Pedir en nombre de Cristo

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Mañana celebraremos la solemnidad de la Ascensión. Jesús, en el evangelio dice a sus apóstoles  “hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre“. En efecto, los apóstoles le habían pedido cosas a Cristo, pero no habían aprendido a pedir en nombre de Cristo. Jesús, con su subida al cielo abre el acceso al Padre.

Por otra parte, el libro de los Hechos narra los inicios de la Iglesia, en los que comienzan a cumplirse las palabras del Señor. Jesús está en el cielo, pero actual en su Iglesia. Lo que va sucediendo en el mundo es porque el intercede por nosotros ante el Padre y mueve el corazón de sus discípulos. Contemplar el misterio de la Ascensión nos lleva también a admirarnos ante el misterio de la Iglesia. Jesús en el cielo, pero no lejos de nosotros. Por eso durante la Pascua leemos tantos textos del libro de los Hechos.

Hoy en la primera lectura encontramos a Apolo. Este personaje es famoso, sobre todo, porque san Pablo se refiere a él en la carta a los Corintios. En aquel texto se nos recuerda que había varias facciones en la comunidad cristiana de Corinto y se habla de los seguidores de Pablo, de los de Apolo… Si sólo tuviéramos aquella referencia pensaríamos un poco mal del tal Apolo.

Pero en la primera lectura de hoy se nos dan más datos de este hombre. Se trata de una persona ilustrada procedente de Alejandría, que era famosa por su escuela filosófica. Apolo era un entusiasta que triunfaba cuando hablaba. Seguramente la gente le escuchaba con gusto y debía ser brillante en sus exposiciones. La lectura nos indica que Apolo no conocía perfectamente el camino del Señor, pero que cuanto sabía lo explicaba con exactitud. Estamos ante un hombre que sabe cosas, pero que no conoce todo. Me gusta el detalle de que Aquila y Priscila, a los que ya encontramos el otro día, lo tomaran por su cuenta y le acabaran de explicar el camino de Jesús. No lo rechazan, ni sienten envidia. Por el contrario ven en él una persona que puede servir a la Iglesia y le ayudan a completar su formación. Ellos mismos lo recomiendan para que sea bien recibido en Acaya.

Después Apolo desarrollará una importante labor apostólica que, señala Lucas, fue posible “con la ayuda de la gracia”. Ese punto nunca podemos olvidarlo. Dios se vale de nuestras cualidades naturales y nosotros hemos de aprender a reconocerlas en los demás. Lo importante es poner todos nuestros dones al servicio de Dios. Y, cuando lo hacemos, no hemos de olvidar que seguimos necesitando de la ayuda de la gracia. Con nuestras solas fuerzas tampoco conseguiríamos nada. Es Dios quien ha de fecundar todas nuestras acciones.

Algunos autores se han fijado en la importancia que tuvo para la Iglesia el encuentro de la filosofía griega con el Evangelio. Apolo sería un ejemplo de ello. De hecho, también en teología, sobresalió en los primeros siglos la escuela alejandrina. No se puede despreciar nada bueno de lo que hay en el mundo. Aquila y Priscila, nos dan ejemplo de ello. Todo lo bueno ha de ser ordenado a Dios, pero hay que tener una mirada limpia y libre de prejuicios para reconocerlo.

De Apolo no sabemos mucho más, pero queda para nosotros como un ejemplo de uso de la razón al servicio de la fe. También reconocemos en él como todos los dones naturales alcanzan su perfección cuando se ofrecen al Señor.

Jesús nos acompaña desde el cielo. Que nosotros sepamos también ordenar todas las cosas de nuestra vida hacia él.

De la tristeza a la alegría

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Jesús compara la alegría del cristiano al nacimiento de un hombre. Normalmente el parto va acompañado de grandes dolores pero, cuando la mujer tiene entre sus brazos al fruto de sus entrañas, la alegría hace olvidar el sufrimiento. Hoy muchas mujeres pueden reducir esos dolores gracias a la anestesia peridural. Ha sido un gran avance que ahorra dolores.

Jesús, al hablar de su partida, es consciente de que sus discípulos van a experimentar tristeza, pero no quiere que se ahoguen en ella. Siempre que nos falta aquello que amamos nuestro corazón experimenta dolor. A veces el dolor queremos olvidarlo y buscamos compensaciones. Sin embargo, como notaba san Agustín, cuando intentamos llenarnos de cosas que no nos ofrecen la verdadera alegría, nuestro corazón cada vez está más triste. Jesús ofrece a sus apóstoles un consuelo que no les aparta de la verdad. No les pide que en su ausencia vayan detrás de otro o que intenten olvidarle para que su corazón se apacigüe. Lo que les indica es que mantengan la esperanza, porque Él ha de volver.

Sin la esperanza nuestra vida en este mundo sería muy difícil. Podríamos dejarnos arrastrar por el pesimismo y caer en la apatía; también podríamos vivir una especie de “nihilismo no trágico”. Este se da cuando no se espera que suceda nada verdaderamente importante pero, a pesar de ello, se vive con total indiferencia, abstraídos por los placeres o la búsqueda constante de sensaciones. En este segundo caso, como también señalaba san Agustín, no podemos evitar el temor. Por eso existe el miedo a estar solos, a perder las amistades (que a veces no lo son), a no disfrutar de la comodidad…

La perspectiva que Jesús nos abre es muy distinta. Nos promete una alegría que nadie nos podrá quitar. Esa alegría es eterna. En cuanto nos damos cuenta de que el Espíritu Santo nos une a Dios y nos hace participar del amor eterno de Dios nuestra vida deja de convertirse en una amenaza continua y se acaba el miedo. La alegría que Jesús nos promete ya podemos experimentarla ahora. San Agustín señala que el mismo amor que se nos promete en la eternidad nos es participado ahora por el don del Espíritu Santo. No se trata de dos realidades distintas. Lo que sucede es que en la eternidad gozaremos plenamente de ese amor, ahora aún no. Pero el amor es el mismo: el Espíritu Santo. Con su ayuda podemos vivir intensamente cada día y superar todas las dificultades y angustias.

Amemos la verdadera alegría; no dejemos que las falsas alegría ocupen nuestro corazón. Igual hemos de pasar por momentos de tristeza, pero nos consuela la promesa de Jesús, en que volverá y ya no habremos de preguntarle nada porque nos lo dará todo.

Tristeza que se troca en alegría

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La primera lectura narra el encuentro de Pablo con Águila y Priscila. Tuvo lugar en la ciudad de Corinto. Este matrimonio, que había huido de Roma, colaborará intensamente con Pablo en la predicación del Evangelio. Este primer hecho ya nos invita a pensar en la importancia de conocer y trabar relación con otros cristianos, aunque nuestros orígenes sean muy diferentes. Con ellos vivía y trabajaba. Más adelante encontraremos a ese matrimonio en otros menesteres apostólicos. Pero es bueno darse cuenta de que la relación entre ellos era intensa.

Pablo trabaja y parece que, cuando llegan Silas y Timoteo, sus colaboradores, puede disponer de más tiempo libre y se dedica con más intensidad al apostolado. Sea lo que fuere lo que vemos es que la presencia de sus amigos le resulta de ayuda para la misión. No debemos despreciar este hecho. He conocido a varios obispos que, durante sus vacaciones, visitan a los misioneros de sus diócesis. Y también algunos misioneros me han contado el bien que les hacen esas visitas al sentirse apoyados por su pastor. Siempre hemos de sentirnos unidos a toda la Iglesia, ver como ella nos sostiene y aprovechar el gran don de la amistad con la gente buena. Ello nos robustece la fe, nos educa, y nos da mayor fuerza para el apostolado.

Por otra parte, en el Evangelio Jesús nos habla de tristeza y de alegría. Están tristes los apóstoles porque el Señor se va. Su partida va acompañada de una cierta alegría del mundo, que se gloría en sus pecados contento por tener lejos a Dios. Pero cuando los apóstoles reciban el Espíritu Santo sentirán una alegría incomparable que no podrían encontrar en ningún bien de este mundo.

El Señor habla un lenguaje difícil de entender. Señala que se va, pero que pronto lo volverán a ver. Se refiere a su muerte y sepultura y también a su resurrección y asecnsión al cielo. Hay un momento de partida que es de tristeza, porque el Señor muere en la cruz y es sepultado. Hay otra despedida en la que Jesús subirá al cielo, como celebraremos el próximo domingo, para culminar nuestra redención. Ambos “distanciamientos” eran necesarios para nuestra salvación y Jesús los realiza movido por su amor al Padre y a los hombres.

Lo que Jesús señala respecto de su partida lo podemos aplicar a muchos momentos de nuestra vida. No son pocas las ocasiones en que el mundo, aparentemente, ha triunfado sobre los cristianos y se ha alegrado por ello. Sin embargo, nosotros tenemos la certeza de que Jesús ha vencido y nuestra alegría está más allá de las contrariedades de un momento, por grandes que sean. Hay que recordar estas palabras del Señor para que el abatimiento nunca pueda con nosotros. Siempre, más allá de la oscuridad, si permanecemos fieles, el Señor se nos manifiesta y la alegría es más grande. Que el Señor nos conceda la alegría del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo nos va instruyendo

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A veces queremos saberlo todo de golpe, pero eso no siempre es bueno. En el Evangelio el Señor anuncia que no puede explicárselo todo a sus apóstoles en aquel momento porque no podrían cargar con ello. El motivo de la reserva del Señor no hay que buscarlo en que Él no quiera decirnos algo, sino en nuestro bien. Ayer, mientras preparaba este comentario, veía las imágenes del último atentado perpetrado en Manchester. ¿Cómo comprender tanta violencia terrorista? Lo primero fue la oración por las víctimas y por sus familias. Que el Señor derrame sobre ellos su consuelo; que no les falte la compañía de las familias; que sean sostenidos en la esperanza por la solidaridad de todos.

También he pedido  por la conversión de los que han elegido ese camino criminal. Y, finalmente, también la petición a Dios, de que nos ayude a comprender lo que parece ciega locura; de que no deje que esa lógica violenta nos lleve a pensar como ellos y a olvidar que el amor es más fuerte que el amor.

Entonces he sentido que las palabras de Jesús no se refieren sólo a una luz intelectual por la que se nos hacen más inteligibles los misterios de la fe. El cardenal Newman, en Apologia pro vita sua, hablando del dogma de la infabilidad se refiere a aquellos que tienen prisa por que la Iglesia acepte una doctrina o condene algo. Desde sus conocimientos de la historia argumenta señalando que hay que estar dispuesto a aceptar los tiempos de Dios, porque Él sabe lo que es más conveniente para el hombre. Como el Espíritu Santo guía a la Iglesia, esta tiene sus tiempos y va explicitando en su magisterio los contenidos de la revelación. Siempre es para el bien del hombre. Por eso algunas verdades han tardado tanto tiempo en ser definidas de modo solemne.

Sí, eso es verdad. Pero el Espíritu Santo nos va conduciendo hacia la verdad plena también de otra manera, que es mediante la respuesta del amor frente al mal, del perdón al odio, de la verdadera fraternidad frente a los que intentan eliminar al diferente. El Espíritu Santo nos va conduciendo a responder desde el amor de Cristo, el que contemplamos en la Cruz y que él no deja de comunicarnos. También en eso el Señor tiene su tiempo y hemos de pedir al Señor que no decaigamos por el camino. ¡Necesitamos tanto de su presencia!

El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo. Él es Dios. También se le conoce como Amor. Jesús nos da su amor, para que sigamos dando testimonio de él en medio de un mundo que, con frecuencia, no lo conoce. Atentados como el de Manchester nos hielan el corazón. Parece como si la pasión y resurrección de Cristo no hubieran valido para nada. El mal sigue presente, la violencia no decrece y el odio sigue anidando en muchos corazones. Una mirada más profunda y un corazón más abierto al Señor nos muestra en qué ha consistido la victoria de Cristo. Sabemos que ese mal no tiene la última palabra y que el amor puede vencer en nuestros corazones y en los de los demás hombres. Sabemos, desde Cristo, que es posible un mundo en justicia y paz; que Cristo no murió en vano.

Por eso pedimos por las víctimas; por los que lloran desconsoladamente; por los que se desaniman ante el terrorismo;… a unos el amor de Dios los llevará junto a sí, a otros les dará consuelo, a otros les hará crecer en la esperanza; a nosotros nos impulsa a seguir fieles a Cristo. Nos lleva a la verdad plena de su conocimiento, pero también a la verdad plena de nuestro discipulado. Por eso le pedimos que venga a nosotros y que no deje que la mentira del mal nos confunda ni nos asuste. Le pedimos que su fuerza nos lleve hasta el final en el amor de Cristo.

 

Preparando la fiesta de la Ascensión

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Los apóstoles se entristecen al decirles Jesús que se va. Sucede algo curioso: el Señor anuncia su marcha pero nadie le pregunta adónde va. Esto nos da una idea de la tristeza tan grande que embargaba a los apóstoles. Perder el Señor, para ellos, suponía perderlo todo. ¿También para nosotros?

Pero al margen de la sorpresa de los apóstoles está el hecho de que Jesús va a irse por nuestro bien. Sube al cielo con el fin de podernos enviar el Espíritu Santo. La venida del Defensor va unida al hecho de que Jesús se vaya. La venida del Espíritu Santo va a suponer tres cosas. Por una parte dejará en evidencia el pecado, ya que la efusión del Espíritu Santo va a probar la divinidad de Jesucristo a través de las obras de la Iglesia. También de una justicia, porque Jesús sube junto al Padre y en su humanidad glorificada recibe todo poder. El que ha sido maltratado en este mundo y considerado como pecador recibe junto al Padre todo el honor que le corresponde. Finalmente la venida del Espíritu Santo testimonia que el Príncipe de este mundo ya ha sido vencido y condenado para siempre.

Jesús, pues, se va, para que su salvación pueda alcanzar a todos los hombres. Se completa así el misterio pascual en el que hemos vivido la muerte de Jesús por nuestros pecados y nuestra justificación gracias a su resurrección. Por eso Jesús va junto a Padre. Por ello, aunque sintamos la tristeza por no tener físicamente al Señor junto a nosotros, sin embargo estamos alegres por su glorificación y todos los bienes que ello supone para nosotros. Es bueno pensarlo mientras nos preparamos para celebrar su Ascensión a los cielos.

En la primera lectura se nos muestra la transformación operada por los apóstoles. Una vez más encontramos el testimonio de que todo lo que decía Jesús se cumple. Pablo y Silas, encarcelados, cantan himnos. Seguros de la victoria de Jesucristo no dejan que los cepos que les aprisionan apaguen su esperanza y por eso invocan al que nunca defrauda. Las puertas de la cárcel se abren y sin embargo los presos no abandonan la celda. Una vez más descubrimos que todas las cosas suceden en el mundo para la gloria de Dios.

Si el carcelero hubiera encontrado la cárcel vacía quizás hubiera pensado que los amigos de Pablo y Silas, muy bien organizados, les habían liberado. Pero los presos estaban dentro. Aquel hecho extraordinario lo llevó a pasar de la tentativa de suicidio a la conversión. Comprendió que aquellos hombres conocían una salvación que era mucho más grande que estar fuera de una cárcel. Incorporado a la Iglesia conocía una alegría inesperada, que se manifiesta en la fiesta familiar que organiza en su casa. Ahora ya no ha de temer nada, porque ha conocido a Aquel que siempre está con nosotros y llena totalmente nuestro corazón.

Espíritu de la verdad

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La semana pasada tuvimos confirmaciones en la parroquia. Esta vez fueron 12 jóvenes de unos 16 años. A veces, en la catequesis, he pensado si los muchachos o adultos estaban suficientemente preparados para los sacramentos y eso me ha angustiado un tanto. Sin embargo, cada vez crece más la convicción, si hay buena disposición por parte de los candidatos, que la preparación es algo que se nos da con el sacramento. Es lo que hoy leemos en el evangelio. Jesús promete su Espíritu Santo. Este dará testimonio de Él, pero también capacitará a los apóstoles para que sean testigos.

Sabemos poco del Espíritu Santo, pero, por las palabras que hoy leemos, lo que parece más importante es dejarse instruir por Él. Aunque para nosotros sea muy desconocido nos es imprescindible para conocer la verdad. Jesús nos va instruyendo en algunos aspectos para que conozcamos su importancia y, sobre todo, para que deseemos recibirlo.

Hoy se nos presenta como “Paráclito” y como “Espíritu de la verdad”. Ambas cosas van unidas. El Espíritu defiende la verdad del Hijo. Han existido, y sigue sucediendo, muchos errores en el conocimiento que los hombres tienen del Señor. Al intentar comprenderlo nuestro entendimiento tiende a reducir el misterio de Jesucristo. Las herejías cristológicas suponen un recortar atribuciones al Señor. Como su divinidad es un abismo para nosotros, y sobrepasa nuestra capacidad, al querer entenderlo del todo lo que hacemos es reducirlo. El Espíritu Santo, que mueve a la Iglesia e inspira a sus pastores, ha salido en defensa del Hijo. En concilios y declaraciones magisteriales se ha salvado la integridad del Hijo frente a doctrinas erróneas.

Pero no debemos pensar sólo en esa actuación solemne del Espíritu Santo. Podemos entender que Jesús quiere que también de una manera personal el Espíritu Santo ilumine a cada uno de los fieles. San Agustín en una homilía señala que no todos los que le escuchan saldrán de la iglesia igualmente instruidos. Y dice que la diferencia está en el maestro interior. Sin ese maestro la doctrina que escuchamos, por muy elevada que sea y bien expuesta que esté, no sirve de mucho. El maestro interior es el Espíritu Santo, que coloca nuestro corazón en sintonía con la verdad de Dios.

Ese Espíritu que da testimonio de Jesús nos prepara también a nosotros para ser testigos suyos. Sólo si somos instruidos de lo alto, y fortalecidos interiormente con los dones de la gracia, podemos hablar verdaderamente de Jesús. Hacerlo con nuestras fuerzas significaría minimizarlo, porque Él es mucho más grande, es Omnipotente e Infinito.

Pero en las palabras de Jesús hay también una invitación a la confianza. Anuncia a sus apóstoles el socorro del Espíritu Santo para que no se tambaleen cuando aparezcan las dificultades y persecuciones. Tienen una gran misión por delante, pero tienen una asistencia que nunca falla, la del Espíritu Santo. Aprendamos a invocarlo y a estar dispuesto a recibir sus mociones.

Lo que transforma nuestra vida

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 8;5-8.14-17; Sal 65; 1 Pe 3,15-18; Ju 14,15-21

Porque, si no es así. ¿de qué sirve todo lo nuestro? Serían meras palabrinas. El gentío escuchaba a Felipe en la ciudad de Samaría porque había visto con sus ojos los muchos signos que hacía. Escuchaban, pues, porque veían en él algo nuevo, quizá extraño, pero que les llamaba poderosamente la atención. Algo que conmovía a quienes, por ello, le prestaban su atención. Signos de vida, signos de curación. No encantamiento de serpientes, sino palabras que veían tras los signos de su vida. Y todavía faltaba lo esencial, pues solo estaban bautizados con agua en el nombre del Señor Jesús: que los fieles recibieran el Espíritu, para lo cual bajaron a esa ciudad Pedro y Juan, los dirigentes de la comunidad primera, la de Jerusalén. El bautismo de Juan había calado. Bautismo de conversión de los pecados, es verdad que hecho ahora en el nombre del Señor Jesús, pero carecían todavía de algo esencial, la venida del Espíritu a ellos por la imposición sacramental de las manos. Faltaba el tocamiento último, la palabra hecha carne en ellos se hace ahora carne salvada en Cristo por el Espíritu. Todavía encontraremos acá y allá en el libro de los Hechos creyentes que digan: no sabemos quién es el Espíritu. Les falta, por tanto, lo último y definitivo de la conversión por el bautismo, que el Espíritu de Jesús haga morada en sus cuerpos, haciendo de ellos su templo.

Llegados acá, ¿qué otra cosa podemos hacer? Aplaudir al Señor con todas nuestras fuerzas, que le aclamen cielos y tierra. Que todos vean en nosotros las proezas que él ha hecho con nosotros, porque no rechazó nuestra súplica ni nos retiró su favor.

Cuestión de amor. De ahí el condicional de Jesús. Si le amamos. Ahí está el centro de nuestro comportamiento, de la transformación de nuestra vida, Todo lo demás es agua de borrajas, no vale, nada significa. Porque si le amamos, guardaremos sus mandamientos. Mandamiento único, el del amor. Amarnos unos a otros como él nos ha amado. Será él, ahora, quien le pedirá al Padre, su Padre y Padre nuestro, ¡diferencia maravillosa!, que nos dé otro defensor, el Espíritu de verdad. Sin que este venga a nosotros, nada hemos terminado, nada hemos cumplido. ¿Cómo sabremos de él? Fácil, muy fácil, porque estará con nosotros, dentro de nosotros. Será él quien ore en nosotros gritando: Abba, Padre. Jesús nos anuncia que ha de marchar al Padre, para seguir viviendo en él, pero no nos dejará solos. Será él quien nos haga patente de qué manera Jesús está con su Padre y, sin embargo, cómo nosotros estamos con él. La juntura de esos extremos será el Espíritu que se nos dona para que esté en nosotros, de manera que nosotros estemos allá donde Jesucristo ha subido. El amor será la fuente de esa juntura. Un amor que se nos dona con la imposición sacramental de las manos divinas que nos tocan. Y estaremos en su amor si guardamos sus mandamientos. Mandamiento del amor. Y si lo amamos, el mismo Padre nos amará. Revelación de amor.

Cuánta razón la primera carta de Pedro cuando nos dice que, glorificando en nuestros corazones a Cristo Jesús, ¡siempre él!, estemos prontos para dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere. ¿Cómo tendríamos miedo, escondiéndonos entre “los nuestros”? Debemos dar cuenta de lo que somos, porque vivimos en el amor de quien es Palabra y Razón.

Buscar la ayuda de Dios

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 16,1-10; Sal 99; Ju 15,18-21

Pues sin ella, aunque bautizados, y por ello engendrados para la vida contigo en el Padre, ¿cómo conseguiríamos los bienes eternos? Solo con tu ayuda incesante. No vale con que nos hayas salvado y redimido con tu cruz, debes sostenernos de continuo y hasta el final. ¿Qué haríamos si no con nuestras escasas fuerzas? El bautismo es puntual, pero su efecto es para siempre, pues se trata del bautismo de agua y del Espíritu Santo. Y el Espíritu permanece en nosotros, ayudándonos a orar gritando: Abba, Padre.

Pobre Pablo, qué de correteos por toda la parte oriental del Mediterráneo y por la actual Turquía. Pero hoy vemos cómo salta a Europa. Sus ansias de evangelizar, de predicar el evangelio de la cruz y de la resurrección eran tan grandes, desde que el Señor resucitado se le apareció camino de Damasco, que todo se le hace pequeño. Busca todo el mundo. Quiere llegar al centro, a la urbe que todo lo rige: Roma. De este modo la Iglesia se robustecía en la fe y creía en Jesucristo un número cada vez más grande.

Sorprende cómo prendió el cristianismo en aquella sociedad tan internacionalizada por los romanos. Era tan grande el embrollo de religiones, cada una por su lado, y de desenfreno moral en aquella sociedad tan diversificada y, a la vez, tan unitaria, que —aseguran historiadores como Paul Veyne y otros muchos— había verdadera ansia de espiritualidad limpia y pura, de vida moral recatada, de búsqueda del Dios único, y no de esa excrecencia de dioses y diosecillos, de diosas y diosecillas, que se amparaban en el culto al emperador como único elemento aglutinador del imperio, tan sumamente abigarrado, de modo que el cristianismo, junto con el judaísmo —al comienzo, lo sabemos, no aparecía claro si eran la misma religión o no—, fue tomado como la fe esperada. Una fe que llenaba los anhelos de quienes buscaban la limpieza del corazón, de los mansos y misericordiosos. Se ha dicho que el cristianismo era una religión mistérica más, como la de los órficos, por ejemplo, pero nada de eso hubo. Era, si vale decirlo así, una religión racional, en la que fe y razón estaban perfectamente conjuntadas. No era la religión de la irracionalidad y del desenfreno. Al contrario, la del Logos, de la Palabra, del Verbo. La cual, conforme quedaba claro que no era una secta más del judaísmo, sobre todo cuando fue apareciendo claro que los únicos herederos del AT eran los fariseos y los cristianos, cada uno por su lado. Pero estos tenían una mayor libertad de acción y de contemplación en el Espíritu y en la predicación de la cruz, locura para judíos e insensatez para paganos. El cristianismo se fue expandiendo como la pólvora por todo el Mediterráneo, el mundo conocido de entonces.

No importaron las persecuciones, ¿no había muerto Jesús en la cruz? Al contrario, sirvieron para aumentar el cristianismo de manera fulgurante. Nos lo dice hoy Jesús en el evangelio de Juan. Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Ay, si fuéramos del mundo, este nos amaría con empeño. Pero no somos del mundo, aunque nosotros seamos colaboradores del Señor en la salvación al mundo.

Sorprende, pues, esa doble línea que se diseña en la historia desde el comienzo. Por un lado, la atracción irresistible del cristianismo. Por otro, el odio encarnizado contra él. Jesucristo nos ha escogido para sacarnos del mundo y, paradoja asombrosa, para salvar al mundo.

 

Dónde hemos sido elegidos

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 15,23-31; Sal 56; Ju 15,12-17

Ayer lo vimos. La cuestión ha sido zanjada. Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las esenciales. Por tanto, anunciadlo a todos y que quede escrito: no se habrá de molestar a los gentiles que se conviertan a Dios. Lo dictaminaron ayer los apóstoles en reunión plena. Tanto ellos como nosotros, nos salvamos por la gracia del Señor Jesucristo. Nada, pues, de imponer las pesadas cargas de la ley. El Padre ha enviado a su Hijo para que permanezcamos en su amor, no para imponernos las onerosas pesanteces de la ley.

¡La cruz de Cristo ha sido salvada! Momento decisivo, terrible. Es el Espíritu Santo quien les ha llevado a esta decisión. ¡La Iglesia de Dios está salvada! Será el amor de unos a otros la señal de que la cruz de Cristo nos ha redimido, y no el cumplimiento por nuestra parte de viejas reglas y viejos usos. Porque en ella se nos ha ofrecido el amor infinito de Dios para con nosotros en su Hijo. Amor sin límites. Amor de puro exceso. Obligar a circuncidarse a los gentiles que se convirtieran era símbolo de mera exterioridad; no signo de un amor rebosante. La interioridad del amor nos va a hacer posible una vida de seguidores de Jesús. No el ir todos vestidos igual o cumplir los mismos ritos, llevando el símbolo de esto en la carne a través de la circuncisión. Porque esta es una señal de carnalidad. Visible. Recordad que en los espantosos tiempos del nazismo bastaba con descubrirla en alguien para que este fuera llevado a los campos de exterminio. Era la señal inequívoca. Por eso no tenemos que ver el episodio del Concilio de Jerusalén, como se suele llamar, solo como un paso de un vivir meramente en las exterioridades de los símbolos, de los usos, de las costumbres, del comentario una y otra vez retomado de la Ley de Moisés, a las interioridades del amor con sus señales inequívocas. Sería demasiado fácil. Alguna vez tenemos la tentación de pensar que los judíos eran meros cumplidores de lo externo. Entre ellos los habrá, claro, pero también entre nosotros. No es ahí, en el cumplimiento moral de lo que cada uno es, donde está la verdadera cuestión. Esto es reducir la Revelación de Dios a mera moralina y, luego, a comparar unas moralinas con otras para ver quién gana.

El centro de la cuestión está en ver cómo se da en su completud el testimonio del amor. Por eso ha sido tan importante el ir viendo la insistencia de Jesús, y de todo el NT, en que en él, en su encarnación, en su vida, en su muerte, en su resurrección, en su ascensión y en el envió del Espíritu Santo, se ha dado cumplimiento definitivo a la Alianza de Dios con su pueblo. Incluso más, que en el Logos, el Verbo encarnado, se nos ha ofrecido también la plenitud de la creación y la de nuestro propio ser carnal. Recordad las maravillosas expresiones de Pablo sobre el gemido de la creación y el nuestro (Rom 8,18-23).

