Domingo de la 7ª semana de Pascua. La Ascensión del Señor – 20/05/2012

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Comentario Pastoral
¿QUÉ ES LA ASCENSIÓN?

Ascender es una esperanza tan vieja como el mundo y uno de los deseos más constantes de la vida del hombre. Toda ascensión tiene atractivo por la situación nueva que se vislumbra. Incluso los riesgos que comporta son compensados por la conquista de niveles más altos y desconocidos.  Ya la mitología griega plasmó en un bello pasaje el vano intento de Icaro, hijo de Dédalo, que al huir del laberinto de Creta con unas alas de cera desobedeció los consejos de su padre y ascendió demasiado alto acercándose al en su vuelo; sus alas se derritieron y cayó al mar donde pereció ahogado. Hoy seguimos constatando la irrefrenable voluntad del hombre para conquistar el espacio y reducir distancias entre los planetas.

En el plano religioso también se manifiesta un constante deseo de ascensión. Con lenguaje sencillo y normal se dice que quien ha muerto en la fe ha subido al cielo; que la oración confiada es escuchada en lo alto: que un día seremos elevados para vivir eternamente en el reino celeste. La solemnidad de la Ascensión del Señor, que se celebra en este domingo, nos revela el sentido exacto de la ascensión del cristiano.

La Ascensión es el lazo de unión entre Pascua y Pentecostés. El misterio pascual, que se funda en la muerte del Señor, no se detiene en su resurrección; se desarrolla en la Ascensión, que es la aceptación por parte de Dios de la obra de Cristo y su consagración como Señor de cielos y tierra; y se consuma en Pentecostés con el envío del Espíritu.

La Ascensión no es el final de la historia de Jesús de Nazaret sino el punto de partida de la misión de la Iglesia, que es la proclamación de la buena noticia de la salvación. El tiempo para esta misión va desde la Ascensión hasta la Parusía: !lId al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Cristo, en su ascensión a los cielos, alcanza la plena soberanía sentándose a la derecha de Dios Padre (sentarse en el trono es el signo de realeza). Esta glorificación no es signo de la ausencia de Jesús en la tierra ni de distanciamiento de la historia del mundo y de la vida de la Iglesia. Es el inicio de la nueva presencia del Resucitado en medio de sus discípulos. La ascensión de Jesús es el punto de unión de lo eterno con nuestro tiempo fugaz y caduco, es garantía de la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la esperanza sobre la angustia y desesperación de la condición humana.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 1, 1-11 Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9
san Pablo a los Efesios 1, 17-23 san Marcos 16,15-20

Comprender la Palabra

El relato lucano del acontecimiento de la Ascensión del Señor (Hch 1,1-11) es la descripción más detallada y completa de este misterio de Jesús, situándola en el espacio y en el tiempo con abundancia de detalles, a pesar de su brevedad. La Ascensión del Señor forma parte del kerigma cristiano, pero subrayando sobre todo el resultado final, es decir, la afirmación de que está glorificado y sentado a la derecha del Padre. La realidad de la Ascensión, exaltación-coronación plena de Jesús, está presente en todos los escritos del Nuevo Testamento.

El mesianismo nacional quedará superado por la misión universal: su tarea tiene como meta a todo el mundo. Cristo en la Cruz y Resurrección ha roto las fronteras, “haciendo de los dos pueblos (judíos y gentiles) un solo pueblo nuevo (Ex 2,13ss). Pero este proyecto y plan de Dios ha de encarnarse en la Historia. Y será una conquista lenta, en la que el Espíritu, por un lado, y las circunstancias históricas por otro, irán madurando en la mente y actuación de los apóstoles. De todo ello da testimonio el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles en la continuación de todo el relato.

El contexto de la Carta a los Efesios es el misterio de la salvación y de la Iglesia. La lectura de hoy centra la atención en el triunfo y supremacía de Cristo. La Iglesia ha de ponerse en camino, pero sabe que está acompañada por el poder de Dios. La Ascensión es la fiesta por excelencia de la esperanza cristiana: la Iglesia en la historia, siente la realidad de la Cruz, pero ésta no es el destino final. Hoy importa subrayar esta realidad que, formando en serio el camino, lo contempla desde el final, para alentar la esperanza. Realmente llegará el final, pero ya desde ahora la Iglesia vive en la certeza de seguir los pasos de su Señor, y un día, también ella conseguirá la plena glorificación.

