La persecución de los buenos

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El cristianismo está lleno de bienintencionados. El primero ya lo fue Pedro que, con muy buena intención pero sin comprender los planes y la voluntad del Señor, quiso apartar a Cristo de su muerte en la Cruz. Y el Señor no se andó con contemplaciones ni paños calientes: ¡apártate de mí, Satanás!, le contestó. Y a día de hoy seguimos sin entender por qué el Señor, pudiendo hacer las cosas de otra manera, escogió la vía de la Cruz, la persecución, la incomprensión, etc. Desde criterios meramente mundanos, es comprensible y justificable la reacción de aquellos familiares de Jesús, que le tomaban por loco y hacían todo lo posible por recluirle en casa, para evitar el qué dirán, los cotilleos y murmuraciones que estaba levantando por toda la comarca. Eran bienintencionados, acoplados a los criterios mundanos de la época y a los clichés religiosos de su tiempo, que no podían entender las chaladuras del Maestro.

Piensa que cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más gustarás, como Él, la incomprensión y la maledicencia. La virtud siempre incomoda y, a veces, es mejor comprendida y recibida por aquellos que se dicen no creyentes que por aquellos que dicen ser de los tuyos. ¿Ha habido en la historia mayor injusticia que la que cometieron con Nuestro Señor en la Cruz los “buenos” de su época, aquellos fariseos venerados por todos como los maestros de la Ley, que fundaban en su propia virtud y en su vida ejemplar toda la seguridad espiritual de su salvación? Y, sin embargo, quizá sin que ellos fueran del todo conscientes, con la persecución de aquel Justo estaban dando cumplimiento a los misteriosos planes de Dios.

El silencio de Cristo en su pasión debe enseñarnos a callar y a amar, con el amor del silencio, a esos “enemigos” que nos persiguen con la palabra, con la murmuración, con la crítica, la maledicencia y hasta con las obras, y todo –dicen– en nombre de Dios, de la virtud, de la santidad, de la justicia con Dios, del bien espiritual de muchos o de la sana prudencia. No interpretes todo eso con los pobres criterios del mundo y de los hombres, con los que nunca podremos medir la acción misteriosa de Dios. Piensa que en esa persecución de los buenos, de los tuyos, Nuestro Señor vuelve a crucificarse, una y otra vez, para que puedas así completar en tu carne lo que falta a la pasión de Cristo. Quizá nos llamen de todo, pero más vale eso que vivir una fe anodina, insulsa, acomodada a la horma de lo políticamente correcto, y puede que quizá ya mortecina.

Estar con Él

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Solemos hablar de la vida pública del Señor fijándonos en sus numerosas predicaciones, milagros, curaciones, discusiones con los fariseos, caminatas y viajes de ciudad en ciudad, comidas y visitas en las casas. Pocas veces nos detenemos a contemplar que, para los apóstoles, la vida pública consistió, sobre todo, en estar con el Señor, convivir con el Maestro, hablar con Él en los ratos y lugares de intimidad, empaparse de sus gestos y miradas, y, sobre todo, contemplar su rostro. 

El evangelista Marcos, cuando resume la institución de los Doce, señala como prioridad de los apóstoles ese “estar con el Señor” por encima de todo lo demás: “Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios”. Muy grande e inexplicable debía ser el atractivo que suscitaba en aquellos torpes y rudos apóstoles la compañía íntima con el Señor pues, sin entender tantas cosas del Maestro, a pesar de tantos reproches y correcciones como recibieron de él, a pesar de verse envueltos en críticas e incomprensiones de parte de los fariseos, a pesar de tantas renuncias y cansancios, allí permanecieron junto a Él. Aprendieron que, para predicar y poder expulsar demonios, primeramente había que estar con el Señor. Así como sea tu trato con el Señor, tu ‘estar con Él’, la vida de la gracia en tu alma, así será tu predicación y tu poder para expulsar demonios en tu propia vida y en la de otros. 

Pídeme tres deseos

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Muchos se desaniman del cristianismo cuando ven que Dios no cumple sus peticiones, o no hace los milagros que debería hacer. Como si Dios fuera la lámpara de Aladino: pídeme tres deseos, o la máquina de refrescos: metes la moneda y sale la lata. ¿No es bueno? ¿Por qué no me cura esta enfermedad, o no me soluciona tal problema, o no me consigue eso que necesito, o no convierte a esa persona? ¿No es Dios? ¿Entonces por qué permite el mal y la injusticia en el mundo? Así piensan muchos que, con poca idea del Evangelio, piensan que, ya que Dios se hizo hombre y vino a morar entre nosotros en este valle de lágrimas, bien podía haberse dedicado no a curar un enfermo sino a curar todas las enfermedades, no a perdonar a un pecador sino a barrer del planeta todo mal y toda injusticia. ¡Qué suerte tuvieron todos aquellos que se le acercaron y pudieron ser curados por Él! A todo aquel gentío que se le acercaba en busca de milagros, el Señor enseñaba pacientemente quién era Él y cuál era su misión.

Por contraste, también los demonios se le acercan a Jesús. Pero no para conseguir milagros. No los necesitan. El Evangelio afirma que los demonios sí que le conocían, sabían quién era. Y, sin embargo, el Señor les prohibía que lo dijesen, porque eran los milagros y no el mal los que tenían que dar testimonio de Dios. Pero, impresiona ver que los demonios sí que conocían a Jesús, mientras que muchos de aquellos hombres que se le acercaban a escucharle y tocarle, no llegaron a creer en Él, a pesar de que habían recibido alguna curación milagrosa.

Tocar a Dios. Ver sus milagros. Esa es la condición que tantas veces le ponemos para creer en Él. Y terminamos mercadeando con la fe, agarrándonos a las seguridades materiales, aunque sean religiosas, solo porque nos asusta fiarnos de un Dios al que no terminamos de conocer. También los fariseos tentaron al Señor en la Cruz con la misma sutileza: si eres Dios, baja ahora mismo de ahí. Y los mismísimos demonios lo intentaron también en los días del desierto: si eres Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan. No queramos nosotros cambiar el estilo de Dios. Si la fe nos sirve solo para que nos toque la lotería, para pretender que Dios nos resuelva nuestra agenda, nuestras quinielas, nuestros agobios y ambiciones, mal andamos. Lo cual no significa que no confiemos en la providencia divina, y que no debamos encomendarle a Dios todas nuestras preocupaciones y problemas. Ni Dios es un ente lejano, abstracto y gelatinoso, ni tampoco es un empleado que está detrás del mostrador de peticiones. El Señor vino a salvarnos del pecado, no a solucionarnos los problemas, aunque no terminemos de creernos que el principal problema que tenemos es precisamente ese: el pecado. Aprendamos del Evangelio ese estilo del Señor, que nos ayuda a poner la mirada y el corazón en lo profundo de las cosas, en lo que es verdadero y definitivo, en lo que permanece, es decir, en Él. Que el Señor sea nuestro verdadero deseo.

¿Miedo al compromiso?

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Te mueves en ambientes en los que la responsabilidad y el compromiso no están de moda. Es frecuente que alguien te diga entusiasmado que puedes contar con él pero luego, a la mínima dificultad o pasado el fervorín del momento, te empieza a explicar los buenos y justos motivos por los que no puede ayudarte. Otros te dirán que, por miedo a equivocarse, no llegan a comprometerse con nada ni con nadie. O se comprometen, sí, pero sólo por un tiempo, por probar, por interés, por quedar bien, hasta que encuentran algo mejor o diferente. Y ahí los tienes dedicados a mariposear de acá para allá, siempre en busca de novedades, justificando con muy santas excusas su inconstancia, su comodidad y sus ganas de no complicarse la vida.

