interés1

Interés

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Habitualmente observo que las personas se mueven por intereses de variada naturaleza y finalidad. Estos pueden ser buenos o malos, según las mismas. Tengamos en cuenta que un interés es un valor o utilidad que en sí tiene una cosa, o un provecho o bien buscado por una persona. El problema es si ese valor o provecho es realmente un bien para la persona, justo, que no perjudica a otros y que es querido por el Señor.

Jesús advierte en el evangelio de este domingo sobre la conducta de los que invitan a un banquete esperando algún beneficio egoísta (intereses malos), doy algo para que me des algo, te invito para que después me invites tú, que suele ser frecuente. Jesús pide algo más a los que le seguimos, pide un cambio de mentalidad que consiste en la gratuidad del amor “desinteresado” de ese tipo de interés, tal como él lo practicó en su vida y lo predicó cuando señalaba las bases del Reino de Dios que había que construir.

Sabemos que la palabra “interés” proviene del latín interesse que significa “importar” y ahí esta la cuestión de fondo en la que entra el Señor: qué es lo que nos importa cuando hacemos algo. Nos habla de tener otro tipo de interés (intereses buenos, los que quiere Dios): el de acercarnos al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las almas de los justos que han llegado a la perfección; el de acercarnos al Mediador de la nueva alianza, a Él, según reza la segunda lectura.

Para ello, la primera lectura del Antiguo Testamento nos da los consejos oportunos: «Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor.» En el cristiano al hablar de humildad, de humillarse, es adoptar la actitud que enseña el Maestro en sus palabras: «El que quiera ganar la vida la perderá, pero el que está dispuesto a perderla por mi causa la ganará». Perder para ganar, esta es la disposición última del que ha entendido la necesidad de hacerse pequeño para entender el mensaje de Cristo. No es la negación del “yo”; la humildad no niega la autoestima, sino que la enriquece, la completa, pues nos hace conscientes de que todo proviene de Dios, de que dependemos de Él. Todo lo que somos se sustenta en ese lazo invisible, pero real, con nuestro creador, porque todo se nos ha dado. El humilde toma consciencia de su valor y de su pequeñez ante la obra divina. En consecuencia, la humildad ayuda a aceptar los planes de Dios sobre nosotros y a estar dispuestos a servir, sobre todo a los más necesitados.

El Señor nos quiere enseñar hoy que la salvación será para aquellos que en su vida han prestado atención a las necesidades y carencias ajenas. Para aquellos que han compartido “el interés” de Dios que nace de y nos lleva a su Amor. Así, nuestro interés fundamental, como vimos en otro domingo, tiene que ser atesorar tesoros en el cielo, que los necesitaremos en la resurrección de los justos. Ahí es donde nos pagarán los necesitados a los que hemos servido.

Trabajarse

Trabajarse

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

No se si conoces alguna persona que va siempre por la vida de víctima. Yo si. Hay personas que, no se sabe por qué, siempre les pasa algo malo o negativo y parece que no es por su culpa, sino que son víctimas. Son personas que van lamentándose con todo el mundo y siempre que tienen ocasión cuentan estas penas a todo el que les escucha. Es cierto que puede ocurrir en algún período del tiempo una situación de infortunios seguidos, pero que esto sea algo permanente mosquea un poco.

La verdad es que mi corta experiencia me dice que estas personas no son siempre las víctimas, y que los males que padecen los exageran la mayoría de las veces o son consecuencia de su negligencia. El evangelio de hoy nos habla de que Dios nos ha dado la vida para que la administremos y lo hagamos bien. Para ello, nos da todo lo que necesitamos para vivir. No se refiere a dar directamente dinero, propiedades, comida… como si cayeran del cielo. Se refiere a que Dios provee de talentos (dones), habilidades, “potencial”, para que las personas, sus hijos, podamos vivir, o sea, salir adelante. La parábola de hoy describe como es esta dinámica de la vida y resalta la necesidad de que nosotros colaboremos en el plan de Dios. Repito: somos administradores de nuestra vida porque es de Dios. Nuestro papel es el de ser buenos “siervos” (administradores) y cojamos lo que nos da y lo empleemos bien, lo trabajemos personalmente y comunitariamente, hasta sacarle el máximo rendimiento posible.

Los talentos que tenemos cada uno hay que descubrirlos primero. Después desarrollarlos para que cada día nos sirvan mejor y nos ayuden. Luego ponerlos al servicio de Dios y de los demás, y aprovechar sus frutos para el bien común; para nosotros y para compartir con otros. Esto implica esforzarse, sacrificarse y levantarse una y otro vez, superando las dificultades. Si Dios nos los ha dado, hay que buscar su voluntad porque sabe como son, como desarrollarlos y como emplear estos talentos. Por ello, hay que trabajarse una relación de amistad con el Señor que a través de la oración, nos ayuda a madurar en el discipulado, en la fe, para poder dar los pasos mencionados.

Si somos unos caras, unos vagos, unos cobardes o unos mediocres, corremos el peligro de refugiarnos en el victimismo para justificar que no hemos hecho nada con nuestros talentos, como el «empleado negligente y holgazán» de la parábola. Somos miembros del «pueblo que el Señor se escogió como heredad» que ha escogido lo necio y lo débil del mundo para salvarnos y mostrar su gloria. Seamos conscientes humildemente de ello y alegrémonos porque Él pone nuestra vida en nuestras manos y las herramientas para hacerlo bien, para triunfar de verdad.

Lo que vale cuesta y hay que trabajárselo y cuando lo hacemos recibimos la recompensa de los frutos de nuestros talentos y estos al ponerlos a trabajar se multiplican continuamente hasta la plenitud. ¿Todavía no te has dado cuenta? ¿A que esperas? No pierdas el tiempo y no huyas de tu tarea.

prudente

Prudentes

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Un joven que conozco me comentaba impactado que escribió un mensaje de whatsapp a una amiga que hacía tiempo que no hablaba con ella y sabe que tiene problemas, para felicitarla por su santo, y le ponía una referencia con las virtudes cristianas de la santa y cuando vivió, por si la ayudaba. Le dio una fría respuesta agradeciendo la “lección de historia”, ya que seguro que no conocía que ese día era su santo.

Este joven no pretendía demostrar una sabiduría de palabras o conocimiento, sino destacar las cualidades cristianas que nos ayudan, aprovechar un acontecimiento nacido de la fe para ayudar a su amiga. Y le animé, comentándole que hizo una buena obra y coherente con lo que cree. Dice Pablo que nosotros predicamos a Cristo, «un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios», algo que solo nos damos cuenta los que somos prudentes y tenemos nuestra alcuza llena de aceite, o sea, los que intentamos seguir a Cristo coherentemente, crecer en nuestra fe, formándonos, celebrando y actuando conforme a sus enseñanzas, como lo intenta vivir este joven.

Hay muchos que se encuentran en su vida como las doncellas del evangelio con la alcuza vacía, ya que no están en vela, buscando “sabidurías humanas” de la vida (como en los programas del corazón de la televisión, en las revistas o ciertos libros de autoayuda), creyéndose cualquier cotilleo, superstición, o siguiendo lo que hacen los demás o lo que hace la mayoría. Personas que, aunque son bautizadas, viven un cristianismo mediocre o muy alejados de Dios, preocupados por las cosas materiales o de la fama personal o de sus necesidades. Es como si la cruz fuera para ellos necedad e, incluso, les escandalizara. Se creen, o aparentan, ser sabios de la vida, con una religión o conjunto de creencias a su manera, “customizado”. Como las doncellas imprudentes se creen que todo se consigue con dinero, que se soluciona comprando, hasta la felicidad o la salvación.

El salmo 32 nos da algunos consejos de cómo tener “la alcuza llena” ante el Dios. Nos invita a la confianza en sus planes que son «proyectos de su corazón» que nos llevarán a la salvación, a la felicidad, a la plenitud con Él. Esto es lo que hacen las “doncellas prudentes” del evangelio, personas que piensan acerca de los riesgos posibles que conllevan ciertos acontecimientos o actividades, y adecuan o modifican la conducta para no recibir o producir perjuicios innecesarios, por eso están siempre preparadas para la llegada “del esposo”. Nosotros también tenemos que estarlo, para que cuando nos llegue el momento que tengamos que pasar a la Vida entremos con Él. «Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

preparados

Preparados

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El otro día veía un capítulo de una serie de televisión de humor conocida. En el mostraban irónicamente la actitud de unos padres ante la directora del colegio de su hijo. Esta les había llamado para hablar sobre su hijo y estos se preguntaban para qué, porque no tenían ningún interés en acudir a la cita. Estaban demasiado ocupados y ya tenían demasiados problemas para perder el tiempo.

El problema es que su hijo llevaba sin ir a clase tres meses y ni se habían dado cuenta. El episodio era bastante sorprendente por la actitud sui géneris de los personajes: todos intentan eludir su responsabilidad ante los hechos, especialmente los padres que no están ejerciendo su misión. El hijo y los padres han sido pillados por la directora cuando menos se lo esperaban y se enfrenta a una expulsión del colegio.

Esta advertencia que Jesús hace en el pasaje del evangelio de hoy para evitar abandonar la misión que tenemos en nuestra vida, nuestras responsabilidades. San Pablo nos ayuda a caer en la cuenta en la primera lectura de quienes somos, de la misión y sentido de nuestras vidas, como de todo lo que hemos recibido y recibimos para llevarlo a cabo. Es una pena que nos dejemos engañar por el egoísmo, lo fácil y lo inmediato, y nos dejemos llevar por estas actitudes, abandonando nuestras tareas más importantes, y sobre todo, nuestras responsabilidades. Y lo peor de todo es que cuando nos pillan, la soberbia y la cobardía nos llevan a la infantilidad de echarle la culpa al “otro”. Es tremendo, pero cierto. Lo vemos todos los días en la televisión, en los famosos, en los gobernantes, en el trabajo, en la familia, en nuestro alrededor, quizás, en nosotros.

Jesús nos llama a la responsabilidad de administrar nuestra vida conforme a la voluntad de Dios y no a la de otros. De amar a Dios con nuestra vida, obedeciéndole, y llevar a cabo la misión que se nos encomienda con entrega plena, alegría y sin bajar la guardia. No debemos dejar al mal que meta baza y no debemos abandonar en ningún momento nuestras responsabilidades. El Señor nos ayuda, enseñándonos a ser personas, maduras y adultas, cada uno con nuestro lugar en el mundo, con nuestra misión dada por Dios, que no se nos olvide, y que es importante para su plan de salvación. Esto es estar preparados, siendo “criados fieles y prudentes”. Así nos realizamos y avanzamos hacia la felicidad , porque como dice el Señor «bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así».

honestidad

Honestidad

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Jesús encuentra hoy una persona honesta en la que no hay engaño. Llevamos unos días escuchando al Señor denunciar la hipocresía, la falsedad. Frecuentemente, pensamos que todo estaba mal en nosotros, que solo se ve lo malo, y seguimos como norma de vida el refrán “piensa mal y acertarás”. ¡Que error!

Dios nos conoce mucho mejor que nosotros mismos y ve lo bueno y auténtico que hay en nosotros. Jesucristo nos ayuda a encontrarlo y, sobretodo, a valorarlo y confiar en nosotros mismos. Cada vez que creemos más el Él, creemos más en nosotros mismos, porque Él entra más en nuestro corazón y lo va llenando, transformándolo. Así le pasó a Natanael, que identificamos tradicionalmente con san Bartolomé Apóstol, como comprobamos en este pasaje del evangelio.

La verdad que a medida que maduramos en el camino de la vida cristiana nos damos cuenta de la cantidad de bien que hay en el mundo, del bien que hacen las personas. Yo lo experimento cada día y me lo comparten en la parroquia muchos otros. La liberación que Cristo opera en nuestra vida. Esta hace que seamos más sensibles en la caridad y que veamos con finura espiritual las acciones de los demás, apreciando con amor el bien que hacen hasta los más pequeños detalles que pasan desapercibidos. La fe nos ayuda a ver nuestro entorno con realismo, sin el daño que el pecado hace a nuestra vista y entendimiento, sin engaño.

Como el ángel en la primera lectura lleva a la visión de la Jerusalén celeste radiante y luminosa, ciudad de Dios futura de plenitud del reino para nosotros, el camino de la fe nos va abriendo el corazón, el alma y el entendimiento para vivir ya el reino de Dios en nuestras vidas. La honestidad es signo de su ciudadanía. Pero, ¿nosotros somos honestos? ¿Puede decir Jesús lo mismo de nosotros que de Natanael que luego fue su apóstol?

Cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente experimenta el salmista en el salmo 144. No es tan difícil. Creo que es seguir a Cristo como lo hicieron los apóstoles. Es no tener miedo a avanzar en nuestra fe, no tener miedo a hablar de Él. Es ser valiente y esforzarte para crecer más y más en el don que has recibido. Es dejarte transformar por el Espíritu. No dejes de invocarlo, de confiar en Él, de “abandonarte” en Él. Verás como la liberación de la honestidad te mostrará que ese refrán de los hombres es falso, no vale, ni en tu vida y en la de la mayoría. Seamos honestos.

conservad

Conservad

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El otro día en una conversación entre unos amigos que no sobrepasaban los cuarenta años comentaban que cuando eran niños o jóvenes o en el colegio, no se comportaban de tal u otra manera, o no sucedían ciertos sucesos o ciertas actitudes eran impensables. Se lamentaban de que parece que ya son unos “viejos” por la forma de hablar o pensar al analizar la realidad. No son viejos, sino que el mundo de hoy va demasiado deprisa y los cambios son cada vez más rápidos y, a veces, temerarios. Esto hace que sea cada vez más difícil tener un espíritu crítico ante ellos y poder meditarlos con suficiente profundidad para discernir lo que es bueno de lo que no lo es.

San Pablo dice hoy a los cristianos de Tesalónica «hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta». Y es un buen consejo. El ritmo frenético y el estrés en el que esta embarcado nuestro mundo occidental esta provocando que parezca que todo tiene que tiene ser nuevo constantemente y que nada es permanente, ni siquiera los valores, convirtiéndose lo anterior en desechable. Tenemos muchas distracciones y muchas tentaciones para abandonar el camino de la fe y de la forma más sutil: en el conformismo y el “borreguismo”, en el acomodamiento y en lo más fácil. Jesús acusa en el pasaje del evangelio a los que deberían ser lo mejor del pueblo de Dios, los que tienen la responsabilidad de guiarles a Dios, de haberse acomodado en este mundo y en sus tentaciones y abandonar «la justicia, la misericordia y la fidelidad », rebosando de robo y desenfreno.

No es malo lo que siempre ha sido bueno, lo que vale de verdad lo que el Señor nos ha enseñado de generación. No son malos tampoco los cambios si son para que todo mejore, para seguir el plan de Amor de Dios. El Evangelio no es desechable y la voluntad de Dios es actual y permanentemente nos da la vida. No caigamos en la hipocresía de la ideología dominante de hoy, de las modas superficiales y relativistas que denuncia Jesús. No nos dejemos engañar y con las peticiones que hace Pablo en la primera lectura no caigamos en la tentación, ni dejemos de buscar y proclamar la llegada del Reino a nuestras vidas, siguiendo las palabras del salmo 95.

afrontar

Evitar y afrontar

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En mi experiencia en varias comunidades eclesiales, me he encontrado con diversas personas que viven su fe de diversos modos, especialmente entre los que colaboraban en la parroquia. Sus motivaciones por las que colaboraban o los fines que tenían eran muy diversos también. Pero, entre ellos, me han escandalizado o me producen un gran enfado los que persiguen un protagonismo obsesivo, justificando los medios que utilizan y, además, tienen una serie de intereses ocultos egoístas que les lleva a vivir la fe de una manera hipócrita. Este tipo de personas suelen crear mal ambiente en la comunidad parroquial o grupo en el que participan (enfrentamientos, intrigas, murmuraciones, discordias, sufrimiento, etc), produciendo el abandono de la parroquia de los más débiles y el retroceso o descomposición de una comunidad. Se suelen hacer imprescindibles para el colectivo o para el pastor, chantajeándoles y evitando que se les descubra. A veces, desde fuera, son vistas como personas destacadas, creyentes comprometidos y “ejemplares”.

Por ello, ante el peligro de ir mal el progreso de la comunidad cristiana porque no se afronten los problemas que causan este tipo de fieles y ayudarles en su conversión, San Pablo se congratula en la primera lectura de hoy dando gracias a Dios porque «vuestra fe crece vigorosamente y sigue aumentado el amor mutuo de todos y cada uno de vosotros» en la comunidad de Tesalónica.

El mismo daño hacen los pastores acomodados, negligentes o egocéntricos que se han olvidado de su misión de apacentar, enseñar y regir la comunidad cristiana como Cristo quiere. En algunos ideologías extremistas o la imprudencia se convierten en fachadas que ocultan su situación. Son guías ciegos inservibles para poder guiar. De ellos se lamenta el Señor en el evangelio de hoy porque se cierran el reino de los cielos e intentan cerrárselo a los demás.

Con la que está cayendo tenemos que concienciarnos de que la Iglesia no puede dejar de evangelizar y de salir afuera, buscando llevar la buena noticia de Jesucristo a todos, no de mi persona o de mis ideas personales y afectivamente desordenadas, por muy ortodoxo que me crea. Además, en ella estamos los pecadores que caminamos en un camino de conversión. Este es el problema de los dos casos de cristianos que me he encontrado. Si no se madura en la fe, en el amor y en la esperanza, si no se vive una conversión permanente, no nos acercamos a Cristo (que nos abre los ojos) y al final, lo que hacemos, es lo contrario a lo que el Señor quiere, aunque intentemos disfrazarlo.

Nuestro Dios os haga dignos de la vocación, y con su poder lleve a término todo propósito de hacer el bien y la tarea de la fe desea Pablo, porque el fin no justifica los medios, el pecado nunca se justifica y hay que ser humildes para reconocerlo en nosotros y en los demás y pedir perdón y perdonar. Solo renunciando a nuestro “yo”, a nuestro “ego”, que en estas personas puede ser muy grande, y viviendo con sinceridad de corazón el camino de crecimiento en la fe, buscando contar las maravillas del Señor a todas las naciones, se puede evitar o superar esa vivencia hipócrita y falsa de la fe.

Es, en definitiva, que el Señor reine en nuestra vida, en las de todos los de la comunidad, como lo hizo en la de María que llevó en su seno al Rey del Universo. Por eso, ella también es Reina de todo lo creado y nos enseña a como hacer para que Dios también reine en nuestra vida, en nuestra comunidad cristiana.

“No sé quiénes sois”

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Duras, y muy claritas, las palabras del Señor en el Evangelio de hoy. Llegará un día en que el amo de la casa se levante, cierre la puerta y muchos se queden fuera clamando: ¡Señor, ábrenos! ¡Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Si este amo de la casa fuera de los que están preocupados por quedar bien, por el qué dirán, por contentar a todos, por ese buenismo que justificamos en nombre de Dios, entonces debería dejar entrar a todos, a todos sin distinción, solo por el hecho de que han comido y bebido con él, y que escucharon su predicación en las plazas. ¿Acaso el amo de la casa no es bueno? ¿Cómo puede, entonces, negar que conoce a los que él mismo invitó a comer y a los que él en persona enseñó su palabra? Y, sin embargo, las palabras del amo son contundentes: “No sé quiénes sois… No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”.

Se nos escapa la justicia de Dios, porque nos empeñamos en meterla en la lata de nuestros criterios mundanos. Y, luego, convertirmos la misericordia de Dios en una especie de ñoñería sensiblera y mojigata, que nos presenta a un Dios miope y bobalicón (con perdón…), que hace como que no ve, o que ha dejado de utilizar su rasero para medir la bondad o maldad de nuestros actos. Y, en nombre de todo eso, opinamos orgullosos: ¡Ese Dios, sin rasero de medir, es el Dios moderno que piden los tiempos de hoy! ¡Y la Iglesia debe hacerse más acogedora, porque para eso es la casa de todos! Pero, claro, con estos criterios, díganme ustedes cómo explicamos la parábola de hoy y a este amo de la casa, que se empeña en decirles a sus invitados y espectadores: “No sé quiénes sois”.

Es duro –pero realista– pensar que muchos de los que nos sentamos en el mismo banco de la parroquia, de los que comemos el mismo pan en la Eucaristía, de los que escuchamos la misma Palabra de Dios, de los que partimos un piñón con el Señor haciendo miles de apostolados y obras buenas, quizá seamos de los que, al final, nos quedemos fuera de la casa, llamando desesperadamente a la puerte y gritándole al amo de la casa: “Señor, ábrenos, hemos comido y bebido contigo!”. Así de clarito es el Evangelio de hoy. Y esto no es para angustiarnos o desanimarnos, sino para espabilarnos, ser sinceros y reconocer que con nuestro cristianismo de mínimos no vamos a ninguna parte. Convertir nuestra fe en un mero protocolo social, en un cumplimiento a rachas, en algo postizo y añadido a las mil ocupaciones de nuestra agenda, es, poco menos, que haber sido invitados a comer y beber en la casa de nuestro amo, cumplir perfectamente con todos los protocolos de un digno invitado y, al final, no probar bocado.

En el mundo antiguo, ser invitado y compartir la mesa y comida con el señor de la casa era una exquisita muestra de intimidad, de cercanía, de hospitalidad y comunión. Algo más que un compromiso social, o un protocolo de amigos. Significaba entrar en la intimidad de la casa, hasta el punto de llegar a formar parte del entramado afectivo del hogar. Por eso, en las palabras del amo de la casa resuena una de las mayores ofensas que podía recibir: sí, habéis comido y bebido conmigo, habéis escuchado mis palabras, pero nunca entrásteis en la intimidad del hogar, nunca fuísteis de casa, nunca me conocísteis… Es el riesgo de contentarnos con vivir un relación con Dios superficial, de mínimos, de cumplimientos. Cuántos bautizados hay que pasan por ser los invitados perfectos, los que están siempre en el primer asiento del banquete, los que no fallan ni una, los eternos ejemplares y, sin embargo, no conocen a Dios, no han entrado en su intimidad, no han llegado a saborear casi nada de esa compañía de hogar que ofrece el corazón de Dios. Están, sí, pero no conocen al amo de casa y, por lo tanto, el amo de casa no puede decir de ellos más que lo que dijo el señor de la parábola: “No os conozco”. ¿Por qué nos contentamos con un cristianismo fácil y comodón que, al final, no gusta ni atrae a los mismos que lo viven? ¿Por qué tanta pereza para sacudirnos nuestras rutinas espirituales, para esforzarnos por las cosas de Dios y ponerle en el lugar de nuestra vida que le corresponde? Pidamos que no sea nunca demasiado tarde y que, a tiempo, el Espíritu Santo nos alcance ese don de la intimidad con Dios, que tantos invitados al banquete no saben gustar ni paladear.

Nuestro medallero olímpico

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ni el carrerismo, ni el clericalismo son solo de ahora. A su modo, ya eran dos virus que infectaban el mundo de los fariseos y escribas de la época de Jesús, que andaban peleándose por sentarse en la cátedra de Moisés, ocupar los primeros puestos en los banquetes o recibir algún que otro cargo en el mundillo religioso del Templo o en la “yet set” religiosa del momento. Y de las mafias y cotilleos de pasillos que podían rodear el cargo del Sumo Sacerdote, mejor ni hablar, aunque no serían muy diferentes de los que podemos encontrar ahora en nuestros pasillos y mentiremos eclesiales. La condición humana, por más que esté recubierta de ropas sagradas, de filacterias y de mantos bordados con orlas preciosas, no deja de ser la que es. El Señor reprueba con duras palabras la falsedad y la hipocresía en lo religioso, sobre todo cuando, en nombre de Dios, andamos jugando con la gente, fomentando una falsa virtud, enarbolando la bandera del seguimiento a nuestra persona en nombre de Cristo, disimulando con comentarios piadosos nuestra mediocridad o cayendo en políticas humanas para manejar o conseguir un cierto status eclecial. “Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame rabbí”. Pero, seamos sinceros: ¿a quién no le gusta y le atrae el reconocimiento humano, la fama y el buen decir de la gente, el prestigio eclesial y, en definitiva, ese tufillo de gloria humana, que cuando se eleva desde los círculos y ambientes eclesiales, o eclesiásticos, hechiza aún con mayor gusto y placer? Pues, para evitar continuamente caer en la sutil tentación que encarnan los fariseos y escribas, o somos ángeles, o somos santos, porque si andamos patinando con un pie en Dios y con el otro en el mundo acabamos mal.

“El primero entre vosotros será vuestro servidor”, y por si acaso no había quedado claro, continúa el Señor: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Si entendemos la idea de servir y de humillarse en clave mundana, está claro que, entonces, los cristianos somos lo más bobos del planeta, porque estamos predicando que hay que ir de lelos por la vida. Y como nadie quiere ser el tonto, el malo y el feo de la películo, andamos todos peleándonos por sentarnos en la cátedra de Moisés, sea la que sea, con tal de que se nos reconozca como debemos. Pero, si entendemos el servicio y la humildad en la clave del Evangelio, la cosa cambia, porque entonces estamos en el camino de Cristo, el de la Cruz, que ni el mundo, ni los que viven según el mundo dentro de la propia Iglesia, pueden entender. A estos dejémosles que anden ocupados y preocupados a diario de sus filacterias y de las orlas de sus mantos, que ya el Señor les dará la paga que les corresponda. Preocupémonos, más bien, de vivir con una actitud de servicio mucho más sincera y menos hipócrita, esa que nace de la verdadera humildad. Un buen olfato cristiano sabe descubrir a la primera dónde hay verdadera virtud y no falsa humildad, y quién sirve de verdad a Dios, o quien se sirve de Dios para sus propios intereses y para hacer crecer la cresta de su propio ego. Vayamos a lo esencial del Evangelio, y seamos sinceros con nosotros mismos para pedir a Dios el despojo de tantas filacterias inútiles y de tanto manto hipócrita, adornado con grandes orlas de vanidad y mundanidad, si no queremos aguar el Evangelio y convertir el Cristianismo en una carrera olímpica por conseguir medallas de reconocimiento mundano. Algunos andan tan agobiados por conseguir alguna que otra medalla que colgarse, que al final sus oros, platas y bronces se convierten en terribles fardos pesados, que ahogan la vida interior y la vitalidad de la fe cristiana.

