Brígida Birgersdotter (1303-1373) es la patrona de Suecia, y su árbol genealógico así como los lugares donde vivió podrían servir para el próximo catálogo de Ikea.
Tuvo tanta fama de santidad en vida que su proceso de canonización fue meteórico, teniendo en cuenta lo que duraban los procesos de canonización en aquella época. Apenas 18 años después de partir de este mundo fue declarada santa por el papa Bonifacio IX.
Alcanzó el don de la contemplación mística, un regalo que nuestro Señor hace a las almas totalmente entregadas a Él. Su permanencia a la vid, que es Cristo, hizo aflorar frutos preciosos para la vida de la Iglesia, muy necesario para los avatares por los que pasaba la barca de Pedro.
Era una de las épocas más oscuras de la Iglesia porque su cabeza, el papado, andaba liado con el cisma de Avignon (1378-1410), con papas y antipapas excomulgándose mutuamente y creando un lío monumental en la institución más antigua de occidente. La relación entre el poder temporal y el espiritual no estaba tan clarificado como hoy día en la figura del papa. Lamentablemente, las influencias políticas manejaban demasiadas decisiones en las preocupaciones del papado, como lo fue refugiarse con el rey francés en Avignon. Las preocupaciones temporales del papa han sido la razón de que la Iglesia determinara en el siglo XX el abandono de la figura papal como un rey temporal, quedándose únicamente el título de jefe de estado por motivos diplomáticos. Los datos son escalofriantes: desde el siglo XIII hasta el primer papa del siglo XX sólo encontramos tres papas santos. De san Celestino V (1294) saltamos hasta San Pío V (1572); de ahí, saltamos a San Pío X (1914).
En medio de esa tempestad, de la que no pocas enseñanzas aprendió la Iglesia a base de palos, brilló la luz de esta santa mujer que brilló desde el Cielo para hacer el exorcismo oportuno al diablo que se había infiltrado de modo completamente exitoso en la cabeza visible del pueblo de Dios para hacer lo que su propio nombre indica: «el que divide» (dia-bolein).
Fue coetánea de Santa Catalina de Siena (1347-1380), mujer también mística y recia que puso todo su empeño para que el papado volviera a la tumba de Pedro, de quien siempre ha sido sucesor el papa.
La santidad de estas dos mujeres místicas brilla como una luz en un momento de oscuridad en la institución del papado. Al final, la santidad es lo que salva a la Iglesia y la ilumina a través del devenir de la historia. Permanecer con Cristo, es más, vivir la experiencia de que «Cristo vive en mi», es la razón de existir de la Iglesia, desde el papa hasta el último bautizado.
Se une al patrocinio de Europa junto con los santos Benito, Cirilo y Metodio, y las santas Catalina de Siena y Teresa Benedicta de la Cruz.