«Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado». La imagen bucólica del pastor aparece en la Escritura numerosas veces plasmando la relación de Dios con su pueblo como líder al que seguir.

Podríamos verlo en sentido activo y pasivo. El primero es el que aparece en la primera lectura de hoy: nos mete en la cabeza del pastor, que debe tomar la iniciativa para sacar al rebaño en la espesura en la que se ha metido. La idea no deja nada bien al rebaño, que tiende a perderse, a relajarse, a despistarse. Y eso obliga al pastor a hacer horas extra, vigilando y señalando con su cayado el recto camino que ha olvidado el ganado. El profeta Miqueas señala el despiste como un pecado cuya terapia sólo puede ser la de arrepentirse. Para ello, el pastor, con gran corazón, mira con misericordia los descaminos de sus cuadrúpedos, que recuperan la dignidad de personas —es decir, bípedos— al convertirse de su descamino y volver a la senda de la fidelidad a las órdenes del pastor.

En sentido activo, el rebaño valora y fía su caminar a las autorizadas indicaciones del pastor, que no ha de fallar. La fe en la seguridad del Buen Pastor la ha encontrado la Iglesia de un modo inigualable en la Virgen María, que ha fiado su vida al corazón de Adonai. Jesús subraya hoy especialmente esa docilidad de María. La libertad del amor y el abandono en las manos providentes del Señor. He aquí el camino más recto para vivir como hijos de Dios. María es maestra y modelo, y por eso la veneramos de modo especial, buscando también su intercesión para que nunca vivamos a lo cuadrúpedo, sino que vivamos con la dignidad propia de los bípedos.