Aparece hoy un texto bíblico muy conocido como canto para semana santa, en los improperios del gran Viernes santo: «Pueblo mío ¿qué te he hecho? ¿En qué te he molestado? ¡Respóndeme!». Revela el lamento del corazón de Dios por la insensibilidad de su pueblo.
Lo sufre también hoy en sus carnes el Señor de labios de escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver un milagro tuyo». Algo similar pasó cuando, ya en el proceso de su juicio a muerte, le llevaron ante Herodes, que le pidió exactamente lo mismo. Lamentable. No porque Jesús no hiciera milagros, que los hacía a manos llenas, sino porque los oyentes lo exigen, como quien ha comprado entradas para el cine y está sentado ante la pantalla para ver un espectáculo en 8D, realidad virtual, efectos especiales sensoriales y experiencia inmersiva por el movimiento de los asientos. Es convertir a Dios en el parque de atracciones: una empresa de entretenimiento. Evidentemente, la respuesta es no.
En las relaciones de amor y amistad, la insensibilidad duele especialmente, porque se supone que hay una relación de intimidad que te permite conocer y amar a una persona. Como no es un proceso rápido, sino que requiere toda la vida, no son pocos los disgustos que uno se puede llevar. Conlleva una correcta comunicación para aprender a decir qué cosas me han herido; es decir, hacen falta unas buenas explicaderas. Y requiere también buenas entendederas por parte de la persona a la que hablo. En el noviazgo es tarea ardua, pero muy necesaria para que dos personas se conozcan bien antes de dar el paso definitivo de unir sus vidas. Y lo es mucho más en el matrimonio. La relación de Dios y su pueblo en el antiguo testamento es una relación esponsal. Ojalá detectemos la insensibilidad y pongamos remedio, tanto en nuestro amor sobrenatural a Dios, como en los amores humanos.