Con la gran solemnidad de la Ascensión de Jesús al Cielo no sólo culmina su paso por este mundo. Es mucho más que eso. ¡Muchísimo más que eso!

La primera creación narrada en el Génesis culmina en Adán y Eva. Esa creación con la solemnidad de hoy, conoce su final. No porque se acabe ya, sino porque con el cumplimiento de las promesas de Dios y la llegada del Mesías prometido, Jesús, lo que durante miles de años fue un proyecto prometido al pueblo de Israel, ahora comienza su fase de ejecución. Y Cristo es la primera piedra gran piedra de ese proyecto: es el punto de partida, el comienzo. Y, por lo tanto, también anuncia el final del anterior. Lo viejo deja paso a lo nuevo.

De igual modo que el Génesis relata en seis días el acto creador de Dios, hoy, con la entrada de Cristo glorificado al Cielo, comienza también una nueva creación. La primera creación, aún siendo bella, conoció el misterio del mal, que alteró el proyecto original del Señor. La historia de salvación implica una redención de lo más preciado que tenía: el ser humano. Y le promete librarle del mal, llenarle de paz y amor para toda la eternidad. Sólo de este modo, el hombre dejará de experimentar el dolor, el pecado y la muerte, los tres elementos que sobran en este mundo cruel y que entraron en el mundo el día en que la manzana no se quedó en el árbol.

Cristo entra por las puertas del Cielo de un modo completamente distinto a como salió. Al encarnarse, el Verbo «salió» del cielo, por así decirlo, lo dejó. Y lo hizo en completa discreción, ignorado del mundo, naciendo y recostado en el lugar donde se alimentan las bestias. Ahora, en el misterio de la Ascensión, regresa al Cielo glorioso: «Dios asciende entre aclamaciones, al son de trompetas». Salió ignorado, entra aclamado y lleno de poder.

Cristo glorioso y resucitado tiene todo el poder y la gloria, y con esos atributos entra en la nueva creación, el Reino de Dios, y envía a los Apóstoles para que se Reino se llene de almas buenas, deseosas de vivir al ritmo del latido de Dios, imitando sus mismos sentimientos. El Señor ha vencido con su amor entregado, ha resarcido el daño del mal en el corazón humano y lo ha rescatado de la muerte eterna. No hay mayor noticia que anunciar que una vida dichosa por los siglos.

Él está en el Cielo, junto con su Madre. Nos está esperando. Lo que de Él tenemos aquí, que son los sacramentos y el testimonio de los santos, son como una bombilla con respecto al sol. Cualquier comparación se antoja imposible. Pero, como dice la preciosa oración colecta, «adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo».