Como el ser humano es muy tonto, si a uno le dicen que tiene la voz más bonita del mundo, la vanidad podrá oscurecer cualquier bien que haga con ella. La modelo Benedetta Barzini, que ya tiene setenta y seis años, dice que la belleza no es un mérito, pero si a una niña le repiten una y mil veces que es la criatura más hermosa de la tierra, cuando crezca llegará a creerse que su único mérito en la vida será el de haber nacido. Cuando el Señor dice a los suyos que son la sal de la tierra, no les está seduciendo los oídos para hacerles creer que son más grandes que nadie, sólo les recuerda que son portadores de sabor, porque son portadores de Dios, ni más ni menos, como para engreírse.

He conocido a una anciana, se puede decir que a partir de los ochenta y cinco años que uno ya es anciano, ¿no?, es que nunca se sabe, que a una mujer de ochenta y tres le dije una vez que era una anciana maravillosa y me miró mal, nunca me perdonó lo de anciana. Pues en la larga conversación que mantuvimos me dijo algo propio de quienes “saben a Dios”, porque tiene razón san Juan de Ávila, “¿a qué sabe el capón?, a capón, ¿a qué sabe Dios?, a Dios“, se nota en seguida. Pues me dijo que había encontrado el secreto para mantenerse con fuerza en esta vida, “la fuerza no está en el origen, en las ganas de ponerse a trabajar o lo que sea, en el origen está la humildad, de la humildad viene la calma y con ella la luz para el encuentro con Dios, y de ese encuentro proviene la fuerza”. La frase es textual. He procurado, no perder el proceso de su pensamiento porque me parece una de las frases mejor traídas para el camino del cristiano en la tierra.

He querido fijar esta frase en el comentario del Evangelio de hoy, porque a veces creemos que los mayores nos traen una sabiduría desprestigiada por el peso de la actualidad, que se refiere siempre a novedades. Sin embargo cuando alguien ha adquirido el “don de sabiduría”, adquiere el conocimiento pausado de las cosas que se refieren a Dios. La frase contiene una razón certísima, los cristianos deberíamos empezar la jornada dejando que el Señor pose su mano sobre nuestra cabeza, nada más que eso, nada de desplegar nuestros proyectos, sino quedarse a la espera de la mano de Dios, que siempre nos bendice. Y entonces llegará lo demás: la calma, el verdadero encuentro con Él y, muy al final, como corolario de todo, la fuerza para seguir con vida. Si uno se pone gallito en el origen de todo proyecto, sólo se buscará a sí mismo, y no tendrá sabor a nada. Y cuando los demás se nos acerquen padecerán la famosa anosmia, que hemos aprendido como síntoma terrible del coronavirus, esa pérdida total del olfato. Nadie se acercará al Señor porque nosotros ni “sabemos”, ni “olemos” a Dios, y la gente se perderá a quien es el camino, la verdad y la vida. Cuándo nos daremos cuenta de que nosotros sólo somos una porción de anhelos…

Ser la sal de la tierra y la luz del mundo no es privilegio de los de arriba, sino de los que inclinan la cabeza ante quien llegó a lo más bajo.