicanos colaboracionistas o violentos zelotes antirromanos; se mostraron incrédulos, temerosos, fanfarrones y desearon llegar al primer puesto; todos fueron torpes y duros para entender el mensaje de Jesús y, en la hora de la prueba, le traicionaron, negaron o abandonaron. En definitiva, eran hombres como nosotros. Y el Señor les eligió así, hombres corrientes, con sus grandezas y debilidades. Nosotros haríamos muy bien en añadir nuestro nombre al final de la lista, pues hemos sido también, como ellos, elegidos y llamados por Jesús.

Jesús pasó haciendo el bien

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Jueves 18-1-2018 (Mc 3,7-12)

 

«Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre». Después de sus disputas con los fariseos, que hemos podido seguir en los días pasados, ahora contemplamos a Jesús en acción, entre su gente. De algún modo, podemos imaginar sin equivocarnos que así sería la vida diaria de Jesús. Siempre rodeado de gente que acudía a Él para ser curada en el cuerpo o en el espíritu. Así resume Pedro en sus primeras predicaciones la esencia del ministerio público del Mesías: «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el mal». En verdad, toda el ser y la misión de Jesucristo no fue otra cosa que hacer el bien a los demás. Todo él, desde la primera hora de la mañana hasta el anochecer, fue servir, escuchar, ayudar y consolar a tantas y tantas personas que se encontraban necesitadas. Su vida consistió en dejarse gastar y desgastar –alegremente, sin quejarse, y siempre con una sonrisa- por las necesidades aun más materiales y peregrinas de aquellos que acudían a él.

 

«Acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón». Verdaderamente, acudían multitudes para ver a Jesús. Según nos dice el evangelista al señalar sus lugares de procedencia, mucha gente caminaba varias jornadas para estar un momento junto al Señor y poder así hablarle y tocarle. En muchas ocasiones, Cristo se hallaba tan rodeado de gente que hasta se creía que lo iban a apretujar y estrujar. Ante este panorama, conviene que nos preguntemos: ¿por qué esas muchedumbres acudían a Jesús? ¿qué buscaban en Él? Si leemos con atención el Evangelio, nos damos cuenta de que a pesar del gentío que le rodeaba, Cristo siempre atendía a cada persona individualmente, acogiéndola en su necesidad y mostrándole su compasión. Él fue el maestro del trato personal, del uno a uno. A pesar de las multitudes, parece que no tenía otro deseo que ayudar en su necesidad concreta a la persona que tenía delante. Todo el que acudía a Él volvía a su casa reconfortado, consolado y curado. Así, Jesús cambió la vida de todas aquellas personas tocando su corazón uno a uno, en el trato directo y personal en el que se abren y comunican en intimidad las almas.

 

«Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo». Las gentes que se apretujaban alrededor de Jesús buscaban sólo una cosa: tocar al Señor. De Él salía una fuerza que los curaba a todos. Esta fuerza divina de Jesús que cura de la enfermedad y salva del mal, sin embargo, no es algo ya pasado. Cristo sigue actuando hoy en día como lo hizo hace dos mil años en Palestina. Hoy realiza sus milagros y sus curaciones entre nosotros por medio de sus sacramentos. En estas siete maravillas del poder divino, podemos los hombres del siglo XXI tocar a Jesús con nuestras propias manos y experimentar la fuerza de su gracia. Como a aquellos hombres, tenemos la posibilidad de encontrarnos con Jesús, cara a cara, en la Misa, la confesión… Si cuidamos esos encuentros cotidianos con Cristo, entonces Él, en el tú a tú, cambiará nuestra vida como cambió la de tantas personas que se apretujaban para tocar aunque fuera el borde de su manto.

Un cruce de miradas y una decisión para obrar el milagro

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Miércoles 17-1-2018 (Mc 3,1-6)

 

«Había un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo». Jesús vuelve un sábado más a la sinagoga y, como siempre, una multitud considerable se agolpaba para escuchar sus palabras y contemplar sus milagros. Sin embargo, el evangelista nos detalla que en el mismo lugar había dos tipos de personas, con dos miradas distintas sobre Jesús. Por un lado, los fariseos allí «estaban al acecho», espiando los movimientos del Señor para así pillarle en un renuncio, acusarle ante los demás y acabar con él. No les importaba el bien que pudiera decir o hacer, sólo tenían ojos para espiar y acusar. En el otro lado encontramos a un hombre tullido y necesitado, que había acudido ese sábado a la sinagoga buscando sencillamente que Jesús le curara. Con su mirada reconoció a su salvador y así le permitió hacer el milagro. Dos miradas sobre Jesús, ¿cuál es la nuestra?

 

«Echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación le dijo al hombre». También el evangelista nos habla de una doble mirada de Jesús, que responde a la mirada del hombre. Ante la cerrazón y obstinación de los fariseos, el Señor, Dios y hombre verdadero, experimentó un sentimiento tan humano de ira y dolor. Dolor por aquellos que se cierran de antemano al mensaje de salvación, dolor por los que no le permiten la entrada en sus vidas, dolor por quienes no le quieren reconocer. Ciertamente, Dios ha querido correr el riesgo de nuestra libertad, y necesita de nuestro sí para poder obrar los milagros que cambien los corazones. Y Jesús se duele de verdad en su corazón de hombre por cada persona que le rechaza.

Sin embargo, la mirada que Jesús dirige al tullido es de compasión y ternura, propia de aquel que ha venido al mundo «a buscar y a salvar lo que se había perdido». Toda la escena queda resumida en ese cruce de miradas, en el encuentro entre la misericordia del Dios hecho hombre y la miseria del hombre necesitado que se abre a Dios. Una mirada que descubre la enfermedad, la cura y restaura al hombre hundido en la pobreza. En este pasaje podemos contemplar al Corazón humano de Jesús en acción, derramando su misericordia sobre todos los hombres, tanto sobre los que le reconocen como los que no.

 

«Extendió el brazo y quedó restablecido». Antes de la curación milagrosa, Jesús le pide al tullido una decisión final: «levántate y ponte ahí en medio». Toda la sinagoga tendría los ojos fijos en él, también sus parientes, y los fariseos. Su decisión daría que hablar en todo el pueblo, pues se enemistaría con los escribas para siempre. El hombre sabía muy bien que si se levantaba no volvería a ser el mismo. Y, sin embargo, se levantó. Aquel hombre no se dejó vencer por los respetos humanos ni paralizar por el miedo al qué dirán. Al contrario, descubrió que merecía la pena dar un paso al frente para así hallar la salvación. Jesucristo nos llama a nosotros también, ¿estaremos dispuestos a levantarnos ante el asombro y el desconcierto de la multitud, extender nuestra miseria y dejar a Dios actuar?

Jesucristo es el señor del sábado

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Martes 16-1-2018 (Mc 2,23-28)

 

«¿Por qué hacen tus discípulos en sábado lo que no está permitido?». Después de la difícil experiencia del exilio en Babilonia y tras el contacto con otros pueblos como el griego y el romano, los judíos descubrieron en la Ley su seña de identidad más profunda. Para no asimilarse al resto de los gentiles y perseverar en la fidelidad a la Alianza con Dios, dieron cada vez más importancia al cumplimiento exacto y riguroso de los numerosos preceptos escritos de la Ley. Sin embargo, esta práctica, en sí misma buena, dio lugar a una interpretación “farisea” y legalista que fue duramente criticada por Jesús. Siempre existe lo que se podría llamar la tentación de los “buenos”: de aquellos que buscan cumplir la voluntad de Dios en su vida, pero la convierten en una mera apariencia, en un cumplimiento vacío, en un formalismo legal que sólo conduce a considerarse “puros” y superiores al resto de los mortales. También hoy, muchos cristianos podemos caer en esta tentación.

 

«¿No habéis leído nunca lo que hizo David?» Ante la dura acusación de los escribas y fariseos de violar el sábado, uno de los preceptos más importantes de la Ley, Jesús recurre a la misma Escritura. Puesto que no es una discusión sobre preceptos humanos sino sobre la voluntad de Dios, el Señor les remite a la misma Palabra divina. Así, les echa en cara que han dejado de lado esta Palabra de vida y salvación y han reducido su contenido a una serie de normas, casos y formas que la dejan en letra muerta. Por eso, olvidan lo verdaderamente importante. Jesús nos muestra que nosotros debemos volver una y otra vez a la Escritura para vivir según el Evangelio y no según nuestras reducidas interpretaciones humanas. Como cristianos, debemos aprender a contrastar nuestra vida con la Palabra de Dios para hacer siempre su voluntad. Y esto sólo lo conseguiremos si cada día en la oración leemos y meditamos esa misma Palabra.

 

«El Hijo del hombre es señor también del sábado». En la discusión con los fariseos, Jesús no sólo acude a la Escritura santa, sino que se pone a sí mismo como el centro de la Ley, apareciendo como su verdadero intérprete. Es más, ya que el sábado fue instituido por Dios al descansar en el último día de la Creación, al llamarse “señor del sábado” se sitúa en el mismo plano de Dios. El cristianismo no es ante todo una religión del un libro sagrado, de una doctrina o de unas normas morales. Nuestra religión se basa en la centralidad de la persona de Jesucristo. Él es el verdadero sábado, es decir, el verdadero lugar y tiempo del encuentro con Dios. Sólo en Él encontramos al Dios vivo y verdadero que nos da el descanso definitivo y eterno. Sólo a través de Él podemos entrar en la intimidad y familiaridad con ese Padre que nos ama infinitamente. Sólo con Él llegamos a ser en verdad hijos de Dios.

El nuevo ayuno que propone Jesús

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Lunes 15-1-2018 (Mc 2,18-22)

 

«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?». El ayuno, es decir, privarse de algún bien superfluo o necesario (como es la comida), forma parte de la Ley que Dios mismo reveló en la Antigua Alianza. La Ley antigua establecía que antes de las fiestas litúrgicas y de las celebraciones importantes los israelitas debían guardar un ayuno para prepararse bien, desapegando el corazón de los bienes materiales caducos y disponiéndolo para recibir con pureza y humildad la bendición del Señor. En ese sentido, el ayuno, querido por Dios, fue siempre una práctica propia del judío justo y piadoso. Sin embargo, sucede muchas veces que una acción buena que debería agradar a Dios se convierte en una mala que nos aparta de Él por las torcidas intenciones de nuestro corazón. Así les pasó a los fariseos, cuando su ayuno les llevó no a una mayor pureza y humildad, sino a situarse por encima de todos aquellos que no vivían según sus enseñanzas. Toda acción, por buena y aparente que sea, si nos lleva a juzgar y a criticar a los demás, es seguro que no es querida por Dios que dijo: «No juzguéis y no seréis juzgados».

 

«Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán». Cristo, con su venida, llevó a plenitud y renovó la Ley antigua, refiriéndola a él mismo. Por eso, también nos enseña en este pasaje el verdadero sentido del ayuno cristiano, tal y como lo ha establecido y vivido la tradición de la Iglesia, por ejemplo, en el ayuno eucarístico o en la Cuaresma. Los cristianos debemos ayunar porque, mientras peregrinamos en esta vida, estamos lejos del Señor y caminamos hacia Él. Para que no olvidemos la grandeza de nuestra meta y no nos apeguemos a las cosas materiales y perecederas, es bueno en ocasiones renunciar y privarse de algunos de estos bienes. Así tendremos nuestra alegría y esperanza sólo en los bienes del cielo, no en las riquezas o la fama, la comida o la bebida, el poder o el placer… Jesús nos enseña con el ayuno a dejar de lado lo que nos despista y centrarnos en lo importante. Él quiere que con el ayuno y la renuncia, vividos en las pequeñas cosas ordinarias de cada día, nos preparemos para el encuentro gozoso con el Esposo, que sucederá al final de nuestra vida.

 

«A vino nuevo, odres nuevos». En la cuestión del ayuno, como en otras muchas, Cristo nos muestra aquí que ha venido a hacer nuevas todas las cosas. Si nos preparamos para recibirle en nuestra vida, Él nos dará un nuevo vino: la nueva vida de la fe, la esperanza y la caridad. Además, Él nos renovará con su gracia para crear en nosotros unos nuevos odres: una nueva humanidad con un nuevo corazón en el que acoger esa vida divina que se nos da gratuitamente. Debemos estar dispuestos a abrirnos a esa novedad, renunciando a tantas cosas que nos ofrece el mundo pero que no se ajustan a las exigencias del Evangelio. Por eso, vivir hoy el ayuno supone ir contracorriente, no actuar como la mayoría de la gente que se mueve por el placer de lo inmediato y lo fácil. Así, suscitaremos a nuestro alrededor la misma admiración y las mismas preguntas que la vida y el mensaje de Jesús despertó en sus contemporáneos.

Jesús, al encuentro de los hombres

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Antes que cualquier milagro, Jesús sale al encuentro con los hombres. Así lo relata el evangelio de Juan. No es extraño que los primeros discípulos del Señor pertenecieran al círculo del Bautista. Él se había dedicado a preparar “un pueblo bien dispuesto” para recibir al Mesías. Antes que por sus gestos los primeros discípulos son atraídos por la persona misma de Cristo. No hace mucho una joven, con graves dificultades morales y que renegaba de la Iglesia porque pensaba que esta quería destruirla, encontró la fe a través de unos amigos. Entonces dijo: “hasta ahora todos los problemas de mi vida me parecían insoportables, ahora comparado con Jesucristo, al que he conocido, todo me parece pequeño”.

También los primeros discípulos encontraron a Jesús a través del testimonio de otro. ¿Qué ha hecho Juan el Bautista? Además de sus predicaciones anteriores, ahora cuando pasa Jesús se fija en él. Después habla de lo que está mirando y lo define como “Cordero de Dios”. Esa frase aludía al sacrificio, que más o menos a esa hora, se celebraba cada día en el templo. El caso es que mirando al que, a nuestros ojos parece un simple hombre, lo define señalando el misterio de su divinidad. Por la atención de Juan los dos discípulos se acercan a Cristo.

Entonces es Jesús quien les pregunta: “¿Qué buscáis?” Porque el encuentro con el Señor no es un divertimento de la vida, sino que él viene para responder a nuestras necesidades más profundas; nos trae la salvación.

Aun antes de saber cómo responder a esa pregunta los discípulos desean estar con él y escucharle. Lo llaman Rabí, con lo que de antemano le reconocen la autoridad para formarles. Y la invitación de Cristo es a que vayan con él y vean. Años más tarde el evangelista Juan, que muchos consideran que fue el compañero de Andrés en esta escena, iniciará su primera carta hablando “de lo que hemos visto y oído, lo que han tocado nuestras manos”. La invitación de Cristo a permanecer con él indica la novedad de la vida cristiana, que ya desde entonces consistirá en permanecer con el Señor. Por eso, en el bautismo, lo primero que sucede es que Dios viene a nosotros para estar junto a nosotros.

Carlos de Foucauld, comentaba este texto: “tu primera palabra a los discípulos es ‘Venid y veréis’, esto es ‘seguid y mirad’, o sea ‘imitad y contemplad’… La última es ‘sígueme’ (Jn 21, 22)… ¡Qué tierna, dulce, saludable y amorosa es esta palabra: ‘sígueme’, esto es, ‘imítame’!”

Tras pocas horas de estar con el Maestro los discípulos ya tienen una certeza: es el Mesías. Por eso Andrés corre a decírselo a su hermano Pedro. Les ha sucedido algo impresionante: se han encontrado con Cristo. Y en esto consiste, nos recordaba Benedicto XVI, el cristianismo: en el encuentro con una persona que cambia radicalmente la orientación de nuestra vida. A ello se refiere el apóstol en la segunda lectura al indicarnos cómo hemos de vivir ya que, unidos a Cristo, no sólo hemos sido salvados por su muerte sino que también estamos llamados a resucitar. De ahí que toda nuestra vida (nuestro cuerpo) ha de glorificar a Dios.

Jesús llama a Leví

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Estoy viendo como nieva y quiero decirlo. He encendido la calefacción y me dispongo a escribir el comentario del próximo viernes, que es este que ahora puedes leer. La nieve parece agua delicada. Me pongo bajo ella y, al principio ni siquiera notas que te moja. Es el mismo agua que hoy nos visita de otra manera, como envuelta para regalo. No me canso de mirarla y, me pregunto, si me pasa lo mismo con los evangelios.

Caen los copos y no quiero escudriñar en su interior porque es hermoso tal cual, en su simplicidad. También el evangelio es sencillo y no deberíamos cansarnos de contemplarlo. Sobre todo de mirar a Jesús y de ver lo que dice y lo que hace. Hoy nos encontramos con la vocación de Leví, al que solemos llamar Mateo, pues es su nombre de apóstol. Era cobrador de impuestos y llegará a ser evangelista. Cuando él narra este episodio en su evangelio dice que Jesús llamó a Mateo, pero Lucas escribe también Leví, como Marcos, quien además señala que era “el de Alfeo”. Esto no tiene nada de raro, salvo que parece que a Mateo le gustaba más que le llamaran así que no Leví, aunque este fuera también su nombre.

Jesús le dirige una palabra muy simple: “Sígueme”, y Leví se levanta y abandona su “mostrador de impuestos”, lo cual es muy sorprendente, porque parecía un empleo seguro y lucrativo, aunque fuera mal visto. Aquel día, o alguno más tarde, dejó de cobrar impuestos. Quizás por eso Marcos y Lucas lo mencionan como Leví, para encubrir que es Mateo y que cobraba impuestos. Y por eso Mateo dice que era Mateo, porque quiere dejar claro que Jesús lo llamó cuando cobraba impuestos. Y, como leemos hoy, estaba muy mal visto.

De sentado al telonio (que era la oficina para recaudar impuestos, tan popular como ahora), pasaron a sentarse a la mesa. Esa es la misericordia que experimentó Leví el alcabalero. Y la que también experimentamos nosotros pues Jesús no deja de invitarnos al banquete de la Eucaristía. Ayer se nos recordaba la penitencia; hoy la eucaristía. Siempre es el mismo Jesús y su misericordia infinita. Y los fariseos vuelta a voznar, que lo suyo no fueron arrullos de tórtola sino graznidos de cuervo: “¿por qué come con publicanos y pecadores?”. Y el mismo Señor, en un acto de condescendencia, responde. Hoy no ha tenido que leer en su interior, porque era tal su dureza, que han verbalizado su enojo. Les explica, que ha venido a llamar a los pecadores, igual que un médico está para sanara a los enfermos. Una manera amable de invitarles a sentarse en la mesa auque, sospechamos, prefirieron escudarse en su ayuno para rechazar la misericordia.

San Juan Crisóstomo, que tiene unas hermosas homilías sobre el evangelio de Mateo, lo llama alcabalero y dice: “no me avergüenzo de llamarle con el nombre de su profesión ni a él ni a los otros; pues eso, mejor que nada, muestra la gracia del Espíritu Santo y la virtud de los apóstoles”, y añade en otro momento, dándole palabra al apóstol: “no hemos recibido lo que recibimos porque antes trabajáramos y sudáramos nosotros, no por habernos cansado y sufrido, sino únicamente porque fuimos amados de Dios”.

El Señor también ha tenido misericordia de nosotros. Que nunca lo olvidemos. Virgen María, memoria de Cristo, ayúdanos a tener siempre presente su amor.

Un milagro para los escribas

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La escena de la curación del paralítico de Cafarnaún es especialmente emocionante. Además del la compasión de Jesús encontramos la osadía de aquellos cuatro personajes anónimos que condujeron al no menos desconocido paralítico ante Jesús.

Encontramos varios personajes. La multitud que llena la casa (algunos dicen que era la de Pedro). Jesús está rodeado de gente, pero no siempre los que están más cerca son los que salen más beneficiados. Entre estos hay unos escribas que, además indica san Marcos, estaban sentados. Aunque había mucha gente habían encontrado acomodo. Quizás la misma multitud, por respeto se lo había cedido o quizás ellos mismos se lo habían apropiado. Están esos cuatro desconocidos de los que ya hemos hablado (que algún padre de la Iglesia ve en ellos una alegoría de las virtudes, que yo no, porque si aquel hombre no podía andar es que sus virtudes no podían llevarlo), está el paralítico y está Cristo.

No sabemos de la fe del paralítico; si era mucha o escasa. De lo que no cabe duda es de que sí la tenían sus porteadores. Jesús les hace el encomio. También Jesús actúa en consonancia con la fe de aquellos hombres y le perdona los pecados al paralítico. Como el perdón de Jesús es real aquel hombre debió sentir una alegría tremenda, aunque seguía postrado.

Pero los escribas empezaron a farfullar interiormente. Detengámonos en eso, que muchas veces no hacen falta aspavientos exteriores ni grandes gestos para rechazar lo que Jesús hace. Lo piensan. Piensan mal y ahí ya rechazan a Cristo. En nuestro mundo tan de la apariencia y la pose se nos escapa la importancia de la interioridad. Pero dentro de cada uno pasan muchas cosas. Pasaban en el corazón de los que llevaron al paralítico; en éste que quedó justificado y en los escribas que en lugar de abrirse a la contemplación de la gracia malmeten interiormente contra Jesús. Uno se imagina que un escriba se dedica a levantar acta de lo que suceden, pero estos añadían notas a pie de página. Aquel día pusieron: “Blasfema”. No podían juzgar de lo que sucedía en el alma del paralítico y cargaron las tintas contra Jesús.

Pero Jesús también lee lo que se escribe en los corazones, aunque sea con mala sangre. Lee lo que borronearon los escribas y nuestros garabatos. Y les habló al corazón como había hecho con el paralítico y sus camilleros. Hizo aquel milagro tan vistoso y tan bien acompañado por el enfermo que, para evitar dudas y malentendidos; para que constara fielmente transcrito en el documento escribano, salió “a la vista de todos”. No sabemos que pasó en el interior de aquellos escribas, que mañana nos los encontramos de nuevo, y si sus corazones eran de piedra y lo habían grabado a cincel o si hicieron una tachadura. En cualquier caso tenemos aquí una invitación muy hermosa a acercarnos al sacramento de la confesión. Jesús quiere perdonarnos y limpiarnos el corazón y que después podamos andar para que otros lo vean y se admiren. Porque siempre mueve a conversión descubrir que la vida de otros ha cambiado.

Gracias Señor por tu misericordia.

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