Asumir responsabilidades, en lo bueno y en lo malo, es síntoma de madurez humana y espiritual. Allí donde pongas el clavo, martillea y golpea sin cansarte hasta que puedas hacer de él un punto de apoyo sólido y firme. Es preferible decir no a tiempo a crear falsas expectativas en otros a los que, tarde o temprano, has de dejar colgados en el aire. Has de cuidar la coherencia de vida también en esos compromisos que has decidido asumir en tu estado matrimonial, en tu trabajo, en tu amistad, en tu grupo de apostolado, en tu parroquia, en tu sacerdocio o consagración, en tu relación con Dios.

Que tu sí sea, verdaderamente, un sí, con todas las consecuencias. Pero con esa constancia que no se cansa ante las dificultades y que está siempre dispuesta a mantener ese sí por encima de cansancios, desganas, apatías, comodidades, dificultades, críticas o persecuciones. Y te irás pareciendo en algo a ese Dios incondicional e inmutable en el amor, infatigable en su misericordia, irrevocablemente fiel en su entrega, al que has de irradiar y testimoniar también en la forma de asumir las responsabilidades concretas de tu vida.

Saber descansar

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Los primeros capítulos del Génesis cuentan con detalle cómo Dios crea al hombre en el sexto día creacional para que participe en el séptimo día, el día del descanso de Dios. Como si toda la creación, narrada a través del esquema de la semana, culminase en ese día del descanso, en el que el hombre comparte intimidad y comunión con Dios. Los judíos habían concentrado tanto el espíritu de la Ley en el cumplimiento de sus miles de preceptos que habían perdido el norte en muchas cosas, y terminaron sustituyendo el sentido del sábado por el legalismo. Con razón, el Señor les recuerda en el Evangelio aquellos inicios de la historia de la salvación, en los que “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado”. En ese día séptimo Dios descansa en el hombre y con el hombre; y el hombre descansa también en Él y con Él. Y en esa mutua intimidad encuentra su sentido más radical y profundo toda la existencia del hombre. San Ignacio de Loyola recogía bien estos ecos del descanso de Dios, narrado por el Génesis, cuando escribía en su librito sobre los Ejercicios Espirituales el llamado “Principio y Fundamento”: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, y mediante eso, salvar su alma”.

Todo esto está muy bien para los momentos de poesía y meditación, pero otra cosa distinta es el día a día, porque las ocupaciones y agobios nos comen, nos sobrepasan, y nos hacen perder el norte de todo. Las cosas que dice el Génesis están muy bien, pero el Génesis no me ayuda a llegar a fin de mes, no me cura mi enfermedad y tampoco me explica tantas cosas concretas de la vida. Y al final, la teoría va por un lado y la práctica por otro, porque en medio del atasco, del problema, del agobio, de las prisas, de la enfermedad, del fracaso, etc., lo último que se nos ocurre es lo del día séptimo, lo del descanso con Dios y todas las demás poesías que nos cuenta el Génesis. Y así nos va. Que no sabemos descansar, ni en Dios, ni en los demás. Hemos sustituido la cultura del descanso, que tiene un profundo valor personal y cristiano, por la cultura del ocio, que se define, no en referencia a Dios y a la persona, sino por contraste con la actividad laboral: el tiempo de ocio es el tiempo en que no tengo que ir al trabajo, es el tiempo libre de ocupaciones laborales. En el descanso está presente Dios; en el ocio estoy yo y las cosas que yo quiero que estén, porque ese tiempo lo getiono yo y solo yo. Y como hemos perdido el sentido del descanso, tampoco sabemos descubrir el sentido del trabajo. Y al final, volvemos a los agobios del día a día, es decir, terminamos siendo esclavos del sábado, del deber, del legalismo, del trabajo, en definitiva de nosotros mismos y de nuestro propio yo.

El arte de saber descansar nos define también en nuestra vida espiritual: díme cómo descansas y te diré cómo es tu relación con Dios. ¿Qué no tiene nada que ver…? Pues más de lo que parece. Si no sabemos descubrir a Dios como “Señor del sábado” es que no hemos entrado en su intimidad y, por eso, las cosas, los líos, las prisas y los agobios nos dominan, nos impiden descansar, vivir la vida no según el tiempo de las cosas sino según el tiempo de Dios. Aprender a descansar en Dios, en su providencia, en su acción sutil y misteriosa, es aprender a vivir la vida en otra clave, distinta al eficientismo que nos propone el mundo de hoy, o al legalismo en el que tantas veces convertimos nuestra fe cristiana. Tenemos que aprender a descubrir el sentido cristiano del tiempo, si no queremos que el tiempo nos aprisione con las garras de las prisas y el agobio. ¿Será por eso, porque no sabemos descansar, por lo que andamos todos quejándonos continuamente de que “no tenemos tiempo”, ni siquiera los domingos?

Cristianismo a palo seco

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Antiguamente, era costumbre que las bodas duraran varios días de festejos, en los que familiares y amigos de los novios comían y banqueteaban con abundancia, como señal de fiesta y de alegría. Todavía hoy, en muchos sitios, se celebra la pre-boda, la boda y la re-boda, con un gran despliegue de manjares, que hacen la boca agua a cualquiera. Esta sobreabundancia material tiene, sin embargo, un sentido más profundo: todo parece poco para expresar la alegría del amor que rebosan los novios, y todo parece aún más poco al lado de la sobreabundancia del amor que Dios derrama a través del sacramento del matrimonio. Por eso, esa sobreabundancia de amor se celebra también con ese signo externo y material –pero muy suculento– del banquete. El problema viene cuando se prepara con exceso de superficiliadad el banquete de bodas, sin que tenga sentido ni valor la ceremonia religiosa y sin que en él sepamos ver ese otro sentido más profundo. Y nos preocupa tanto el menú, el restaurante y los canapés del aperitivo que ni se nos pasa por la cabeza pensar que el banquete, en origen, tuvo también su significado religioso: se vivía como signo de ese otro banquete del Reino, que Jesús en el Evangelio asemeja tantas veces a la celebración de unas bodas eternas.

Esto no lo podían entender los judíos de la época, tan preocupados por cumplir con el precepto del ayuno en los días marcados por el calendario litúrgico propio de la Ley. Como tampoco podían entender que el Señor estaba entre ellos como el novio está entre sus amigos e invitados al banquete de bodas. Ellos eran los amigos del novio, pero, sin embargo, aquellos fariseos tozudos y miopes ni veían en Cristo a un amigo y, ni mucho menos, un novio celebrando sus bodas con cada uno de los hombres. Por eso, daban más sentido al cumplimiento del ayuno ritual que al descubrimiento de una sobreabundancia de amor, que se les hacía presente en la humanidad de Cristo y que no eran capaces de ver.

Nos cuesta entender que el Señor no viene a hacer del cristianismo un cúmulo de cumplimientos y un fardo pesado, como el que los fariseos habían echado sobre los hombros de tantos judíos. Nos cuesta descubrir que el Señor viene a entregarnos esa sobreabundancia de amor que rebosa en su corazón, como la que rebosa también en el corazón de los novios que celebran sus bodas. El Señor quiere para nosotros una relación cercana e íntima, como la que une a los novios en sus bodas. ¿Quién se imagina un matrimonio reducido a meros cumplimientos? Pues tampoco podemos imaginarnos un cristianismo vivido a palo seco, que no llegue a descubrir los tesoros que encierra ese Corazón de esposo que es Cristo. Sería una pena que pasáramos nuestros años muy dedicados a cumplir los preceptos, a participar en los sacramentos, a rezar nuestras devociones particulares, etc., y no llegáramos a saborear la intimidad que el Esposo quiere hacer gustar a sus amigos, los más íntimos. Muchos hay que, a pesar de las apariencias, viven su cristianismo como un pin que adorna su chaqueta, o una tarea más que hay que resolver los domingos de doce a una. Solo el amor, ese que el Señor derrama con sobreabundancia a través del Espíritu Santo, puede hacer nuevos los odres y el mando de nuestra vida. Pidámosle al Esposo, como amigos, que nos conceda ese regalo de bodas.

