FIAT LUX!

Hace siete días, en la entrañable cena de despedida que tuvo lugar en Betania, María Magdalena ungió los pies del Señor con un perfume de nardo puro (ver el comentario del lunes pasado). El Viernes Santo, víspera de la gran Pascua judía, entre la Virgen María y las santas mujeres, intentaron amortajar lo más dignamente posible, con la ayuda de José de Arimatea, Nicodemo y Juan, el cuerpo muerto del Señor en el lienzo más peculiar de la cristiandad y el sudario puesto en la cabeza. Imposible limpiar bien el cuerpo, imposible embalsamar. Los soldados que vigilaban el entierro no estaban para bromas: les habían hecho hacer horas extra justo en la víspera del día de la gran fiesta judía, un día agotador para ellos.

Con la delicadeza propia de alguien enamorado, a María Magdalena aquél sábado de la pascua judía se le hizo el día más largo de su vida. Por eso al día siguiente, se levanta de madrugada para realizar el trabajo inacabado el viernes. Le pueden las ansias de hacerlo cuanto antes. Coge los ungüentos y las telas, y se apresura al sepulcro… para descubrir cuando llega que se ha quedado sin trabajo. ¡Vaya susto: la piedra quitada el cuerpo ausente! ¡Han profanado el sepulcro y robado el cuerpo de su Señor! Corre a decírselo a Pedro y Juan, que van a comprobar in situ lo que les ha dicho una gimoteante María. En este relato, María y Pedro aparecen como desconcertados, asustados por la situación. Hay que tener en cuenta que todavía ninguno había visto al Señor. Pero Juan, que era el discípulo amado, el más avispado, “vio y creyó”.

La primera aparición de Jesús será a María Magdalena. No se describe en el evangelio de hoy, sino en la secuencia de Pascua. Ella, por lo tanto, tras regresar Pedro y Juan, volvió de nuevo al sepulcro, con la cabeza y el corazón a mil por hora para intentar averiguar qué había pasado y encontrar el cuerpo… Y ¡vaya si lo encontró! ¡Pero con su grandísimo Corazón latiendo de nuevo porque había vuelto a la vida! Hoy la Iglesia entera, vestida de fiesta, pregunta a la Magdalena: «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?». Y ella nos responde con lágrimas en los ojos: «¡A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja! ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!».

“¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!”. Este es el saludo con que los cristianos de rito bizantino se saludan desde hoy hasta que acabe el tiempo pascual. En este tercer día del Triduo Pascual culmina la obra divina de la redención con la manifestación del poder que estos días atrás no percibíamos en su profundidad: el hijo de María y de José hoy lo contemplamos glorioso y resucitado como Dios de Dios, el Hijo Unigénito del Padre, el Templo del Espíritu Santo, el Cordero de Dios, el Mesías, el Cristo, el Rey de universo, el León de la tribu de Judá, el nuevo Adán… ¡Los títulos de Jesús de Nazaret son infinitos, como lo es su gloria! En su resurrección comienza un nuevo mundo, comienza su verdadero Reino.

Ya se lo dijo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”. Su Reino es el Cielo, y el primero en entrar es Él mismo. A través del bautismo, tan presente hoy, nos convertimos en ciudadanos del Cielos: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. Hoy empieza la vida sobrenatural, la vida de los hijos de Dios: hijos en el Hijo. Pero para ello, tenemos que morir con Él, unirnos el Viernes Santo a su pasión y muerte para ahogar en la sangre de Cristo nuestro pecado. Muere nuestro pecado, pero a nosotros nos resucita. Sólo recorriendo ese camino de identificarnos con la Cruz llegaremos a participar de la Luz. Hay que morir, pero ¡morir a la mundanidad, morir al pecado!: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios”, nos exhorta san Pablo. En el bautismo, este morir se simbolizaba mediante la inmersión del bautizado en el agua (cuando se celebra en una piscina, claro): el hombre viejo del pecado se une a la muerte redentora de Cristo y es ahogado el pecado, no el pecador, es decir, cada uno de nosotros; y tras morir, resurgimos de la aguas de la mano de Cristo Resucitado. “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo ¡Aleluya!”. «¡Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda! ¡Rey vencedor apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa!».

Estos días evidenciamos esa miseria humana padeciendo una pandemia que ha parado literalmente el mundo, vaciando las calles, silenciando el ruidoso ajetreo de los niños, poniendo en evidencia nuestra propia debilidad frente a un enemigo invisible. Las escenas de dolor y sufrimiento por la impotencia frente a la muerte y la enfermedad estremecen nuestro corazón desde lo más hondo. Todos tenemos personas familiares o conocidos por los que rezar y preocuparse: porque han muerto, porque no han podido hacer duelo, porque están contagiados, porque están en cuarentena, porque son sanitarios o personas que trabajan de tú a tú con la enfermedad, porque viven una situación de vulnerabilidad o pobreza, porque hay miseria moral en el propio hogar que estos días de confinamiento hacen insoportable… Dios mío, ¡cuánto dolor, cuánto sufrimiento! En este día de la Resurrección, parece que vivimos un permanente Viernes Santo, como si fuera el día de la marmota. Y precisamente en estas circunstancias, hoy nos pides que confiemos en tu victoria: todos los males del mundo que pudiéramos soportar, aún la muerte, ya los has vencido en tu resurrección. Y unidos hoy a Ti, conscientes de nuestra miseria humana, sabemos que todo va a salir bien porque te has empeñado en estar con nosotros. Cristo vivo y resucitado: ¡llena nuestro mundo de esperanza! ¡Visítanos con tu luz! ¡Resucítanos! Como dice el sacerdote al encender el cirio pascual, que “la luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”.

La Madre del Señor no aparece en ninguno de los relatos de la resurrección. ¿Acaso hace falta? María conoció la encarnación del Verbo en el íntimo anuncio del ángel; envolvió en pañales al Eterno que tan débil se había vuelto en su nacimiento; limpió a quien era el Ungido; alimentó con su maternidad a quien era el Pan de la Vida; enseñó a hablar a quien era el Verbo; educó a quien era la Verdad; aconsejó a quien era el Profeta; condujo tantas veces en su vida a quien era el Camino… En el momento más dramático, se unió con su dolor a quien era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y se hizo corredentora muriendo espiritualmente con Él. Hoy, la primera de todos, recibe la visita más esperada: ¡es introducida en la nube infinita de gloria y majestad de quien es la Luz del mundo! Por eso, la portada va al final: