En las historias sagradas de las religiones orientales coetáneas de los judíos, era impensable que aparecieran relatos tan simples como el nacimiento de un piropo en labios de un personaje secundario. Los libros que se traen entre manos las cosas divinas, no pueden rebajarse relatando una cosa tan ingenua. Sin embargo, como la vida de Nuestro Señor es el subrayado de su paso por la tierra, los evangelistas no escatiman en contarnos detalles. Quizá el piropo del Evangelio de hoy no fuera una menudencia al fin y al cabo, porque el Señor aprovecha toda circunstancia para hablar de sí y explicarse, dedicarnos en definitiva todo su tiempo, que es labor de un Dios verdadero.

“¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!”, menudo ramo de flores arrojado a los pies de la Virgen. Me dice un amigo sacerdote que hay una señora en su parroquia que todos los domingos le dice lo orgullosa que debe estar su madre de tener un hijo con las manos regaladas para la consagración del pan y el vino. Cuando mi amigo llega a comer con la familia, se lo cuenta a su madre y siempre se ríen. Las madres tienen cierto apego a los hijos, son como una mediación con el mundo. Es quizá un regalo demasiado impresionante haber criado en el propio seno a una criatura, como si Dios hubiera concedido permiso a la mujer para hacer una creación propia, nacida de sus mismos huesos y sustancias químicas. A veces las madres viven por los hijos, tal es la violencia natural de ese instinto sobrecogedor.

Sin embargo, la respuesta del Señor parece alejarse del santuario mamífero de la maternidad, “felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”. ¡Menos mal que el Señor pronunció esta sentencia! Porque si no hubiera sido así, la vida del ser humano estaba condenada a no alejarse de la propia naturaleza. Felices los que han conocido a Dios y le han dicho un sí en voz alta, aquellos que han dejado que su presencia soberana se haga tan limitada como la necesidad de un bebé. La madre del Señor nos enseña a entrar en Él, eso sí que es un ramo de flores ante su presencia. ¡Feliz la mujer del sí!