“¿Qué quieres que haga por ti?”, le pregunta Jesús al ciego. En boca del Señor puede parecer una pregunta desconcertante. Es evidente lo que necesita. Además, el Maestro conoce bien lo que le queremos pedir incluso antes de que se lo pidamos.

Pero en realidad, una vez más, el Señor no da puntada sin hilo y manifiesta su peculiar modo de ser. Dios nos ama tanto que incluso nos hace preguntas. Y con ellas nos manifiesta su disposición de entrar en nuestras vidas no por la puerta de una omnipotencia que puede imponernos, pero que nos rebajaría y humillaría por tratarse del Dios infinito. Quien manifiesta su fuerza y poder está habitualmente queriendo suscitar reverencia. Ocurre así en innumerables religiones. Pero si Dios se ha hecho hombre es precisamente para hacer más familiar nuestro trato con Él y revolucionar el modo en que tratamos a Dios. Ha tomado la forma de siervo para identificarse con nosotros, hablar nuestro lenguaje y hacerse compañero de camino. No deja de ser omnipotente, pero no impone reverencia: desea la obediencia filial de sus hijos, pero nunca el servilismo fruto de la humillación.

Jesucristo entra en nuestras vidas por la puerta de la libertad, pidiendo permiso para que le abramos y entre. No desea saltarse nunca este paso. Incluso cuando realiza grandes milagros en la vida de algunas personas, no lo hace imponiendo: queda siempre en primer plano el don de Dios, el regalo de la fe, pero nunca una imposición. La conversión de San Pablo es quizá un ejemplo precioso: Él se muestra al perseguidor de los cristianos y le muestra su grandeza. Pero es Saulo quien acepta lo que se le manifiesta, recibe la gracia de la fe. Y eso le libera de la esclavitud y le otorga la libertad de hijo de Dios, de la que no parará de hablar el resto de su vida.

El papa Francisco, cuando se dirige a las familias y a los novios, acostumbra a repetir tres acciones necesarias en la vida conyugal que se deben cuidar siempre para fomentan la comunión: dar gracias, pedir perdón y contar siempre con la libertad de la otra persona, es decir, pedir permiso y no imponer.

Lo contrario de pedir permiso suele identificarse con la imposición, que en la vida familiar y la amistad adquiere un tono menos dramático, aunque no menos dañino, que podría resumirse en la habitual expresión “tú lo que tienes que hacer es…”. De modo consciente o inconsciente es tendencia habitual en casi todas las personas: por eso tenemos la solución a los problemas de todas las personas que nos rodean; también la solución de los problemas que aquejan al barrio, al trabajo, a la Iglesia, al país, a la humanidad entera. Pero ¿cómo es posible que siga habiendo problemas siendo tan evidente la solución? De este modo, jugamos a ser los salvadores de los demás, pero en cambio nosotros no nos salvamos a nosotros mismos. Misión fallida.

El antídoto a esta común mentalidad lo tenemos en Jesucristo: es la persona con más autoridad moral para solucionarlo todo. Pero en vez de señalarnos lo que tenemos que hacer, nos acompaña en el camino para que lo vayamos viendo nosotros mismos, iluminando nuestros pasos con el don de la fe. Él no juega con nosotros sino que respeta soberanamente nuestra libertad. Y eso nos da una dignidad divina: Dios creador nos trata como a hijos, no como siervos.

Más que los milagros y grandes acontecimientos, es un día para que le demos gracias por esta relación tan paterna y filial que mantiene con cada uno de nosotros. Respetando nuestra libertad se manifiesta una grandeza divina que debiéramos meditar más a menudo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

Entre las necesidades que tenemos, la más evidente es la necesidad de Dios: creer, esperar y amarle. Y eso es lo que pedimos en la oración colecta de la misa de hoy. Me preguntaron hace poco qué significa “oración colecta”. Se dice tras el acto penitencial o los domingos y festivos tras el Gloria. Se trata de una oración en que se recogen los sentimientos de la comunidad —se hace una colecta de sentimientos— y el sacerdote, en nombre de todos, los recoge y presenta a Dios en forma de oración. La de hoy domingo dice así:

“Dios todopoderoso y eterno,
aumenta nuestra fe, esperanza y caridad,
y, para que merezcamos conseguir lo que prometes,
concédenos amar tus preceptos”.

Suelen pedirse muchas cosas, pero siempre con el trasfondo de la gracia: lo que pedimos es lo que Dios nos da. Hoy pedimos las tres virtudes teologales y el amor a la ley divina —que siempre será la ley de la caridad—. San Agustín oraba diciendo: “Da quod iubes et iube quod vis” (“Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”). El ciego alcanza el sentido de la vista porque ha “visto” a Jesús por el don de la fe: “Tu fe te ha curado”.

“¿Qué quieres que haga por ti?” Pon la oración colecta en primera persona y así tendrás una fuente de oración constante durante esta semana.