En Alemania están empeñados en que las mujeres prediquen la homilía en la celebración de la eucaristía. Conozco algo el ambiente que se respira por aquellas tierras por algún amigo sacerdote. El ambiente pinta mal. En muchos lugares, el sacerdote ha quedado relegado a un funcionario más en el marco de las acciones diversas que ofrece la parroquia, al frente de las cuales hay funcionarios que organizan la vida de la comunidad. Me contaban que para confesarte, tienes que pedir cita en la administración de la parroquia y, con suerte, una semana más tarde, podrás confesarte.

Se han olvidado qué es el ministerio sacerdotal, su raíz teológica y su responsabilidad pastoral. En ese marco tan desdibujado de lo que es el ministerio sacerdotal reduciéndolo a un plano funcional, entra no sólo la homilía en la eucaristía, sino el matrimonio para los célibes ya no solo natural, sino de personas del mismo sexo. El razonamiento tiene su lógica. Sí, tiene una lógica demoledora. Pero una lógica mundana, porque lo que no tiene es fe, la fe de la Iglesia.

«Os daré pastores, según mi corazón, que os apacienten con ciencia y experiencia». El ministerio sacerdotal en la iglesia católica no es funcional: es esencial a la vida de la Iglesia. El sacramento del orden configura a hombres a los que la Iglesia ha acompañado en su vocación para que, por la imposición de manos del obispo, sean configurados con Cristo en cuanto que es cabeza de la Iglesia. Es decir, para que presidan la Iglesia haciendo a Cristo presente ante la comunidad. Es Cristo en la última cena. Sólo Él puede consagrar el pan y el vino; sólo Él puede absolver pecados; sólo Él es el Verbo encarnado, la Palabra de Dios, que da vida a su pueblo santo.

Y sólo a un ministro ordenado (obispo, sacerdote, diácono) está reservada la homilía en el marco de la celebración de la eucaristía, donde Cristo preside y habla a su pueblo. Todo gira en torno al efecto del sacramento del orden sacerdotal. La clave siempre es Cristo: su autoridad, su gracia, su misericordia, su palabra.

Pero si la clave no es Cristo, haremos de la Iglesia lo que los vientos y las modas nos vayan indicando en cada momento. El precio será terrible: que la gente no pueda encontrar y recibir a Cristo, ni escuchar su palabra, porque Él ha desaparecido de la ecuación. La Iglesia será como una reunión de junta de vecinos. En el caso de Alemania, al caer la esencia del ministerio ordenado, la palabra ha caído en el camino, en terreno rocoso, entre zarzas…

Que los obispos, sacerdotes y diáconos cuidemos y mimemos el ministerio de la palabra con la conciencia de estar poniendo voz al mismo Señor que habla a su pueblo. Así no se perderá el deseo de Cristo de hacerse presente a través del ministerio sacerdotal.

Por lo demás, el pueblo entero de Dios está llamado a ser profeta por el sacramento del bautismo: el anuncio de la palabra es vocación universal para todo bautizado, a través de la catequesis, el testimonio, las conferencias, las clases… Hay mil modos en que la palabra se abre camino. Pero en el marco de la celebración eucarística, estamos en la última cena: sólo Cristo debe hablar en la liturgia de la palabra.