En la narración de la Ascensión del Señor según san Marcos, Jesús resucitado se aparece a los Once y al grupo apostólico, para enviarles a la obra de la evangelización. La resurrección ha restaurado el proyecto original de Dios que era la oferta de vida permanente para todos y el equilibrio de toda la Creación. En Cristo Resucitado Dios ofrece la liberación de la humanidad y la restauración original de toda la Creación. Jesús Resucitado envía a la misión y se compromete a estar presente con los suyos. Desde la derecha del Padre sigue actuando, animando y acompañando la misión con su Espíritu. Es necesario proclamar y realizar este proyecto de Dios hoy: Dios quiere la salvación de todo el hombre, inmerso en todas sus circunstancias.

La solemnidad de la Ascensión es la oportunidad que se ofrece al creyente para alegrarse por su Rey. La Iglesia celebra el triunfo de su Rey, de su Cabeza, de su Esposo, de su Amigo. Y se siente en fiesta. Pero, además, contempla este misterio, como el gran empuje de su misión evangelizadora por el mundo, tan necesitado del Evangelio porque es el único que puede dar respuesta a sus acuciantes interrogantes. Y se siente renovada en su esperanza que le invita a dirigir sus pasos hacia lo difícil y arduo, pero posible, porque Dios anda por medio con su bondad, fidelidad y poder. Y, en el centro, Jesús glorificado que sigue en medio de nosotros hasta el fin del mundo con su Espíritu.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones


La solemnidad de Pentecostés

“Pentekoste hemera”significa el griego “día quincuagésimo”. Los judíos denominaban “Pentecostés” o “Fiesta de las semanas” a la fiesta de la recolección agrícola (cf. Ex 23,14), que luego unieron al recuerdo festivo de la Alianza con Dios en el monte Sinaí, a los cincuenta días de la salida de Egipto (cf. 2Cr 15,1-13).

Los cristianos llaman así, ya desde antiguo, tanto a la Cincuentena pascual (siete semanas de prolongación de la Pascua) como al último día, el que hace el día número cincuenta. Este día ha estado marcado siempre por la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús (cf. Hch 2,1). Pentecostés es la plenitud y la madurez de la Pascua, el mejor don que el Señor resucitado hizo y sigue haciendo a su Iglesia: su Espíritu. Aquel día quedó llena de vida la comunidad cristiana y comenzó su apertura misionera, animada por el Espíritu, predicando el mensaje de Cristo a todas las naciones.

La celebración de la Pascua del Señor alcanza en esta solemnidad de Pentecostés su culminación con el recuerdo de la venida del Espíritu Santo recibido del Padre. La venida del Espíritu sobre el grupo de los apóstoles es una teofanía de profundas resonancias bíblicas. Esta venida del Espíritu, acompañada de los signos del viento, el ruido, el fuego y las lenguas habladas, representan la nueva Ley y la nueva Alianza divina, entregadas a la Iglesia de Cristo y escritas en el corazón. La liturgia interpreta, así mismo, este hecho en clave eclesial y de transformación interior del hombre. Pentecostés supone la reunificación de la humanidad, dividida por el pecado, en la confesión de único nombre que puede salvar: el nombre de Jesús.

La liturgia quiere introducir a los fieles en el misterio de esa acción invisible y suave del Espíritu que penetra, consuela, llena, riega, sana, lava, calienta, guía, salva, etc. Todo ello porque el Espíritu es luz, don, huésped, descanso, brisa, gozo (cf. Secuencia de Pentecostés). Estas acciones el Espíritu las realiza siempre, pero particularmente en los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos que son vitales para la Iglesia.

El Misal ofrece dos formularios de Misas: para la vigilia y para el día. Las lecturas, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo, y la rica eucología, ayudan a entender el misterio del Espíritu infundido a la comunidad por el Señor Resucitado.

Ángel Fontcuberta

 

Para la Semana

Lunes 21:
Hechos 19, 1-8. ¿ Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?

Juan 16,29~33. Tened valor: yo he vencido al mundo
Martes 22:
Hechos 20,17~27. Completo mi carrera, y cumplo el encargo que me dio el Señor Jesús.

Juan 17, 1-11 a. Padre, glorifica a tu Hijo.
Miércoles 23:
Hch 20,28-38. Os dejo en manos de Dios, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia.

Jn 17,11b-19. Que sean uno, como nosotros.
Jueves 24:
Hechos 22,30; 23,6-11. Tienes que dar testimonio en Roma.

Juan 17.20-26. Que sean completamente uno.
Viernes 25:
Hechos 25,13-21. Un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo.

Juan 21,15-19. Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.
Sábado 26:
Hechos 28,16-20.30-31. Vivió en Roma, predicando el reino de Dios.

Juan 21,20-25. Este es el discípulo que ha escrito todo esto, y su testimonio es verdadero.

 

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