Hemos sido elegidos, en la cruz de Cristo, para ser la señal de ese cumplimiento. Él nos ha hecho conocer todo lo que ha oído del Padre. Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Fruto de amor. Así pues, el cumplimiento de nuestra vida, como la de Jesús, es fruto del amor.

Lo que Dios hace con nosotros

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

 Hch 15,7-21: Sal 95; Ju 15,9-11

Comenzamos uno de los acontecimientos más importantes y peligrosos del nacimiento del cristianismo: ¿deben los gentiles primero hacerse judíos, y observar la Ley de Moisés, para, luego, devenir cristianos? ¿Deben tomar decisión las cúpulas eclesiásticas por consenso y según su sano entender? Desde el comienzo, con Pablo y Bernabé, el argumento es otro. Simplemente, contaron lo que Dios había hecho con ellos; cómo se convertían los gentiles. Se convertían a Jesús, muerto y resucitado. Recibían el Espíritu en su plenitud. Obligarles a circuncidarse era un paso atrás, un abandono de la cruz de Cristo, una vuelta a la Antigua Alianza, cuyo cumplimiento definitivo se había dado, para todos, en la Nueva Alianza. Un obligar a la observancia de la ley, que negaba el cumplimiento de quien los profetas habían anunciado. Un posponer la figura de Jesús como mero anunciador, pues la salvación no se nos alcanza en él, sino en la circuncisión, en el observar la ley. De esta manera, Jesús viene a ser, a lo más, un nuevo profeta de la Ley de Moisés. Un hombre majo que, finalmente, ha cumplido un empeño interesante en favor del pueblo judío, cuyos jefes condenaron injustamente a Jesús al cruento suplicio de la cruz, pero que, ahora, reconociéndole como quien nos dirige a una observancia más exacta de la ley, aumenta el pueblo elegido con la conversión imponente de nuevos gentiles, acercándonos a los tiempos finales.

Pablo y Bernabé, y tras una gran batalla espiritual, Pedro y los demás apóstoles, junto a todos los cristianos, comprendemos así el papel decididor de Jesús, de la cruz de Cristo, de su muerte y resurrección, del sacrificio salvador de su sangre derramada por nosotros. La redención de la muerte y del pecado se nos da en Cristo, a través de Jesús, de su vida y de su muerte. Él no es alguien que vigila el cumplimiento de la Ley de Moisés de modo que quienes le miramos, convinamos en una observancia más exacta. De ser así, lo final y decisivo en el acontecimiento de Jesús sería la legalidad, la circuncisión, las prácticas, los usos y costumbres, el mirar hacia dentro, hacia la Ley. El cristianismo, así, se convertía en una secta judía, una partición más de las que entonces se daban en él. Es verdad que tendría una ventaja, al pertenecer a la religión judía  estaría cubierto —de modo excepcional— por el manto oficial de no tener obligación de adorar con incienso al emperador.

En lo que conocemos por el NT de la Iglesia primera, es Pablo quien percibe en toda su crudeza la importancia trascendental de lo que se plantea. Podría decirse que toda su maravillosa teología, que tan adentro ha llegado en nosotros, está construída sobre ello.

Vamos alegres, pues, a la casa del Señor, como rezamos todos con el salmo. Sí, pero esa casa ahora es el templo del Espíritu, que Jesús nos envía desde el Padre. No el Templo de Jerusalén, aunque vayamos a él para rezar con nuestros hermanos judíos. El santo de los santos, el lugar de la presencia palpitante de Dios, es el cuerpo de Cristo clavado en la cruz, a cuya muerte se rasgó la cortina que impedía verlo. Cuerpo muerto del que manó sangre y agua. Cuerpo glorioso que se nos dona en la eucaristía y en las obras de misericordia. Nuestra salvación pasa por él, solo por él.

Porque él, solo él, es la verdadera vid. Por eso, permaneced en mí y yo en vosotros.

Mayo 2017
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