Hablamos del Rosario en Sábado

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Job 42, 1 3. 5 6. 12 16

Sal 118, 66. 71. 75. 91. 125. 130

 san Lucas 10, 17-24

50 avemarías forman cada parte del santo rosario; 50 avemarías que son un divino paseo por la vida de Cristo, asidos fuertemente de la mano de la Santísima Virgen. Unidos a Ella, recordamos el gozoso momento en que “el Verbo se hizo carne”, y, paso a paso, la vamos acompañando, con los ojos bien abiertos, a través del gozo de la Encarnación, de los terribles dolores de la Pasión y muerte de su Hijo, y de la gloria que la fue cubriendo por entero desde el domingo de Resurrección. Despacito, sin prisas: no me gustan esos rosarios “de carreras”, en los que el Nombre de Jesús apenas se oye: “benditoeselfrutodetuvientrejesantamaríama…” No diré que sean un insulto, porque se insulta con el corazón, y yo no conozco los corazones; digo que prefiero rezarlo despacio, aunque sin dormirme. El Avemaría es una oración dulce, y cuando se la paladea el alma se llena de ternura. 50 avemarías, rezadas a diario, son una alabanza magnífica y una intercesión poderosísima. Quien reza todos los días el santo rosario recorre tres veces por semana la Vida de Cristo, que es el agua cuyo baño nos purifica. En un mes, la habrás recorrido 12 veces; y, en un año… ¡159 veces! Una persona que recorre la Vida de Cristo 159 veces al año, por fuerza ha de impregnarse del perfume que exhala el evangelio. Aunque no esté totalmente atento, aunque a veces no sepa bien por qué misterio va, aunque a veces ese rosario se haya rezado “a plazos” a lo largo del día (“un misterio aquí, otro allí…”, como sembrando de perlas el transcurso de las horas), estoy seguro de que una persona que ha recorrido 159 veces en un año la Vida de Cristo ha quedado, en mayor o menor medida, “cristificada”: sobre todo si lo ha hecho de la mano de la Virgen, Madre del Salvador y cofre donde se encierran los divinos tesoros del Corazón de Jesús.

50 avemarías… ¡Míralo bien! Si calculas el tiempo que muchos días dedicas a pensar en … nada (mientras viajas en autobús, mientras paseas, en los ratos muertos que mejor estarían vivos) ¡Muchos días pueden ser… 150! ¿Por qué no?

El consenso

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Job 38, 1. 12-21; 40, 3-5

Sal 138, 1-3. 7-8. 9-10. 13-14ab 

san Lucas 10, 13-16

¿Está bien lo del consenso  social como una nueva ley de Dios? Habría que llevarlo a sus últimas consecuencias, pues uno tiene que ser fiel a sus principios. Pondré unos ejemplos.

– Mi parroquia debe tener unos dieciocho mil bautizados, sólo vienen a la Misa dominical unos dos mil: en nombre del consenso suprimiré las Misas y las celebraré cuando tenga nueve mil una peticiones. ¡Qué de fines de semana libre!.

– En mi casa vivimos dos (sin hacer de menos a mi perra, no sea que alguna asociación ecologista me denuncie por “animalofobia”), y el otro día votamos que pagar impuestos no nos aporta nada: Luego, en nombre del consenso, me declaro objetor fiscal y ¡que pague Rita!.

– En este barrio la vivienda ha subido muchísimo. Se construyen un montón de pisos, pero son carísimos para los jóvenes de este barrio. Cuando vengan los nueve mil uno a Misa votaremos la patada en la puerta y de “okupas”: seguro que ganamos la votación y –como es en nombre del consenso-, que se fastidien las constructoras.

– Cuando voy en Metro o en autobús veo a mucha gente nerviosa, seguramente por no poder fumar un cigarrito durante el trayecto. A partir de ahora voy a llevar un montón de papelitos y una urna bajo el brazo y, como salga que sí, a fumar como locos. ¡Que se fastidien los asmáticos y los fumadores pasivos esos!.

– También habría que modificar la futura ley de eutanasia. Vale que haya gente que se quiera morir, pero conozco a bastante más gente que no quiere. Que se prohíba por ley el morirse cuando uno no quiera (ni por supuesto los que le quieren: viva el consenso); ¡Y exijo su cumplimiento!.

Basta de tonterías. “¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en ceniza.” Seguramente por nuestros silencios (el “silencio de los buenos”), tendremos que escuchar estas palabras.

No citaré más por espacio del comentario, pero léete las preguntas de la primera lectura y respóndete si Dios existe por consenso o, como Job, tendrás que decir: “Me siento pequeño, ¿qué replicaré?”

Le pido consejo a nuestra Madre la Virgen (Madre de todos, hasta de los que niegan a Dios, le desprecian o se creen mejor que Él) para elegir adecuadamente.

Los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

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Daniel 7, 9-10. 13-14

Sal 137, 1-2a. 2b-3. 4-5. 7c-8

san Juan 1, 47-51

Debe haber un “gen tecnológico” que se ha desarrollado en estas últimas generaciones. Es asombroso descubrir a un niño de dos años y medio que se maneja como Pedro por su casa entre mandos a distancia y botones de todos los tipos de aparatos. Muchos padres y abuelos se sienten acomplejados cuando ven a criaturas que apenas levantan dos palmos del suelo manejar el video, el DVD y el dichoso ordenador con la soltura de Bill Gates en la época en que tenía que trabajar para ganarse la vida.

Pero cuando el niño introduce el emparedado de mermelada por el hueco reservado a la cinta del video el asunto se complica considerablemente. El sencillo aparato que se maneja con cuatro botones se hace un mundo cuando quitamos cuatro tornillos. Aparecen ante nuestra vista circuitos impresos (recubiertos en este caso de mermelada de frambuesa), cabezales, condensadores, cables e incluso alguna extraña lucecilla que llaman “Led.” Lo mejor es acudir al servicio técnico y que intenten que ese complejo cacharro vuelva a la normalidad de funcionamiento y la sencillez de uso.

“Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes.” Meditar la grandeza de Dios creo que está en desuso últimamente. Tenemos la manía de imaginarnos a Dios Padre como un viejecito barbudo y bonachón que pasea en zapatillas entre las nubes; a Dios Hijo como un predicador en parte apocalíptico y en parte franciscano vestido siempre con túnica y sandalias; y a Dios Espíritu Santo como una paloma de grácil vuelo (justo ahora que quieren que todas las palomas desaparezcan de las ciudades). Con esta mentalidad pensamos que cuando nos presentemos ante Dios será como ir a ver al tío-abuelo del pueblo que pasa los años –verano tras verano-, sacando punta a un palo con una navaja de Albacete. Como el niño con el video: cuando empiece Dios a hablarnos le controlaremos dando al “stop” y nos dedicaremos a dar una vuelta por el cielo curioseando en todos los rincones.

“Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.” Celebrar hoy la fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael nos recuerda la grandeza de Dios, su señorío y excelencia y, al tiempo, nuestro ser de criaturas. Hoy en muchas predicaciones se darán tres mil requiebros para no admitir la existencia de los arcángeles, se harán piruetas dialécticas para negar su presencia y su acción pues nos recuerdan que nosotros no podemos dominar a Dios.

Sin embargo celebrar la existencia de los santos arcángeles, nuestro ser de criaturas y la inconmensurable grandeza de Dios nos debería llenar de alegría. “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.” Dios se fija en nosotros no por nuestra capacidad o porque “nos admire o le asombremos.” Se fija en nosotros porque nos quiere pues somos suyos. Cuanto más meditemos en la grandeza de Dios más cuenta nos daremos de su misericordia, de la grandeza de su amor, de la maravilla de poder relacionarnos con él.

Santa María comprendía la grandeza de Dios, por eso no tiene reparo en decir que el “Señor había mirado la humillación de su esclava.”Tú y yo no debemos intentar dominar a Dios, dejémosle ser grande.

Ser cristiano…

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Job 9, 1-12. 14-16

Sal 87, l0bc 11. 12-13. 14-15 

san Lucas 9, 57-62

Si ser cristiano consistiera, simplemente, en creer una serie de verdades o en tomar una determinada postura ante la vida y sus problemas… Si ser cristiano fuera estar inscrito en un libro de bautismos o pensar de un modo concreto… Si ser cristiano fuera abrir un libro de vez en cuando y musitar unas palabras… Si ser cristiano fuera deleitarse escuchando sermones o decir cosas bonitas y piadosas… Entonces, se podría ser cristiano desde un sillón. Sé que hay quien cree que lo ha conseguido, pero es probable que ese tal aún no haya leído el evangelio de Lucas. En el evangelio de Lucas, la vida pública de Cristo es una marcha sin descanso, una peregrinación hacia Jerusalén, donde, en la cima del Monte Calvario, se abrirá la puerta del Cielo, meta y hogar del desterrado. Jesús es alguien que pasa, y pasa de camino, invitando a quienes encuentra a caminar con Él. Los mirones y poetas quedarán condenados a verle pasar de largo, y un “hermoso” recuerdo de Aquel que un día les llamó será la más dura denuncia de sus propias cadenas. Sólo los caminantes, los que desean llegar a un sitio y están dispuestos a darlo todo en el camino, pueden seguirle.

El sillón no es buen pupitre para el discípulo de Jesús de Nazareth. Hoy te copio tres advertencias, hechas por el Señor “sobre la marcha”, a tres candidatos a cristiano que podemos ser tú, yo, y el otro (algún otro habrá):

“Las zorras tienen madriguera y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Para el camino, te sobran los apegos a comodidades de este mundo. Toma agradecido lo que venga, y estate dispuesto a pasar sin nada, como Yo.

“Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Te sobran los miedos. Si me sigues, tienes Vida eterna, y no debes temer la muerte para ti ni para los tuyos. Deja que teman la muerte quienes han rechazado la Vida: ellos deben enterrarse, no tú.

“El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”: te sobran los lamentos por aquello a lo que renunciaste. Alza la mirada al frente, y tras el Calvario descubrirás tu Hogar. Lo que dejaste atrás ya no te hace falta, y pensar en ello sólo aumentará tu fatiga.

Pedimos a la Virgen que nos de un corazón grande, unos pies ligeros, y, sobre los hombros, no más peso que el del suave Yugo y la ligera carga que Jesús ha posado sobre cada uno de nosotros.

Cuando la vida carece de sentido

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

 Job 3, 1-3. 11-17. 20-23

Sal 87, 2-3. 4-5. 6. 7-8  

san Lucas 9, 51-56

Maldice Job el día en que nació, y se desea la muerte. Apenas unos días atrás, era el hombre más feliz del mundo: riquezas, salud, una mujer fiel, unos hijos obedientes y piadosos… Y, de repente, con la rapidez con que ataca el rayo, todo lo pierde: pierde las tierras, pierde el ganado, mueren sus hijos, contrae la lepra y su mujer se vuelve contra él…

No le queda nada. Sus propios amigos le reprochan que algún pecado ha sido la causa de su desgracia… Nadie le comprende, y todas las puertas se cierran ante él. Ya no tiene a dónde ir, no sabe dónde poner sus pies, y se ahoga en su propio sufrimiento: “no encuentra camino porque Dios le cerró la salida”. La única escapatoria es la muerte, pero la muerte no llega: “ansía la muerte que no llega, y escarba buscándola, más que un tesoro”. Yo he conocido a personas así: todas las puertas se han cerrado, todos los asideros humanos han desaparecido, y la vida ya carece de sentido para ellos: sólo les cabe esperar el descanso de las tinieblas.

Detengámonos por un momento, y levantemos la mirada al Crucifijo que hay sobre estas líneas: ¿No es eso precisamente de lo que estoy hablando? ¿No es ése el lugar desde el que llora Job, y desde el que lloran y han llorado tantos hombres?: “Deshecho de los hombres, varón de dolores, experto en sufrimientos” (Is 53, 3). Expulsado de la tierra como blasfemo, abandonado de sus amigos, y aún no admitido en el Cielo: todas las puertas están cerradas, y parece que las tinieblas se lo tragan; y, con todo, no había pecado en Él. Es de carne, como Job, como tú y como yo, sufre como nosotros, sangra como nosotros, llora como nosotros, suda como nosotros… Sigue mirándole: ¿No es Él la puerta abierta para Job, para ti, para mí, y para cualquier persona que padezca? ¿No se ha hecho Dios encarnado presente en el Reino de las tinieblas para que los hombres encontremos, cuando todas las puertas se cierran, el más divino pórtico (“la puerta estrecha”) abierto a la luz de la dicha eterna? Hoy nos lo dice, en el evangelio, el mismo Señor: “El Hijo del hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos”: a salvarlos perdiendo Él la vida. Así de grande es el Amor de Dios.

¿Sufres? Mírale: escucha cómo te dice: “Yo sufro lo mismo que tú, pero con más dolor… ¿Quieres hacerme compañía?” Abrázate a Él, y verás con qué luz tan intensa tu llaga se vuelve una “dulce herida de Amor”. Mira a los ojos de la Virgen, fiel al pie de la Cruz, y descubre por qué Dios permitió el sufrimiento en tu vida: ¡Todas las puertas (las del Cielo) están abiertas de par en par! ¡Antes era cuando estaban cerradas! ¿Alguna vez habías sido más amado?

Lo que nos aparta de Dios

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Job 1, 6-22

Sal 16, 1. 2-3. 6-7  

“Un día, fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satanás.

El Señor le preguntó: -«¿De dónde vienes?» Él respondió: -«De dar vueltas por la tierra.»

El Señor le dijo: -« ¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal.» Satanás le respondió: -« ¿Y crees que teme a Dios de balde? ¡Si tú mismo lo has cercado y protegido, a él, a su hogar y todo lo suyo! Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se ensanchan por el país. Pero extiende la mano, daña sus posesiones, y te apuesto a que te maldecirá en tu cara. » El Señor le dijo: -«Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques. » Y Satanás se marchó.” Comenzamos a leer el libro de Job, el de la paciencia, del que tanto se habla y tan poco se conoce. Es Satanás, el acusador, el que le complica la vida al santo Job. Satanás siempre está acusando. Nos repite a la oreja: No vales, eres malo, no haces las cosas bien, sin esto no puedes vivir, sepárate de tu mujer, no hagas tanta limosna, guarda un poco de tu tiempo para descansar,… Siempre está ahí, fastidiándolo todo. Job se queda sin bienes, sin familia, casi sin amigos. Se convierte en un maldito, en un rechazado de Dios para los demás. Pero “a pesar de todo, Job no protestó contra Dios.”

Y es que Job entiende algo muy importante. Dios no nos mira con los ojos de Satanás. No nos acusa ni nos valora según nuestros criterios. Como Dios sabe que nos lo ha dado todo y podemos perderlo todo su juicio sobre nosotros es el contrario al acusador. «El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mi; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante.» Para Dios sigue siendo importante, un siervo bueno, aunque ya no tenga su hacienda ni su prestigio a los ojos de los hombres. Dios se resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes.

Por eso a la hora de tomar una decisión en nuestra vida, en el momento de valorar nuestra situación actual o calificar un acontecimiento que nos ha ocurrido, debemos preguntarnos si eso nos aparta de Dios. Si la respuesta es que no nos aparta del Señor, ten paz y sigue adelante, tal vez vivas económicamente peor, pero serás más humano y más divino.

Las decisiones que Santa María y San José tuvieron que tomar en su vida no fueron fáciles. Su único criterio era no separarse de Dios hecho niño. Que tampoco a nosotros ninguna situación externa nos aparte del amor de Dios. Y cuando venga el acusador mándalo a paseo.

Entre el cielo y la tierra

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Entre el cielo y el infierno hay un abismo inmenso que nadie puede salvar. En cambio entre el cielo y la tierra no. Es decir, la felicidad es algo que se me ofrece y que yo elijo ya en esta tierra. El cielo y el infierno lo elijo yo con mis acciones.

Esta es la gran lección de estos dos personajes de la parábola de este domingo. Lázaro y el rico elijen aquí lo de allí. La misericordia con los demás es la que me hace alcanzar misericordia a mí como dice una de las bienaventuranzas. Así nos lo recordaba Benedicto XVI en uno de sus ángelus:

El rico personifica el uso injusto de las riquezas por parte de quien las utiliza para un lujo desenfrenado y egoísta, pensando solamente en satisfacerse a sí mismo, sin tener en cuenta de ningún modo al mendigo que está a su puerta. El pobre, al contrario, representa a la persona de la que solamente Dios se cuida: a diferencia del rico, tiene un nombre, Lázaro, abreviatura de Eleázaro (Eleazar), que significa precisamente “Dios le ayuda”. A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor. La narración muestra cómo la iniquidad terrena es vencida por la justicia divina: después de la muerte, Lázaro es acogido “en el seno de Abraham”, es decir, en la bienaventuranza eterna, mientras que el rico acaba “en el infierno, en medio de los tormentos”. Se trata de una nueva situación inapelable y definitiva, por lo cual es necesario arrepentirse durante la vida; hacerlo después de la muerte no sirve para nada.

