Siempre es tiempo de rectificar y dar fruto

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En el Evangelio de hoy hay dos escenas que nos pueden resultar chocantes por la conducta de Cristo. En primer lugar la maldición de la higuera que no tenía higos porque “no era tiempo” para ello. No parece coincidir con la imagen de Jesús paciente, que cuida la viña y espera para que de frutos. En segundo lugar, el episodio de la expulsión de los mercaderes. Cuesta imaginar al Cordero manso volcando las mesas de los cambistas y echando fuera del Templo a los vendedores. Si tenemos en cuenta que uno de los criterios para interpretar la Sagrada Escritura es considerarla en su totalidad, sabiendo que no puede haber contradicción en ella, nos ayudará a descubrir lo que nos quiere enseñar con estos episodios que recoge el Evangelio de la Misa de hoy.

Empecemos por la higuera. Jesús se encuentra una higuera llena de hojas, pero sin higos. Es la imagen de la apariencia, de la superficialidad. EL hecho de no ser tiempo de higos, como no puede significar impaciencia en Cristo, debemos leerlo en otra clave: el Señor tiene derecho a que cada uno demos frutos en todo momento y circunstancia. Ahora miramos hacia cada uno de nosotros y el Evangelio nos enseña algunas cosas importantes y nos muestra un camino concreto de conversión para todos. Hemos de hacer examen de conciencia y descubrir cuanto hay en nuestra vida cristiana de vivir de apariencias. Podemos ir al templo todos los días, apuntarnos a muchas actividades en la parroquia. Esto son sólo hojas, si no va acompañada de verdadera caridad, si después en la vida de familia, o en el trabajo, vamos protestando por dentro, como enfadados y resentidos con algunas personas, incapaces de pasar por alto una afrenta le damos vueltas en nuestro interior, etc. Aquí cada uno deberemos descubrir dónde nos aprieta el zapato. Además de no ser sólo aparentemente buenos cristianos, debemos dar frutos en todo momento. No podemos esperar a que estemos en una situación especial. No podemos pensar: ya seré paciente cuando pasen las cosas que me agobian, ya echaré una mano a la persona que me ha pedido un favor cuando tenga tiempo ¡No! ¡Ahora! Es ahora cuando el Señor espera esos frutos de servicio, de generosidad, de perdón. El Señor tiene derecho a encontrar esos fruto hoy. Mañana no sabemos si estaremos vivos. Ahora o nunca.

La expulsión de los mercaderes del Templo no son fruto de una falta de moderación pos parte de Cristo. No es un arrebato de ira. Es un acto de virtud, movido por el amor al Padre y a nosotros. Estos mercaderes están en una situación particularmente grave de cara a su salvación. Se ha acostumbrado al ambiente de santidad del Templo, lugar donde mora Dios con su pueblo, y terminan por perder el sentido de la santidad de Dios y la salvación es cuestión de mercadeo: una palomas, unos corderos,… y todo resuelto. Se les esconde la necesidad de conversión del corazón, la gratuidad de la salvación de Dios. Algo parecido nos puede suceder. Podemos acostumbrarnos a las cosas más santas. Quizá vamos a Misa a diario y terminamos perdiendo la conciencia de lo que sucede en cada celebración, cómo somos incorporados al misterio pascual de Cristo, que nos quien nos salva. Incluso la comunión cotidiana puede acabar siendo un rito más, una costumbre ¡y comemos el cuerpo del Señor! Para salir de esta situación el Señor le pone toda la energía y la pasión necesaria para que puedan reaccionar, para que podamos reaccionar. Por ello, si alguna vez el Señor nos habla con claridad y dureza, al meditar la Palabra de Dios, en la confesión o dirección espiritual, démonos cuenta de que es por nuestro bien, para que reaccionemos y rectifiquemos.

Pidamos a nuestra Madre no temer las correcciones de su Hijo y que estemos siempre listos para dar frutos de verdadera caridad en todo momento y en toda circunstancia.

La esperanza, ayuda para el camino

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Timeo, tal y como nos relata el Evangelio, se sienta junto al camino por donde pasará Jesús, con el fin de poder verle y pedirle un milagro: recuperar la vista. Por ello, en cuanto se entera del paso de Jesús “se puso a gritar: ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!”. Ante la oposición de “muchos” insiste gritando más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. Timeo insiste porque desea fuertemente ser curado, pero no le mueve únicamente el deseo de la curación. Se suma la confianza en el poder de Cristo para curarle.

Bartimeo hace todo esto: ponerse en camino, gritar fuerte cuando muchos le increpaban para que se callara, porque en su corazón late la esperanza de encontrarse con Jesús y le cure. La esperanza no es un simple deseo, es un deseo con confianza, por tanto, la esperanza debe apoyarse en algo que dé esa confianza: las propias fuerzas, la ayuda de otra persona o personas,… En el caso de Timeo la confianza está en el poder de Cristo. De este modo la esperanza es “motor”, impulso. Ante tantas cosas buenas que deseamos y necesitamos y hemos de poner nuestra confianza en el poder de Dios. Él hace que todas las cosas cooperen para bien de aquellos que le aman (cf. Rm 8, 28)

En este sentido la fe y la esperanza están íntimamente relacionados, la esperanza necesita el apoyo de la fe: sin fe no hay esperanza. Sin saber que Dios es alcanzable no se puede confiar en alcanzarle. El cristianismo no es sólo “buena noticia, una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo informativo, sino performativo. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Benedicto XVI, Enc. Spes salvi, 2). Por eso la ausencia radical de esperanza acaba con enorme frecuencia en el suicidio: la vida ha perdido su sentido.

El catecismo de la Iglesia Católica define la virtud teologal de la esperanza como la “virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (n. 1817). Esa confianza en la acción de Dios no es pasividad, no hacer nada a la espera de que todo lo haga Él. Vivir de esperanza es hacer como Timeo: salir al borde del camino, clamar a Cristo y cuando le mandan callar insistir con más fuerza.

La esperanza no es egoísta. Modernamente se observa una cierta tendencia a despreciar la esperanza, precisamente al afirmar que se trata de algo egoísta: vivir por el premio. Desear la propia salvación, la propia santidad y felicidad, el premio, es algo bueno y sobrenatural, pues no es más que otra forma de desear a Dios: Él mismo desea todo eso para mí y, si le amo de verdad, yo también debo quererlo. El deseo de la propia felicidad, bienaventuranza, bienestar, etc., es, en sí mismo, bueno, y está presente en lo más íntimo del corazón humano, además de constituir el objeto de la esperanza cristiana; otra cosa es que, en la práctica, ese deseo pueda estar corrompido y deba ser purificado, sobre todo cuando se centra en una felicidad meramente humana, egoísta, ajena al amor y a la esperanza sobrenatural.

Pidamos a la que es “causa de nuestra alegría” remueva en nuestras almas el deseo de ver a Dios y la confianza en su Omnipotencia Misericordioso.

La cruz, centro de la vida cristiana

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Jesús anuncia de nuevo a los Doce cómo “va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán”. Sin embargo, sus elegidos parece que no querían ni oír hablar de la cruz. En lugar de plantearse la exigencia de seguir al Maestro, vuelven sobre sus preocupaciones, sus planes personales. Este desentenderse de la cruz sigue siendo actual. Nos lo recordaba el Papa Francisco al inicio de su pontificado: “el mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará” (Misa con los Cardenales en la Capilla Sixtina el 14-III-2013).

Este deseo del Papa sigue siendo actual. Hemos “de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor”. Es el mayor regalo para la humanidad. Un Padre de la Iglesia comenta con gran fuerza esto: “fue, ciertamente, digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento recobrara la vista en Siloé; pero, ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue algo grande y preternatural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto; pero este beneficio lo afectó a él únicamente, pues, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo estaban muertos por el pecado? Fue cosa admirable el que cinco panes, como una fuente inextinguible, bastaran para alimentar a cinco mil hombres; pero, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo se hallaban atormentados por el hambre de la ignorancia? Fue maravilloso el hecho de que fuera liberada aquella mujer a la que Satanás tenía ligada por la enfermedad desde hacía dieciocho años; pero, ¿de qué nos sirvió a nosotros, que estábamos ligados con las cadenas de nuestros pecados? En cambio, el triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres. Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos de ella. Porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para nosotros salvación. Para los que están en vías de perdición es necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre” (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 13. Cf. Of. Lecturas jueves de la IV semana T. O.)

El tomar la cruz es para todos y, consecuentemente, para cada uno en cualquier circunstancia, a cualquier edad, en cualquier estado de vida y en cualquier grado del proceso de la vida interior. Una vez que se ha desvelado el modo según el cual Jesús llevará a cabo su misión mesiánica a nadie le puede extrañar que sus seguidores hayan de caminar sobre sus pisadas, asumiendo e imitando su modo de vivir y de morir. El modo de vivir cristiano simboliza en una cruz, y se resume en estas pocas palabras: tomar la cruz de cada día.

Pidamos a la Virgen que nos quite el miedo a la Cruz de su Hijo.

Dejarnos a los pes de Cristo

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La respuesta de San Pero al Señor es todo un programa de vida: “lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Es la invitación del Evangelio de hoy. Debemos volver una y otra vez sobre ello. No es lección que se aprenda en dos días. Sabemos muy bien el significado de dejar todas las cosas en años de Dios, “harina de otro costal” es hacerlo. Hemos de aprender cada día a realizarlo. Cada día recomenzamos a dejarlo todo en sus manos. Quizá nos pueda ayudar adquirir el hábito, cada mañana, de comenzar la jornada ofreciendo al Señor cuanto hagamos y haciendo un acto de abandono, que ha cada uno nos parezca. Luego, durante la jornada, nuestro ángel custodio nospodrá recordar en el momento oportuno aquel acto de abandono y la oportunidad de hacerle realidad en ese momento. Nos es tarea fácil, porque todos tenemos la tendencia a querer tener todo amarrado. Por eso le damos tantas vueltas a las cosas. Nos decimos: hay que tenerlo todo previsto, hay que estar preparados para cualquier cosa. Y no es que no hay que hacerlo, pero sin olvidar que la Providencia de Dios está detrás de todas las cosas. Eso no ayudará a vivir con más paz y serenidad. Cuando no nos abandonamos en las manos de Dios es, tantas veces, por falta de fe, de confianza en que Dios tiene todas cosas previstas, a Él no le sorprende nada ¡Dios no tiene despistes! Sólo podremos seguir de verdad al Maestro si le permitimos que Él disponga de todo lo nuestro. Nuestros bienes – muchos o pocos -, nuestros proyectos e ilusiones, también la salud,… ¡Y la vida! Sabernos en cada momento siendo objeto de la solicitud de Dios, de su Providencia amorosa, nos permitirá vivir todas las circunstancias de nuestra vida de otra manera. Saber que detrás de aquella enfermedad, de aquel acontecimiento que te hace sufrir, de aquellas a necesidades que no sabes cómo podrás atender,… Destrás de todo está la Providencia de Dios que quiere o permite todo ello para tu bien y para bien de todos. Asó podremos afrontar las dificultades con audacia, sin dejarnos vencer por la tristeza o el desánimo que engendran desconfianza. Desprendidos de todo. De lo grande y de lo pequeño, de lo que tiene mucho valor en sí o poco valor, “porque poco se me da que un ave esté asida a un hilo delgado en vez de a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida estará a él como al grueso, en tanto que no le quebrare para volar. Verdad es que el delgado es más fácil de quebrar; pero, por fácil que es, si no lo rompe, no volará” – San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, 11 -. Desprenderse implica también renunciar. “El que no renuncia a todos los bienes no puede ser discípulo mío” – Lc 14, 33 -. Para pasar de ser “admirador” de Cristo a ser su discípulo, hay que renunciar a todos los bienes. Renunciar, que no es “vender” – literalmente -, porque tú estás en medio del mundo y eres “como” los demás; pero sí se trata de renunciar realmente. ¿Tienes todas las cosas como si no fueran tuyas? ¿Las tienes o te tienen? ¿Son tus bienes – medios materiales, cualidades y virtudes,… – tu punto de apoyo, tu seguridad, la fuente de tu alegría? … Luego la contrapartida: “luego vente conmigo”. No: sígueme, estate cerca de mí,… ¡No! … La contrapartida a esta renuncia por Cristo es ¡”Vente conmigo!”, la llamada definitiva a estar con El,… ¡En El! María es modelo claro de vivir con poco teniéndolo todo, de estar abiertos a los planes de Dios, aunque en ocasiones nos desconcierte. Madre nuestra, que sepamos dejarlo todo a los pies de tu Hijo.

Los Mandamientos son el camino para la vida eterna

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El joven del Evangelio de hoy, sale corriendo para alcanzar a Jesús. Tiene verdadero interés en estar delante de Él para hacerle una pregunta que considera decisiva para su vida, quiere saber cuál es el camino que conduce a la felicidad, a la vida eterna. Éste joven ha comprendido la relación entre sus actos y la vida eterna. Por esto mismo quiere saber lo que ha de hacer para alcanzarla. No sé si cada uno de nosotros tiene igual de claras las cosas y pensamos que la vida eterna es un regalo que se nos dará sin “mover un dedo”, que Dios actuará en cada uno de nosotros sin contar con nosotros. Ciertamente la salvación es don gratuito de Dios, pero respeta nuestra libertad. No nos impondrá estar en su presencia y compartir su vida por la fuerza. Él está esperando nuestra respuesta. Dios no fuerza las cosas. Por esto mismo, siendo un don es al mismo tiempo tarea de cada uno. La salvación no es el fruto del mero esfuerzo personal, pero no se recibe y acoge este don sin esfuerzo.

No se trata de cualquier esfuerzo, si el de aquel esfuerzo por actuar de modo coherente, viviendo como conviene a la los santos (cf. Tt. 2,3). Los Mandamientos muestran qué actos son los propios de un hijo de Dios y por tanto deben hacerse y qué actos son impropios y, por tanto, deben evitarse. En cuanto la ley moral indica el obrar humano que conduce a su perfección es expresión de su verdadero bien, de lo que conviene a su naturaleza y por tanto no es algo ajeno a él, como una imposición exterior. La verdad última sobre el bien del hombre está en la Revelación. “Dios, que sólo El es bueno conoce perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en virtud de su mismo amor se lo propone en sus mandamientos” (Juan Pablo II, Encíclica “Veritatis splendor 35). Por esto debemos dirigirle a Él la pregunta sobre qué hemos de hacer para alcanzar la vida eterna. El hombre no puede darse otras leyes para alcanzar la vida eterna, porque no se ha creado a sí mismo. Por la misma razón tampoco puede cambiar las normas morales porque no le gusten algunos aspectos o le resulte difícil vivirlas. Más bien, puesto de rodillas, como el joven del Evangelio, habremos de pedirle que nos ayude a actuar conforme a los Mandamientos en los que nos muestra el camino para alcanzar la verdadera felicidad.

En la obediencia a los Mandamientos se escode el secreto de nuestra felicidad. Cuanto más obedezcamos a Dios en ellos, tanto más alegría y gozo experimentaremos en esta vida y no abre a las alegrías de la vida eterna. Pidamos a Nuestra Madre la humildad de esa obediencia rendida a los mandatos del Señor.

La esperanza que no defrauda

Escrito por Comentarista 11 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Quisiera centrarme en la lectura a la carta a los Romanos porque creo que es un mensaje de máxima actualidad para nuestro mundo y en concreto para nuestra sociedad española. Muchas personas se sienten profundamente decepcionadas de la política de nuestro país y el hecho de que tenga que haber nuevas elecciones provoca aún más cansancio y apatía interior. Hemos sido testigos de unos niveles de corrupción entre políticos y de unas dimensiones nuevas para el pueblo español. Por otro lado seguimos teniendo un altísimo porcentaje de nuestros jóvenes parados y sin perspectivas; algunos de ellos están emigrando a otros países. ¿Dónde queda la esperanza en todo esto?

San Pablo nos habla de” la esperanza no defrauda”, pero ¿por qué? ¿Por qué todo marcha bien? ¿Porque la época de San Pablo era mejor?  ¿Por qué tiene una mirada ingénua y optimista sobre la realidad? Al parecer no ignora las tribulaciones, y dice que éstas producen constancia, y que la constancia favorece virtud probada, y que de la virtud surge la esperanza. Cuando pienso en mi hermano o en tantas personas que nunca han experimentado lo que es trabajar muchos años en un mismo lugar y que han tenido que recomenzar en la vida tantas veces, me resuena con mucha fuerza  la palabra “constancia” de la que habla esta carta.

A continuación dice la carta: “la esperanza que no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.” Si nos fijamos en nuestra sociedad hay muchos signos que nos hablan de esperanza. Por ejemplo cuando hace unos meses el papa Francisco pidió que abriéramos las puertas de nuestras casas y de nuestras parroquias a las familias refugiadas que vienen huyendo de la guerra en Siria. Mucha gente ofreció su hogar y varias parroquias se pusieron en marcha. La política de acogida se ha ido cerrando cada vez más hasta llegar al pacto con Turquía. Aunque apenas han llegado familias sirias a España, es de remarcar que la gente de a pié  tiene una gran disposición. En esto se puede ver que el Espíritu Santo está derramado en nuestros corazones, más allá de lo que muchas veces vemos o somos conscientes. Hay muchas personas que están haciendo el bien, yendo más allá de lo establecido, siendo columnas en sus familias, perdonando y que siguen entregándose por los demás, aunque nadie se lo agradezca. Dejemos que éste amor sembrado dentro de nuestros corazones pueda seguir haciéndose presente en nuestra sociedad ahí donde estamos cada uno.

De los que son como ellos es el reino de Dios

Escrito por Comentarista 11 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El Evangelio de hoy nos habla de ser como los niños. Como ya es de suponer, esto no se refiere a ser irresponsables como los niños, sino que va dirigido al corazón. Jesús nos habla de acoger el mensaje del Reino con corazón de niño en el sentido de acogerlo sin miedo, sin peros, sin calcular si seré capaz o no, con total confianza en quien me lo propone. Al maestro fariseo Nicodemo también le propone “nacer denuevo” para poder comprender las cosas del Espíritu.

Otra cosa que caracteriza el corazón es la inocencia, la no amargura. Una vez escuché una predicación en la que se describía a Jesús como alguien que vivió y murió con un corazón de niño. Aunque Jesús es gran conocedor de las malas intenciones en los hombres, es capaz de ver ese “tesoro escondido” en el campo de cualquier vida como la supo ver en Judas o en Pilato.

Al final de la vida de Jesús no hay ningún tipo de amargura, aunque no hubiera sido algo extraño, ya que fue abandonado no solo por las muchas personas que El curó, sino hasta de sus propios amigos más cercanos. Sin embargo muere diciéndole a su Padre: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen y es capaz de ver el corazón arrepentido del ladrón crucificado a su lado. En ese último momento refleja la vivencia de alguien que no se ha sentido como quien “le han utilizado” para hacer milagros o mientras que las cosas iban bien. Dios quiere que vivamos la vida así: con un corazón de niño. El niño se fía de lo que le propone su padre, aunque sea muy superior a su fuerzas o a lo que él se puede imaginar. Abraham tuvo el corazón de niño de creer en la promesa que Dios le hacía (Génesis 15) a pesar de su avanzada edad y David se enfrentó a Goliat con la valentía de un niño que sabe que tiene a Dios a su lado.

Ojala que nosotros podamos dejarnos contagiar por Jesús un corazón con esta vivencia, ya que muchas veces nadie nos va a agradecer lo que hayamos hecho o parezca que salimos perdiendo por ser buenos. En esos momentos la “paga” será que estamos comulgando con Jesús en su misma forma de vivir y entonces será Su Corazón latiendo en el nuestro.

Con la luz de la Exhortación del Papa Francisco Amoris Laetitia

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Las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy son muy claras. Pero no debemos olvidar que no se pueden separar del resto del Evangelio, y que Jesús las pronunció movido por los fariseos que le hicieron una pregunta para ponerlo a prueba.

Por eso me parece importante que hoy volvamos a leer despacio, meditando en nuestro corazón, unos párrafos de la Exhortación apostólica del Papa Francisco  sobre el matrimonio y la familia: Amoris laetitia, la alegría del amor. Dejemos que el Espíritu Santo ilumine nuestra lectura serena y atenta de estos párrafos, que se encuentran en el capítulo octavo de dicho documento.

“La lógica de la misericordia pastoral

307. Para evitar cualquier interpretación desviada, recuerdo que de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza: «Es preciso alentar a los jóvenes bautizados a no dudar ante la riqueza que el sacramento del matrimonio procura a sus proyectos de amor, con la fuerza del sostén que reciben de la gracia de Cristo y de la posibilidad de participar plenamente en la vida de la Iglesia» (Relatio Synodi 2014, 26).  La tibieza, cualquier forma de relativismo, o un excesivo respeto a la hora de proponerlo, serían una falta de fidelidad al Evangelio y también una falta de amor de la Iglesia hacia los mismos jóvenes. Comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas.

308. Pero de nuestra conciencia del peso de las circunstancias atenuantes —psicológicas, históricas e incluso biológicas— se sigue que, «sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día», dando lugar a «la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible» (Evangelii gaudium, 44) Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, «no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino» (Evangelii gaudium, 45)  . Los pastores, que proponen a los fieles el ideal pleno del Evangelio y la doctrina de la Iglesia, deben ayudarles también a asumir la lógica de la compasión con los frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes. El mismo Evangelio nos reclama que no juzguemos ni condenemos (cf. Mt 7,1; Lc 6,37). Jesús «espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente» (Evangelii gaudium, 270)”.

Os invito a seguir leyendo este capítulo y toda la Amoris laetitia  para entender plenamente su sentido y para comprender mejor las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy.

Sacerdotes por el bautismo

Escrito por Comentarista 11 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Todos conocemos el valor de la vocación sacerdotal dentro de la iglesia. Pero al mismo tiempo, como dice el Catecismo, ya en la época de la Antigua Alianza  todo el pueblo de Israel vivía con la conciencia de ser “un reino de sacerdotes y una nación consagrada” (Ex 19,6; cf Is 61,6). Es lo que conocemos por sacerdocio común de todo bautizado. En este día en que la iglesia celebra la fiesta de Jesucristo sumo y eterno sacerdote, quisiera centrarme en lo que esto impulsa nuestra vida cotidiana como laicos.

“Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros, haced esto en memoria mía”. Jesús nos enseña que en la vida se trata de entregarnos, repartirnos para “dar de comer” a los demás con nuestra entrega, cariño, dedicación, esfuerzo. Vale la pena fijarnos en que Jesús habla de entregar su cuerpo, cuando podría haber tomado otra imagen. Este aspecto del cuerpo lo retoma San Pablo en su carta a los Romanos: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto(Rom 12, 1-2).

Cuando pienso en tantas madres que viven las horas de sueño tan recortadas por sus bebés, que trabajan y llegan a casa y preparan la comida o tantos padres que no saben lo que son unas vacaciones desde hace años por sacar adelante a sus familias, creo que estas personas están “ofreciendo sus cuerpos como unas víctima viva, santa, agradable a Dios”. Lo primero son víctimas vivas, por opción, por amor , no solo “víctimas”. Creo que a Dios le agrada la entrega libre y voluntaria y que a través de toda esa entrega concreta. Esta entrega del cuerpo, de las fuerzas físicas, de la preocupación y responsabilidad interna es su culto espiritual, agradable a Dios. En todos esos momentos de sacrificio concretísimo están participando del sacerdocio de Cristo. Quisiera que todas estas personas pudieran descubrir que están “entregando sus cuerpos” para que su familia, amigos, compañeros de trabajo salgan adelante y que en ello cuentan con la aprobación y el profundo agrado de Dios.