PRESENTACIONES.

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No sé si es a mí al único cura que le pasa, espero que no. Pero cuando llegas a una parroquia te presentan a un montón de gente (tú eres el nuevo), y con una vez que te dicen su nombre se piensan que ya te lo sabes. Conozco sacerdotes con una memoria prodigiosa…, no es mi caso. Y pude pasar que estés viendo a una persona durante muchísimo tiempo y no tengas ni idea de cómo se llama, y te da vergüenza preguntarlo pues deberías conocerle de sobre. El uso de los impersonales se vuelve todo un arte. Y no digamos ya nada de las relaciones familiares: quién es esposo de quién, quién es hijo de quién, etc.… A las que primero se conoce es a las suegras, ya se encarga de eso el yerno o la nuera. Es bueno prestar atención a las presentaciones y así aprender quién es quién para siempre.

Me dijo el Señor: «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré».«Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» Hoy las lecturas van de pr4esentaciones, pongamos atención para no olvidarnos.

“Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano” Pablo y Sóstenes (cuidadito con la tilde). Pablo apóstol de Jesucristo. No sabemos el apellido de San Pablo, él se presenta por lo que Dios le ha pedido, lo que Dios le ah hecho.

Y Juan dio testimonio diciendo:

«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:

“Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el bautiza con Espíritu Santo.”

Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Y Juan nos presenta a Jesús como el Hijo de Dios.

Ya hemos hecho todas las presentaciones de hoy, ya sabemos quién es quién: Israel es luz de las naciones, Pablo es apóstol de Jesucristo y Jesús es el Hijo de Dios.

Y yo. ¿Cómo me presento? ¿Cómo Pedro el de la Merche o como Hijo de Dios en Cristo por mi bautismo? Ahora en todas partes se precian de no hacer acepción de personas por su raza, sexo o religión. Se nos ha metido tanto esto en la cabeza que mucha gente iguala el no discriminar con el que la raza, el sexo y la religión sean cuestiones irrelevantes. Y así muchos han dejado de amar a su patria o sus tradiciones por no dar importancia a su raza, a sus raíces. Otros muchos no dan importancia a su sexo y no acaban sabiendo quienes son, como ese chicarrón de 46 años y siete hijos que ha decidido que es chica y con 6 años. Yo mañana voy a decidir que tengo 76 años y voy a pedir la pensión con los atrasos.  Y por último la religión que, por no molestar, se convierte en algo oculto, casi vergonzante, de lo que es mejor no hablar y por supuesto que no se nos note en Quién hemos sido bautizados.

No podemos engañar en nuestras presentaciones. Tenemos que darnos cuenta que somos cristianos, somos de Cristo, miembros de la Iglesia Católica. No podemos presentarnos como si no tuviéramos ni padre, ni madre, ni genealogía, como eso que se puso de moda hace unos cuántos años de los cristianos anónimos, ahora son los cristianos bastardos.

Vamos a presentarnos al mundo como somos, quienes somos. Sin presunción, sin altanería, con toda la humildad, sabiendo que Dios se sirve de cacharros inútiles, pero Hijos de Dios por nuestro bautismo. Si no es así estamos siendo falsos para los demás. Desde nuestro bautismo no es que yo me sienta cristiano, o sea mejor o peor cristiano, es que lo soy, como el oriental tiene los ojos rasgados, le guste o no.

Hay un himno (horrible) de la hora intermedia en español que dice: “Somos tuyos, tuyos, tuyos… El himno será feo, pero ojalá seamos tan repetitivos en recordar quienes somos y que así nos presentemos ante los demás.

“He aquí la esclava del Señor” La Virgen si sabe presentarse, ojalá ella nos ayude a saber decir bien nuestro nombre.

 

 

 

 

TALLERES DE CAPACITACIÓN

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“Un mundo mejor se construye también gracias a ustedes, que siempre desean cambiar y ser generosos. No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces, no pierdan tiempo cuando la conciencia les pida arriesgar para seguir al Maestro. También la Iglesia desea ponerse a la escucha de la voz, de la sensibilidad, de la fe de cada uno; así como también de las dudas y las críticas. Hagan sentir a todos el grito de ustedes, déjenlo resonar en las comunidades y háganlo llegar a los pastores. San Benito recomendaba a los abades consultar también a los jóvenes antes de cada decisión importante, porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (Regla de San Benito III, 3)”. Estas son palabras de la carta que ayer escribió el Papa a los jóvenes. Para hacer un mundo mejor podríamos pensar que hay que buscar a los mejores. Muchas veces hemos visto reuniones que buscaban formación de líderes o formados en la excelencia. Parecía que teníamos que hacer una criba y quedarnos con los mejores que arrastrarán entonces a los otros detrás. Nos volvíamos incluso un poco clasistas, catalogando jóvenes por sus cualidades y destinando a cada uno a la posición en que nosotros los colocábamos en nuestro organigrama. Cierto es que unos tienen unos dones y otros, otros, pero eso no los hace mejores ni peores.

(Jesús) Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: «Sígueme». Los demás cuando lo ven califican a Leví y sus amigos de “publicanos y fariseos.” No parece que fuesen lo mejor del pueblo, ni el más querido. Sin embargo, el Señor le escoge. Y vaya si dio buen resultado.

Miremos un poco la historia de la Iglesia. ¡Cuántos santos humanamente no eran unos lumbreras ni los más listos de su época! El cura de Ars llegó al sacerdocio a trancas y barrancas y así, tantos santos, si no llega a ser por el Espíritu Santo, no se les habría conocido nunca fuera de su pueblo.

Dios es el que capacita. A pesar de nuestras flaquezas “no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado.” Nuestro juicio vale de poco si Dios decide elegir a esa persona y esta corresponde mínimamente. “La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón.”

Podemos empeñarnos en hacer escuelas de formación y capacitación, seminarios y talleres para jóvenes, formación de líderes y clubs selectos, dar clases de retórica y de buenas costumbres…, pero si no acercamos a Cristo a los jóvenes ( y a los niños, y a los mayores y a los sacerdotes, incluso a las religiosas), no podrán hacer nada. Mucho ruido y pocas nueces, que parece que es el refrán de nuestro tiempo.

Lo primero la oración, saber escuchar ese Sígueme. Lo segundo la disponibilidad, no pedir a Dios lo que tenemos que hacer sino decirle que nos muestre qué quiere de nosotros. Lo tercero la confianza frente a cualquier desaliento. Y, por último, molestar lo menos posible el plan de Dios.

No estoy en contra de todos esos cursillos y talleres 8siempre me ha hecho gracia el nombre que se les da, como si fuésemos un auto viejo), pero si se da mucha teoría o mucha dinámica y no acercan a Cristo…, ¡menuda pérdida de tiempo!

María no hizo un curso de preparación a la maternidad, simplemente dejó que Dios hiciese según su Palabra. Que ella nos guarde a todos, en especial a los jóvenes.

 

 

LOS AMIGOS

Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La parroquia es muy joven, es tan joven que es casi una niña, acaba de cumplir los cuatro añitos de construcción. Por ser tan joven hay muchos niños y muchos matrimonios. Dentro de unos pocos años estará lleno de adolescentes y jóvenes, ya podéis rezar para que sepamos hacerlo bien. En la adolescencia muchos chicos y chicas enaltecen la amistad por encima de todo, incluso relegando un poco a padres y hermanos, lo que no está bien. Hoy los padres tienen bastante difícil saber quiénes son los amigos de sus hijos, pues los móviles, las redes sociales, etc. Han ampliado muchísimo el espectro de lugares para tener amigos. Pero por muy virtual que se quiera ser no hay nada como estar con un amigo o con una amiga en directo, sin Whatsapp por medio (aunque algunos no lo consiguen aun estando juntos). La amistad es muy importante y la parroquia es un buen sitio para hacer amigos.

“Cuando a los pocos días entró Jesús en Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.

Y vinieron trayéndole un paralítico entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían…” Volvemos a la habitación de Jesús. Parece difícil llegar y por nuestras propias fuerzas no podemos. Pero este paralítico tenía amigos, buenos amigos. Amigos que no se arredran ante las dificultades, que son ingeniosos, atrevidos y fuertes. Y ponen a su amigo frente a Jesús y Jesús le sana y le perdona sus pecados, y todos “se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: Nunca hemos visto una cosa igual.”

Hoy me gustaría que nuestra oración fuese sobre nuestros amigos y amigas. Acercar a Cristo no es labor exclusiva de sacerdotes, monjas o catequistas. La familia es fundamental y, no lo dudes, los amigos también. ¿Hace cuánto que no hablas a un amigo de Dios? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que no rezas con un amigo? (No digo por, digo con). Hay que tener buenos amigos, que nos quieran, nos ayuden, nos corrijan, de vez en cuando nos abronquen y, sobre todo, estén siempre a nuestro lado. Antes se hacían esas estampitas y poster que ponían un acara bastante melosa de Jesús con la leyenda: “Amigo que nunca falla.” Ser amigo de mis amigos en Cristo. Por supuesto que podemos tener amigos ateos, musulmanes, zoroastristas o adoradores del sol, ser de distinto credo no nos separa como personas. Y con los que no tienen nuestra fe, si queremos ser verdaderamente amigos, tendríamos que ser muy coherentes con nuestra fe, ser muy buenos católicos. ¡Cuánto daño han hecho los amigos católicos tibios para la conversión de muchos!. Si uno ve que su amigo católico no reza nunca, los domingos no pisa la parroquia, no vive según los mandamientos y jamás habla (no hay por qué discutir), de Jesucristo, estará transmitiendo que la fe cristiana es superficial, banal y, por supuesto, nada atrayente. Nuestra vida no generará la pregunta por la Vida, y si niego a mis amigos que puedan conocer a mi Amor soy bastante poco amigo suyo. Si lo rechazan no pasa nada, Dios es amigo de nuestros amigos.

Peor es cuando amigos que profesan la misma fe son obstáculos unos de otros para vivirla. Cuando el amigo bautizado se ríe de su amigo bautizado porque reza, o va a Misa, o se confiesa. Muchas veces madres católicas de siempre me dicen: “No pude venir a Misa el domingo porque venían mis hijos a comer y ya se pasaron toda la tarde..” ¿Es que tus hijos no son católicos o no te conocen? Venid a Misa en familia o, si se resisten, plántales un programa de la tele hasta que vuelvas, así ellos van practicando su “religión”. Y reza por ellos, pro tus amigos que no viven su fe, que incluso la niegan con su palabra y con su vida.

Y ahora en positivo. Hay que tener amigos, buenos amigos y ser muy amigos de nuestros amigos. Los amigos te respetan y te quieren como eres, no vas a ser mejor por negar que eres de Cristo, que vives como hijo de Dios, que tienes toda la alegría de la fe Al igual que tú los quieres a ellos aunque sean un poco golfos, o vagos o incoherentes. Los amigos están a tu lado con todo lo que son, lo bueno y lo malo. Nosotros estamos a su lado con todo lo que somos, lo bueno y lo malo, pero no vamos a esconderle a Aquel que siempre nos acompaña en nuestra vida, no vamos a avergonzarnos de nuestro Padre. No se tienen amigos para convertirlos, pero háblale bien a Dios de tus amigos. Y cuando los dos amigos comparten la fe, rezan juntos, se saben hijos de un mismo Padre pasan de ser amigos a ser hermanos, pocas cosas hay más bonitas.

Habría que hacer una tesis sobre las amigas de la Virgen. No tenemos ningún dato, pero seguro que tenía un montón de amigas y amigos que conocerían a Jesús muchísimo de todo lo que la Madre hablaba de su Hijo. Que ella nos enseñe a compartirlo todo con los amigos, también la fe.

SE ACERCÓ A JESÚS UN LEPROSO.

Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El sábado pasado fui a bautizar a una criatura en una de las parroquias que estuve hace años. Después, charlando con la gente, hablaba con unas chicas de unos 16 años que yo había bautizado. Como a esa edad son bastante sin-vergüenza y tomen preguntar nada una de ellas me dijo: “Padre, que me han dicho que las relaciones extra matrimoniales están mal, son pecado. No me lo puedo creer, yo ya he pecado.” “¿No lo sabías? –pregunté-, ¿nunca lo habías oído?” “Jamás, me contestó, y eso que he estudiado en un colegio de frailes y ahora soy catequista”. Desde luego te da que pensar. No es que la chica fuese más o menos ligera de conciencia, o una golfilla. Jamás se había planteado que acostarse con un chico tuviese una repercusión moral. Le gustaba, quería hacerlo y lo hizo, sin preguntarse más. Y lo más preocupante, que jamás lo había oído. Habría escuchado todo sobre comunidad, compromiso, fraternidad, solidaridad y ecología…, pero ni una palabra sobre castidad. Menos mal que algunos achacan a la Iglesia el estar todo el día pendiente del sexto mandamiento, porque en ese colegio de religiosos y en su parroquia, ni rozarlo.

“En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: -«Si quieres, puedes limpiarme»”. La petición del leproso .y su curación-,surge porque se sabe leproso. Si se hubiera considerado sano no se habría acercado a Jesús, o por lo menos no de rodillas. Se habría acercado con curiosidad tal vez, porque se acercaban sus amigos, a lo mejor. Pero no hubiera suplicado, no habría sido curado, seguiría leproso.

¿Qué estamos haciendo mal para que los leprosos se consideren llenos de salud? ¿Crean normal sus pústulas y sus llagas e incluso presuman de ellas? Perder el sentido del pecado es perder el sentido de la misericordia de Dios. La misericordia, a la que tantas vueltas hemos dado estos últimos meses, no es eliminar o negar el pecado sino dejar que sea sanado por Cristo, que podamos escuchar el “quiero, queda limpio”. Cuando se endurece el corazón se deja de escuchar la voz de Dios para escuchar exclusivamente mi voz. “¡Atención, hermanos! Que ninguno de vosotros tenga un corazón malo e incrédulo, que lo lleve a desterrar del Dios vivo”. La cara amable de Dios no es que no me condene, o que haga la vista gorda sobre mis pecados, en el fondo que no le interese mi vida. La car amable de Dios es el perdón, el abrazarme a pesar de decirle que soy un leproso ante quien todo el mundo huye, en cargar sobre sí mis pecados y sanar mis heridas. Sólo así se encuentra la verdadera alegría. El pago del pecado –por mucho que se niegue o se ignore-, es siempre la soledad, la tristeza, el engaño. Aunque uno no quiera reconocer que tiene cáncer no por eso la enfermedad deja de comerlo por dentro. Reconozcamos, pues, nuestro pecado. No es un reconocimiento humillante ni vergonzoso, pues existe el remedio, el médico, el Salvador. Si alguien no sabe reconocer su enfermedad se acaba muriendo, aunque no sepa de qué. No somos amigos de las autopsias, somos entusiastas de la medicina de Aquél que entregó a su Hijo por nuestra Salud.

Hoy mucha gente no reconoce el pecado, anda enferma por el mundo sin darse cuenta de su enfermedad y de lo contagiosa que es. Pidamos a María, nuestra Madre, su Madre del cielo, que se encuentre con cada uno y nos diga: “Hijo, no te veo buena cara. Sonríe y acércate a Aquel que puede sanarte. Y su Hijo nos dirá: “Quiero: queda limpio.

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