El deseo de Dios es claro: ¡Que me salve! Pero lo he de elegir. El cielo se elige ya en la tierra. Lo que nos entorpece en esta elección es la dureza de corazón. No nos tomamos en serio la revelación. Y el Señor es muy claro: Si no creen a Moisés y los profetas no creerán aunque resucite un muerto. Se trata de un camino de confianza. Jesús nos introduce en su lógica de la fe: fiarnos de la revelación y, por tanto, del testimonio de otros.

Toda la revelación consiste en la manifestación de esa elección. La salvación es un don que se e ofrece pero como todo don ha de ser acogido. San Juan Pablo II nos lo recordaba en el año 1999 en una de sus audiencias haciendo una aplicación práctica de esta parábola:

Por eso, la «condenación» no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La «condenación» consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

Pongámonos en este año de la Misericordia que nos ha regalado el Papa Francisco ante la presencia de Dios y supliquemos al Señor el don de la conversión. Hagamos nuestra esta oración de San Agustín en uno de sus comentarios:

Cuando esta vida haya transcurrido, no habrá lugar para la corrección. Esta vida es como un estadio; o vencemos en él o somos vencidos. ¿Acaso quien ha sido vencido en el estadio busca luchar fuera de él aspirando a la corona que perdió? ¿Qué hacer, pues? Si hemos sentido temor, o terror, si se estremecieron nuestras vísceras, cambiémonos mientras es tiempo. Este es el más fructuoso temor.

María concédenos la gracia de entender la unidad del cielo y la tierra.

¿Hablamos el mismo idioma?

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¡Cómo cuesta tragar la cruz! Cómo nos cuesta entrar en la escuela de la cruz. Es muy fácil acompañar al Señor en sus momentos de gloria. Es más fácil subir con Jesús al monte de la Transfiguración que subir al monte Calvario. Es más fácil ir con Jesús a la multiplicación de los panes y los peces que ir a la cruz. De hecho al calvario le acompañaron muy pocos.

Los criterios de Jesús nos cuesta entenderlos. Así les sucedía a los apóstoles. Sabían que era el Mesías pero no entendían el modo en que Jesús era Mesías. Y Jesús lo sabe. El reconoce que aceptar la cruz no es inmediato. Reconoce que hay que esforzarse, que cuesta. Por eso les dice: Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres. Pero ellos, dice el evangelista, no entendían este lenguaje.

A los apóstoles les cuesta entender el lenguaje de Jesús. ¿Cuál es este lenguaje? ¿En que idioma habla Jesús?

Jesús no tiene otro idioma que el de la caridad. Sólo habla con el lenguaje de la entrega, el del servicio, el del amor.

No nacemos hablando ¿verdad? Tampoco nacemos entendiendo este lenguaje de la entrega. Del mismo modo que tenemos que aprender a hablar, así también, tenemos que aprender a entregarnos.

Para poder aprender este idioma Jesús nos muestra un camino lleno de prácticas. Nos lo enseña con sus acciones: tiene compasión con los pobres y necesitados; se acerca al que sufre en el cuerpo o en el alma; se abaja y arrodilla para lavar los pies a sus discípulos; no tiene tiempo para sí; pasa las noches enteras en oración; está preocupado constantemente de las necesidades de los demás; no se reserva nada; lo da todos hasta el punto de poder decir en la cruz: Consumatum est (Todo lo he cumplido).

Entrar en la amistad con Jesús es entrar en su lógica y hablar el mismo lenguaje. De lo contrario nunca nos entenderemos…

Que la Virgen María que se entendió con Él de maravilla porque hablaban el mismo idioma nos conceda ser alumnos aventajados en esta escuela.

¿Quién es Jesús?

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿Quién es Jesús? La pregunta por la identidad del Nazareno para unos, o el galileo, para otros, es de vital importancia. Jesús no es un hombre cualquiera. Ante el Misterio de Jesús hay que tomar partido.

El evangelio de hoy nos habla de dos modos de acercamiento a la persona de Jesús. Según sea este será nuestra vida cristiana. Estos dos caminos para acercarnos a Jesús son la opinión y la experiencia.

Por medio de los dos podemos saber algo acerca de Jesús pero no son de la misma importancia. No es lo mismo tener opinión de Jesús que tener experiencia de Jesús.

El Maestro pregunta primero por la opinión: ¿Quién dice la gente que soy yo? La respuesta es muy variada, como variadas son las opiniones. Pero a Jesús le importa más la segunda pregunta: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Los discípulos no pueden pensar lo mismo que el resto de la gente porque su relación con Él es distinta al del resto de la gente. Ellos son dichosos porque ven lo que no ven los demás. Son dichosos porque viven una intimidad singularísima con el Maestro. Son dichosos porque viven con Él.

Los discípulos no pueden tener una mera opinión acerca de Jesús porque ellos tienen experiencia de Él. Pedro tomará la palabra y en nombre de todos hará una confesión de fe: Tu eres el Mesías, el Cristo.

La experiencia que tienen de Jesús es extraordinaria, por eso, movido por inspiración divina reconoce en Jesús al enviado, al que cumple todas las promesas. Reconoce en Jesús al Cristo. Pero ahora Jesús da un paso más. Completa la experiencia que tienen con la revelación. Jesús les manifiesta el modo en que Él realiza su mesianismo: el de la cruz.

La clave de interpretación del misterio de Jesús no es otro sino el de la cruz. Jesús es Mesías pero siervo, es rey pero coronado de espinas, es maestro pero servidor.

Quizás hoy sea el momento de preguntarme cual es el modo de mi acercamiento a Jesús. ¿Tengo opinión o experiencia de Jesús?

Que María nos ayude a buscar al Jesús para contestarle desde nuestra relación íntima con Él.

¿Tengo ganas de ver a Jesús?

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Herodes tenía ganas de ver a Jesús pero ¿por qué? Por mera curiosidad. A lo largo del Evangelio aparecen muchos personajes que quieren ver a Jesús, que tienen ganas de verle…

Con ese deseo comenzó la amistad de Juan y Andrés: Maestro, ¿Dónde vives? Y les contestó: Venid y lo veréis. De esa visión nació una vida nueva. Se quedaron con El para siempre.

Nicodemo, el maestro de la ley, también tenía ganas de verle pero no se atrevía a ir de día y le buscó de noche. De esta visión también nació el discipulado. Al final del evangelio dio la cara por Jesús.

Justo antes de entrar en la Pasión se acercan unos griegos a los apóstoles con un deseo: Queremos ver a Jesús…

Herodes sólo quería verle, en cambió los demás personajes además querían escucharle. No era una mera curiosidad sino la búsqueda de la plenitud de vida. Ver y escuchar son dos realidades que han de ir unidas en la fe.  Así nos las presenta el evangelista que siguió a Jesús después de verle y escucharle. El papa Francisco nos lo recordaba en su encíclica sobe la fe:

La conexión entre el ver y el escuchar, como órganos de conocimiento de la fe, aparece con toda claridad en el Evangelio de san Juan. Para el cuarto Evangelio, creer es escuchar y, al mismo tiempo, ver. La escucha de la fe tiene las mismas características que el conocimiento propio del amor: es una escucha personal, que distingue la voz y reconoce la del Buen Pastor (cf. Jn 10,3-5); una escucha que requiere seguimiento, como en el caso de los primeros discípulos, que « oyeron sus palabras y siguieron a Jesús » (Jn 1,37). Por otra parte, la fe está unida también a la visión. A veces, la visión de los signos de Jesús precede a la fe, como en el caso de aquellos judíos que, tras la resurrección de Lázaro, « al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él » (Jn 11,45). Otras veces, la fe lleva a una visión más profunda: « Si crees, verás la gloria de Dios » (Jn 11,40). Al final, creer y ver están entrelazados: « El que cree en mí […] cree en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado » (Jn 12,44-45). Gracias a la unión con la escucha, el ver también forma parte del seguimiento de Jesús, y la fe se presenta como un camino de la mirada, en el que los ojos se acostumbran a ver en profundidad. Así, en la mañana de Pascua, se pasa de Juan que, todavía en la oscuridad, ante el sepulcro vacío, « vio y creyó » (Jn 20,8), a María Magdalena que ve, ahora sí, a Jesús (cf. Jn 20,14) y quiere retenerlo, pero se le pide que lo contemple en su camino hacia el Padre, hasta llegar a la plena confesión de la misma Magdalena ante los discípulos: « He visto al Señor » (Jn 20,18). (LF. 30)

Y yo ¿tengo ganas de ver a Jesús? ¿Y de escucharle?

Pidamos a la Mujer con más visión que nos conceda la gracia de ver y escuchar a Jesús para que nuestra vida sea algo grande y bello.

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