Buscar la unidad en lo esencial

Escrito por Comentarista 11 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En el Evangelio de hoy parece que Jesús “hace la vista gorda” con ese hombre que echa demonios en su nombre y que al parecer no es conocido por sus discípulos. Aquí Jesús nos muestra una actitud muy importante frente a los demás y frente a la vida: parte e la confianza y de la unidad.

Al acercarnos a las personas podemos partir fácilmente desde la desconfianza o buscando las diferencias. Entonces fácilmente nos enredaremos en discusiones argumentativas o a la defensiva sobre muchos temas, de los cuales también nos podríamos cuestionar cuáles son verdaderamente esenciales. Sin embargo Jesús nos invita a buscar lo que nos une, a encontrarnos con el otro en lo que verdaderamente es esencial: ayudar y hacer el bien a los demás. Por ello dice: “El que no está en contra de nosotros está a favor nuestro.”

A este respecto me pasa por la cabeza una poesía de Gloria Fuertes que aunque está dedicada a la figura del voluntario, refleja esta actitud confiada y positiva frente a los demás, sin ignorar la existencia del mal. En esta poesía se refleja la unidad que surge de la dedicación a ayudar, a hacer el bien:

“Yo quiero despertar vocaciones para que la gente se haga voluntaria. Set voluntario es ser profundamente humano.

Ser voluntario es acudir a la calle, a la casa, a la cárcel, al barrio del pueblo donde hay un ser que sufre.

Ser voluntario es entrar con el corazón, en el corazón del que lo pasa mal.

Cuando el voluntario visita a alguien que está solo, le cura la soledad; cuando le habla, le ayuda, le escucha y le siente: el solitario mejora de la soledad, que es (junto a otras) la enfermedad de los ancianos.

Se sabe que el voluntario va a trabajar gratis, no va a ganar nada. Yo quiero negar esto: el voluntario va a ganar muchísimo, va a ganar el placer de ser útil, la risa de un anciano, la sonrisa de un enfermo, el abrazo de un niño sin padres, la amistad de un paralítico o el cariño de un preso.

El voluntario sabe que el camino -de su vocación elegida- es ir donde vive el dolor. El dolor físico o psíquico le espera y tiene que ir lleno de ilusión, alegría, comprensión y amor de poderlo dar; ilusión, comprensión, alegría y amor -tesoros espirituales que si no se poseen no se pueden dar-. El joven voluntario deja voluntariamente de ir a la discoteca, a la “barra”, para ir desde la silla a la cama con un minusválido en sus brazos. ¡Qué bella escena!

Al mal sólo le destruye el bien. Al dolor puede ser destruido por el amor -no sólo la farmacia-. Hacerse voluntario también es salvarse del aburrimiento que acecha, salvarse de lo vulgar, de lo material, y os hace sentir que sois útiles, que sois solidarios, que sois amorosos, que sois importantes, que sois una aspirina inmensa, que quien os “cate”, se cura.

Y os pido que a vuestros amigos y amigas les contagiéis de ese virus de bondad que tenéis, para que también sean nuevos voluntarios.

Más que un premio gordo de la lotería.
Más que un premio Nobel de lo que sea,
recibe el voluntario cada noche al acostarse,
recibe el voluntario que durante
unas horas al día ha alegrado a un triste,
ha hecho sonreír a un enfermo,
ha paseado en su silla a uno que no puede pasear.

El premio del voluntario es que pasa
a ser un artista.

El voluntario
no ha pintado un cuadro,
no ha hecho una escultura,
no ha inventado una música,
no ha escrito un poema,
pero ha hecho una obra de arte
con sus horas libres.

Todavía hay milagros,
milagros demostrables,
que los hacen, los hacéis,
y los harán
los nuevos voluntarios.

 

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