Dice Jesús hoy en el Evangelio algo que, mal entendido, puede chocarnos un poco: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”. La pregunta es clara: Señor, ¿Por qué nos dices que al encontrar el tesoro, que eres tú, lo escondamos?, ¿no se supone que tenemos que pregonar la alegría de haberte encontrado y no esconderla?

El asunto está en cómo entender ese esconder. Pues bien, no significa otra cosa que el hecho de encontrar al Señor en nuestra vida ha de ser algo que guardemos en lo más profundo de nuestro corazón, algo que debemos proteger para que no se pierda, pues quien haya a Jesús pronto comprende que no hay nada de mayor valor que Él mismo.
No se trata de que no hablemos a nadie de Él, de que nos lo apropiemos en el mal sentido de la palabra, sino de que debemos cuidar esa presencia de Dios en nosotros, debemos respetar la sacralidad de Dios, debemos dejarnos iluminar y transfigurar por Él desde le más hondo de nuestro ser. Si lo hacemos, nos pasará como a Moisés: que lo acabaremos reflejando por fuera.

Incluso el proceso de los apóstoles es algo similar: primero se encuentran con el Señor, están con Él, se alimentan de su palabra, de su persona, sellan en su corazón la certeza de que Jesús es el Señor, es decir, son discípulos; ya más adelante, toda vez ya no podrán olvidar el amor de Dios, son enviados para compartir el tesoro con todo el mundo. ¿Ves? No son cosas incompatibles, pero, para entregar al Señor, primero hay que dejar lo secundario, llenarnos de Él, esconder y guardar el tesoro para que dé fruto.

Pidamos al Señor en este día la intimidad con Él, la capacidad de disfrutar en la soledad habitada en que Él se encuentra.