Las ideas no enamoran

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Más de uno se habrá preguntado alguna vez lo mismo que aquel fariseo le preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”, es decir, ¿por dónde empezamos?, ¿cuáles son los mínimos del cristianismo para cumplirlos?.  Los fariseos andaban detrás del Señor, poniéndole a prueba en todo momento, para ver si le cazaban en alguna contradicción y dejarle así fuera de juego y sin autoridad. Buscaban la jugada perfecta, en ese campo de batalla propio de las escuelas farisaicas de la época, que competían por demostrar quién interpretaba mejor la ley: si los rigoristas, o los laxistas. Todos querían apropiarse el monopolio de la interpretación de la Ley, porque de eso dependía su prestigio y autoridad ante las gentes sencillas del pueblo, que acudían a la Sinagoga a escuchar sus enseñanzas. Pero, por más que el Señor intentaba hacerles comprender el corazón de la Ley, ellos andaban enredados y a vueltas con el monotema del cumplimiento y la observancia escrupulosa de todos los preceptos de la Ley, dando la primacía al legalismo y a la religiosidad superficial, y olvidando que poco valor podía tener el cumplimiento de uno solo de esos sagrados preceptos si no iba acompañado de la conversión interior y la entrega del corazón. Por eso, a la insidiosa pregunta de los fariseos, el Maestro responde en otra clave, la del amor: “Amarás… a Dios y al prójimo”. El mandato del amor a Dios es inseparable del mandato del amor al prójimo; y quien no haya entendido esto, no ha entendido ni una sola letra de la Ley y, por añadidura, de todo el Nuevo Testamento.

Dios no es una idea, no es un constructo mental, no es una teoría demostrable y, mucho menos, una ideología. Es un Amor, así, con mayúsculas. Un Amor primero y radical, que va por delante en la entrega total a cada uno de nosotros. Y ese amor no es teórico: o me enamora, o no me enamora. Y, si me enamora, no me queda otra que responder, o no, porque el Amor que es Dios no me obliga, no me presiona, no entra en mi vida si yo no le dejo o no quiero. Pero, aquel que entiende la lógica del amor, sabe muy bien que el amor obliga, se convierte en ley: ¿cómo puedo descubrirme amado por Dios y quedarme insensible, impasible, sin pestañear, sin responder a esa entrega?

Muchos cristianos hay que, después de años de rezos, devociones, compromisos cristianos, prácticas sacramentales, esfuerzos y trabajos apostólicos de muy diverso tipo, siguen sin descubrir que Dios es el Amor primero y radical de mi vida. Y se esfuerzan con generosidad por vivir su fe, pero no logran entrar en el hondón de esa experiencia interior del descubrimiento del amor de Dios en la propia vida. ¿Cómo puede ser que viva mi fe, mi relación con Dios, mi cristianismo, anclado todavía en la mentalidad farisaica del cumplimiento de la Ley? Reducir el cristianismo a una Ley y vivirlo con la mentalidad del Antiguo Testamento es el virus que bloquea la vitalidad espiritual y apostólica de la fe cristiana en muchos bautizados. Y por este camino del legalismo y del cumplimiento superficial y aparente lo único que conseguimos es dar testimonio de un cristianismo anquilosado y fosilizado, incapaz de entusiasmar a nadie, ni siquiera a los mismos que lo practican. Por eso, quizá, se ven por la calle tantas caras de cristianos agobiados, cansados, que dejan apagar su fe por exceso de aburrimiento y sinsentido.

Es difícil descubrir a este Dios Amor –que no significa un Dios sensiblero, ñoño y sentimentalón–, inmersos como estamos en una cultura que identifica el amor con la emoción y el sentimiento fugaz y pasajero. Pero, no echemos la culpa de nuestra mediocridad a los demás, al ambiente, a la ideología de género, a los curas, a los políticos, al vecino…. La medida del verdadero amor es la entrega de sí, y mientras no vivamos la fe cristiana en esta clave, seguiremos haciendo de Dios una idea. Pero las ideas no enamoran; el amor de Dios, sí. Que cada cual examine y descubra en su propia vida si hay, o no, algo más allá, más hondo, más profundo, detrás de nuestros cumplimientos.

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